Por Adrián Fernández
La ONU acaba de confirmar lo que muchos suponíamos y otros se negaban a ver: no hay precedentes de la destrucción de la infraestructura en Gaza ocasionada durante la reciente invasión militar israelí. “El alto el fuego alcanzado el pasado 26 de agosto en Gaza ha permitido una mejor evaluación de los daños estructurales originados por el conflicto y las organizaciones en el terreno indican que la escala de destrucción no tiene precedente”, señaló la Oficina de Ayuda Humanitaria de Naciones Unidas.
La ofensiva de Israel autodenominada provocativamente “Margen Protector” durante cincuenta días contra Gaza destruyó o daño gravemente 18.000 casas y 108.000 personas quedaron sin hogar. La ONU determinó que el 13% de las viviendas ha quedado inutilizado y recordó que antes de esta última agresión armada la Franja tenía un déficit de 71.000 unidades habitacionales.
Al hacinamiento palestino se suman las dificultades en el suministro de agua (sólo 10% cuenta con agua corriente) y electricidad. La única planta eléctrica de Gaza fue sacada de operaciones por un bombardeo israelí a finales de julio. El portavoz de la Oficina de Ayuda Humanitaria de la ONU, Jens Laerke, explicó que varios técnicos en electricidad y de estaciones de suministro de agua murieron en los ataques.
La ofensiva israelí involucró directa o indirectamente a 1,8 millones de personas en Gaza. Medio millón de niños no podrá empezar el año escolar. A fines de agosto se reportaron 2116 muertos, de los cuales casi 500 son niños, y 11.231 heridos. Hay 106.000 desplazados que fueron acogidos en casas de familiares o amigos y 55.000 viven en espacios de la Agencia para los Refugiados Palestinos de la ONU.
Esta actualización de los datos que dejó el genocidio sionista es posible tras la firma de un alto el fuego indefinido firmado en El Cairo, Egipto, entre el país agresor y los diferentes partidos del Gobierno palestino. Uno de los puntos comprometidos es la apertura inmediata de los pasos que unen la Franja de Gaza con el territorio israelí, que implicará el fin del embargo israelí desde 2006 y la posibilidad de ingresar a la franja materiales de construcción, alimentos, material médico y equipos para reparar sistemas de agua, electricidad y telefonía.
También menciona el levantamiento de las restricciones impuestas por Israel a los pescadores de Gaza incluyendo la limitación de la zona de navegación; fin de las restricciones financieras sobre los bancos de Gaza; liberación de los prisioneros palestinos a cambio de los cuerpos de soldados israelíes muertos durante la invasión; reapertura del Aeropuerto de Gaza y del puerto de Gaza ubicado sobre el Mar Mediterráneo que controla Israel. Los palestinos rechazan el desarme de Hamas y otros grupos de resistencia islámica pero se comprometen a no disparar cohetes y misiles contra las colonias israelíes.
Cada uno de estos puntos deberá ser refrendado a medida que se consoliden. Una semana después del acuerdo de El Cairo sólo se mantenía vigente el alto el fuego, pero el resto de los compromisos estaba pendiente de cumplimiento.
Lecturas
El reciente ataque de Israel a Gaza deja varias enseñanzas. La primera más cruel y elemental es que ninguna gota de sangre inocente resiste la menor lógica en tiempos de altísima tecnología militarista. La bandera esgrimida por Estados Unidos y el sionismo sobre los “daños colaterales” inevitables de la “guerra” se despedazó con las primeras imágenes del 8 de julio cuando comenzó la ofensiva militar contra el pueblo palestino.
Pero saliendo de esa primera reflexión conviene revisar la endeblez de los argumentos del país agresor: el nuevo intento de genocidio palestino no pudo sostenerse frente a tanta crueldad. El “terrorismo islámico” (como lo entiende Israel) hace más de diez años que no incursiona en territorio israelí. Los cinco civiles muertos por cohetes palestinos se produjeron cuando la ofensiva militar sionista había comenzado. Y los 66 soldados judíos muertos fueron bajas en plena ocupación militar de tierras palestinas.
