Realidad Sanmartinense

Una sanmartinense que fue docente de la única escuela que hay en la Antártida

Blancanieves Ana Torrecilla vivió en la Base Esperanza de la Antártida en 2002, junto a su familia. Estuvo a cargo de la única escuela que funciona allí, como docente de los 23 niños que habitaron durante ese año el rincón más al sur que tiene el país. En octubre de 2019 se mudó a San Martín de los Andes y, en diálogo con RSM, contó cómo es sostener la vida familiar y escolar cuando hay dos horas y media de luz solar por día, y las temperaturas llegan a -45° C.

“Escuchamos de la propuesta de ir para la Antártida como docentes y nos interesó. Mi marido de ese entonces y yo éramos maestros: él de música y yo de grado. Siempre fuimos generadores de actividades y nos entusiasmó la idea de trabajar en un lugar tan distinto al resto del país. Nuestros hijos tenían 3, 5, 10 y 14 años. Siendo tantos en la familia no le tuvimos miedo al aislamiento, estábamos muy bien entre nosotros”, explicó Blancanieves.

Así que se anotaron para ir como docentes, ganaron el concurso y comenzó la aventura. “Excepto por la comida, tuvimos que llevarnos todo lo que quisiéramos usar durante el año completo (ropa, libros, juguetes, golosinas, shampoo, jabón, todo). El Rompehielos, que es el único barco que llega hasta Base Esperanza, nos dejó ahí en marzo y volvió a buscarnos en enero del año siguiente”.

“Es una aislación muy fuerte. Solo hay 6 familias viviendo en la Base. Con ellas compartís todo el año. En ese momento, 2002, no había la comunicación que hay hoy en día, podíamos hablar un ratito por semana por teléfono, nada más”.

“Al principio es todo una fiesta: muñecos de nieve, ski. Pero en junio se hace la noche: hay luz desde las 11:30 hasta las 2 de la tarde, hay ráfagas de viento de hasta 150 km/h, y pueden llegar a hacer -45° C. Ahí es cuando más importancia cobra el rol como docente. La escuela, en la Antártida, es la responsable de llevar adelante el año emocional de la gente que vive allí. No hay otras cosas para hacer, no se sale a pasear, ni al cine, ni a la plaza, afuera hace un frío terrible y la vida está toda adentro”.

Blancanieves, junto a su compañero de ese entonces, volvieron la escuela una fuente de inspiración para los niños. “En octubre llegan los científicos a la Base y la escuela colaboró constantemente con ellos. Entonces, niños que están jardín de infantes le pueden estar sosteniendo el tubo de ensayo al biólogo que toma las muestras de los pingüinos, por ejemplo. La escuela se volvía un lugar abierto, en donde todos los adultos que estaban en la base compartían su saber: el médico ayudaba en biología, el meteorólogo en tecnología y así con todos”. Además, armaron un proyecto de ambiente y de ecología trabajando con escuelas de Alaska, y otro de producción de cuentos con escuelas de México, España y Argentina.

Blancanieves habla de su experiencia sobre el meridiano 60°S que tiene el planeta y se trasluce su pasión: “Sabíamos que ese año podía ser el mejor o el peor de nuestras vidas. Y fue el mejor. Pasaron casi 20 años de esa experiencia, y sigo dando charlas que intentan dar a conocer la Antártida. Si no se habla de ella, y no se la conoce no se la valora ni se la quiere. La Antártida tiene una importancia mundial tremenda: es el mayor reservorio de agua dulce del planeta, es un continente dedicado a la ciencia, en donde no existen los derechos de autor, todo el conocimiento que se produce allí está disponible para todos”.

“Y Argentina es el único país que tiene nacimientos, casamientos y una escuela. Desde el 1904 tenemos presencia ininterrumpida en la Antártida. Es muy importante reconocer esto como nación. Mucha gente ni siquiera toma en cuenta que nuestro país se extiende hasta tan al sur. Es clave que se plasme en los mapas que se llevan a las escuelas, que sean bicontinentales. Vivir la Antártida y saber de ella es levantar la bandera de la soberanía nacional”.

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