Por José María Caballero
Personaje polémico de nuestra Historia, tenido por inspirador de la escuela argentina, el sanjuanino fue sin duda uno de los grandes protagonistas de la construcción de la república liberal de la segunda mitad del siglo XIX.
Su desmesurado talento lo llevó a escribir una de las obras mayores de nuestra literatura, Facundo o Civilización y barbarie, aunque su pasión política inspiró el libro como panfleto antirrosista. El mismo dictador porteño comentó alguna vez, en resignado elogio, que así se me combate, y que nadie escribirá un libro tan bueno en su defensa.
Fue un apasionado de sus convicciones, lo que llevó a no disimularlas, aún cuando su difusión podía serle políticamente negativa. Enemigo de Rosas, alentó la ocupación chilena de la Patagonia. Sin embargo, ya presidente, no vaciló en encargar al encargado de negocios en Londres que consultara al exiliado de Southampton por los derechos argentinos a la región, que Chile reclamaba.
Fue un convencido de la necesidad de impulsar la educación. Un pueblo culto, decía, nunca votará a Rosas. Gracias a él, y en gran medida a su ministro de Instrucción Pública, Avellaneda, la Argentina sacó gran ventaja sobre el resto de Suramérica en alfabetización.
Es cierto que su pasión por crear un pueblo culto, alejado de tentaciones populistas, o lisa y llanamente democráticas como se decía con todas las letras acusando de tal pecado al Restaurador, la nueva escuela tuvo un mensaje en el que se destacaba el repudio por lo criollo. En efecto, los hijos de los gauchos fueron alfabetizados, pero también recibieron la lección de que sus antepasados, bárbaros e incultos, eran los culpables del atraso del país. Esto fue denunciado por José Hernández en la Vuelta de Martín Fierro en la persona de Picardía. Éste, a quien le habían enseñado que su sangre era la de los enemigos de la civilización que al producir todos los males de esta tierra habían vivido en la delincuencia. Así, Picardía siguió el modelo que se atribuía a sus ancestros, y fue un marginal, semi delincuente y jugador de ventaja. Hasta que de pronto descubrió su verdadera identidad. Su padre no había sido un bandido, sino el bravo Sargento Cruz, aquel que formaba parte de la partida que intentaba capturar a Martín Fierro, que en un momento sufrió la repugnancia, en sus valores de gaucho, de esa lucha de muchos contra un valiente, se había puesto del lado del perseguido y terminó yéndose con él al exilio de la toldería.
Y aquí Picardía se reencontró con su identidad de gaucho. Y venció a la escuela de Sarmiento. Y se puso a esperar, junto con muchos, hasta que venga algún criollo en esta tierra a mandar. Esa sería la hora del postergado pueblo argentino.
Después de la muerte del sanjuanino, el reconocimiento de su persona fue más lleno de formalidades que lo que su ardiente temperamento hubiera querido.
José María Caballero