La tecnología militar probada hace más de una década permite que -según israelíes y estadounidenses- un cohete lanzado por un avión no tripulado puede ingresar por la ventana de una vivienda e impactar en un blanco previamente determinado. Somos reticentes a digerir el concepto de “guerra blanda” o “guerra controlada” pero aun así, si las armas fueran inteligentes como dicen los colonialistas, no puede explicarse el bombardeo a casi 300 escuelas, hospitales y centros de refugiados. Y mucho menos el asesinato de más de 500 niños.
La devastación de Gaza fortaleció sin dudas la resistencia palestina. Las grandes potencias entienden que la más sangrienta maquinaria militar puede destruir pueblos enteros pero no necesariamente minar su voluntad de resistencia, su autoestima acuñada durante generaciones oprimidas. Sólo eso explica los desfiles en las calles, las celebraciones y la sensación de triunfo frente al colonialismo luego de que se firmara en Egipto el alto del fuego definitivo.
Más allá de cualquier exitismo -que los hay en todas las latitudes- la resistencia a la potencia militar invasora complementó un paso importante en el rumbo político del histórico conflicto: Palestina mejoró sus relaciones con el mundo, varias embajadas se abrieron en territorios palestinos y se vio una inédita ola de rechazo a la agresión sionista. Se anota en este caso el inédito boicot económico, cultural y académico declarado contra Israel. Hay áreas de la economía israelí que se han resentido como el turismo y el transporte aéreo o la venta de productos en el mercado palestino. Pero la denuncia explícita por parte de figuras públicas a las políticas contra los palestinos revirtió la lógica acuñada por el sionismo desde la tragedia del Holocausto hacia estos días: que Israel es un pueblo pacífico víctima de una persecución interminable por parte de los árabes (dicho sea de paso, ningún país árabe se involucró de manera directa en el conflicto armado).
Frentes
A la hora de historias sobre esta ofensiva sangrienta cabe una mención especial para varios países de América Latina. En pleno recrudecimiento de los ataques israelíes varios países retiraros sus embajadores de Tel Aviv en señal de protesta; Argentina y otras naciones denunciaron en foros internacionales la magnitud de lo que se estaba perpetrando; Uruguay y Chile abrieron de manera inmediata sus embajadas en Cisjordania.
Brasil, Chile, Ecuador y Perú anunciaron el regreso de sus embajadores a Israel sólo cuando finalizó la ofensiva militar. Todos ellos habían sido convocados por sus gobiernos cuando se hizo evidente que la acción israelí era desproporcionada y con enormes costos en vidas inocentes. Nunca antes en la historia del estado de Israel se había visto una reacción internacional de estas características.
Fronteras hacia adentro el gobierno del primer ministro Benjamin Netanyahu afronta una crisis política que difícilmente pueda superar. La extrema derecha sionista le reprocha no haber exterminado al enemigo y, además, haber puesto en riesgo la estratégica e imprescindible relación de Tel Aviv con Washington.
Lo que viene no será sencillo. El cumplimiento o incumplimiento de los compromisos asumidos por Israel permitirán confirmar el grado de voluntad del sionismo con la libertad de los palestinos.
Como antecedente, lo que sucedió el 31 de agosto es extremadamente grave. Israel declaró como propios más de 4.000 metros cuadrados de tierra en asentamientos situados entre las ciudades palestinas de Belén y Hebrón. Se trata a todas luces de un paso que el derecho internacional considera ilegal. La Organización para la Liberación de Palestina (OLP) denunció que esta avanzada “representa claramente la intención deliberada de Israel de acabar con la presencia palestina sobre la tierra e imponer obstinadamente y ‘de facto’ la solución de un Estado”.
Unas horas antes de esa confirmación un funcionario israelí advirtió que el gobierno de Netanyahu no renunciará a las colonias en Cisjordania, ilegales según el derecho internacional, ya que considera esa región palestina parte de su “patria nativa”. Las políticas sionistas de los últimos 67 años no dejan margen para el optimismo.
ADRIÁN FERNÁNDEZ
Periodista, redactor de la revista mensual América XXI.
Columnista de Internacionales. Radio Nacional
