Los territorios de injusticia son siempre propicios para la fertilización de movimientos reivindicativos. Repletos están los anaqueles de historias más breves o más extensas donde la violencia institucional, la paraestatal o simplemente la de los poderes fácticos ejercen su disciplinamiento social a lo guapo, a lo malevo.
Lo cierto es que nuestra sociedad tiene sus antídotos y suele anteponerle a las pérdidas individuales unos gestos de generosidad social que reconfortan y educan. Cristian era uno más de todos esos hijos de familias de este pueblo que entre sus irreverentes diversiones contaba con la latita, el anzuelo y las uñas llenas de tierra de hurgar por lombrices de baldío en baldío. De mañana, después de la escuela, hasta la tardecita, el Calvuco, el Trabunco y el Pocahuyo eran territorios libres repletos de pescadores silvestres. Esos sanmartinenses viejos no nacieron en la aldea del marketing, del paisaje natural hecho naturaleza muerta por la voluntad de mostrar al visitante un jardín impoluto de rosas rojas.
Allá por los noventa, cuando la sociedad se chocaba contra la contradicción de la responsabilidad colectiva y la multiprocesadora, nuestro pueblito fue cercado, restringido y embellecido a gusto y piacere de la demanda ABC1. A partir de entonces todos los Cristian tuvieron que esconderse entre los sauces o debajo de los puentes de la implacable persecución de los “Guardas Ambientales”.
Tiempo después, uno de esos “hijos bien” del pueblo, familia de estirpe y condición que bien podría adornar nuestra toponimia sin que nos permitamos molestar la tradición, decidió ejercer matón lo que la pertenencia social le exigía frente a esos pendejos de mierda que afean el producto. Matón y cagón mandó a matar. El Poder Judicial, con el poder real.
Lo que no sabía, lo que no terminan de entender estos muchachos es que la justicia es algo que hace el pueblo a través de la política, cuando del dolor individual surge la organización social, del estigma la reivindicación, de la discriminación la resignificación de los de abajo.
Poderosa arma que se les volvió en contra, Cristian ya no es un ejemplo disciplinador de lo que no debe ser sino una organización que lucha contra los privilegios, que denuncia, desalambra, comunica, no calla. Molesto, irreverente, bolsa de dormir a la intemperie, fogón a orilla del río público, latita, dedos tajeados por la tanza, anzuelo, lombriz, piedra en el zapato.
Esteban Ramella
