
Mario Manríquez es un sanmartinense al que el aislamiento le generó lo que a muchos: preguntarse qué más se puede hacer adentro de casa. Llegado ese punto, la pintura apareció como posibilidad de pasar un rato, y el resultado fue distinto al esperado: los dibujos cobraban una vida que sorprendía, y que pedía continuar. Los cuadros van saliendo y son cada vez mejores.
“Con la cuarentena llegó un momento que ya no sabía más qué hacer, ya había hecho de todo: muebles para las llaves, para los zapatos, me armé un lugar para entrenar… Ya no sabía más que hacer, se me hacían muy largos los días, y así fue como empecé: estábamos acá en casa y vi que a la pared de la escalera le faltaba algo: así que hice estas amapolas. No lo podíamos creer, porque yo nunca había pintado, y como que quedó realista”, reconoce Mario.
“Me sorprendí con todo esto, porque siento que no me cuesta: empiezo y voy viendo cómo se va transformando, cómo va tomando vida”, dice asombrado de sí mismo.
Y las amapolas de la escalera fueron solo el principio: “Después de eso quise pintar un cuadro, pero, como los bastidores son tan caros, agarré unas maderas que me sobraron de una obra. Las lijé y empecé a pintarlas. Le decía a Flor (mi esposa) que me eligiera animales que fueran difíciles, y al hacerlos me daba cuenta de que no me costaba tanto. Ya salieron un montón de cuadros”.
Así, Mario empezó a pintar con lo que había: retazos de madera a modo de bastidor, y las pinturas que hubiera a mano: “Durante la cuarentena conseguir acrílicos era dificilísimo, así que para los primeros cuadros usé pintura asfáltica que me había sobrado de la obra, porque no tenía negro. Después me pude comprar algunas, así que ahora sí tengo, esto es oro para mí ahora”.
Y este vínculo con la pintura parece ser un descubrimiento que vino para quedarse: “Ojalá un día pueda llegar a pagarme un curso para poder perfeccionar un poco, y capaz el día de mañana pueda ser pintor. Hoy soy cocinero, pero quizás un día pueda dedicarme a pintar. Creo que para mi vieja sería un honor que uno de sus siete hijos le haya salido pintor”. Su madre pintaba, pero cuando le decía a Mario y a sus hermanos de ponerse a pintar, todavía no había llegado el momento justo: “no le dábamos bolilla, para nosotros era todo fútbol”.
Si bien la pintura no venía siendo una actividad para Mario antes de la cuarentena, lo artístico viene rozando su vida desde hace tiempo: se dedica al arte culinario hace tiempo, haciendo cocina para eventos y viandas (aquí su Facebook). Y los eventos incluyen nada menos que tallado en frutas: cisnes hechos en manzana, flores hechas en zanahoria.
La carpintería y la construcción también ya se venían manifestando: “Mi papá era constructor, yo lo ayudaba de chiquito en las obras. Cuando hace unos años nos dijeron que no nos renovaban el contrato de alquiler decidimos hacernos la casa, y dije de hacerla yo, y salió”.
Su historia es una invitación a darse el tiempo para crear: “Yo sé que con la cuarenta muchos están desesperados, que ya no saben qué hacer. Yo me puse a hacer esto y salió bien, quizás otras personas también se pueden poner a pintar, o a hacer otra cosa. Y sale, si uno le pone empeño, sale”.