Casas Contadas – Capítulo 19: el campo, la madera, un bar y más de 100 años de historia familiar

Como ya se nos viene haciendo costumbre, el relato de hoy llega repartido en diferentes retazos, desde varias gargantas, con el espíritu coral de las familias numerosas. Marisol y Alicia Lerín nos abren un planeta nuevo de imágenes hermosas en las que recuerdan todo cuanto pueden de una historia que comenzó en 1900 e incluye un histórico bar.

Foto: Federico Soto

A partir de la historia de la abuela Mamusia, la semana pasada Tili Solanas tuvo a bien comentarme que en ese local, en la esquina de Mariano Moreno y San Martín, antes había un bar. “Investigalo”, me dijo, y es que esta reportera siempre agradece y alienta con estima todo dato que la vecindad aporte desde su invaluable boca-en-boca. Su dato pasó a manos de Lidia Mora, quien me contactó con Marisol Lerín, hija de Gastón, nieta de Francisco y sobrina de Alberto, protagonistas del próximo relato.

Su abuelo inició la dinastía Lerín cuando llegó de Francia en el año 1900, para visitar a un músico llamado Santiago Bosón. De profesión industrial y enamorado del lugar, compró un campo del lado chileno, a la altura de Hua Hum, donde instaló un aserradero. “Se casó con mi abuela, Rosalba Figueroa y tuvieron 5 hijos. Él hizo las primeras embarcaciones para ir y venir de Chile, con motores que traían de Estados Unidos. También donó toda la madera para que construyeran la capilla que ahora es el teatro San José”, empieza a contar Marisol, docente de nivel inicial.

“Acá en el pueblo tenían la manzana donde ahora está el Hotel Patagonia Plaza y una plantación de papas en el terreno donde está Dublin, que cuidaban mis tías a punta de rifle”, cuenta entre risas y emoción. “En el campo tenían animales. Los machos eran de mi abuelo y las hembras de mi abuela. Cada uno hacía lo que quería con los suyo”.

Marisol alcanzó a vivir en el terreno que su papá tenía a orillas del Pocahullo, cerca del puente del cementerio, donde tenía un aserradero: “Papá era muy inteligente, autodidacta. Quería ser mecánico pero la madre no lo dejó irse a estudiar. Aprendía con libros. Américo Astete me contó una vez que tenía el acta donde figura que papá fue el primer bibliotecario de la Biblioteca 9 de Julio».

Gastón Lerín, el hijo menor de Francisco, tenía una relación muy especial con la madera y el bosque. “Olía la madera, la sentía, tenía una conexión y un conocimiento que iban más allá del comercio”. Al fallecer Francisco, de nacionalidad francesa, Gastón pierde los derechos sobre el campo chileno: “La familia que lo cuidaba se trasladó a Hua Hum. Mario Melo mantenía el camping municipal y se mudaron a la casa Van Dorsser. Por eso yo pude pasar parte de mi infancia allí”.

“Cuando se inauguró el museo me invitaron al acto y en ese momento quise expresar la idea de humanizar el paisaje a través de las voces de quienes lo habitaban. Había una naturalidad de lo solidario, potenciado por la necesidad y la distancia, que se fue perdiendo”, agrega.

Marisol atesora una historia que para ella es muy especial. Cuenta que una vez, “el petiso” Rodríguez armó un escrito en el que narraba el recuerdo de escuchar a los tíos de Marisol cantar unas canciones sobre la batalla de Lácar. Él era chico y buscó en una enciclopedia muy vieja la palabra Lácar. La definición designaba a un lugar en Francia, cerca de Navarra, donde había un castillo y un Conde de Lerín. Rodríguez afirmaba que de ahí venía el nombre del lago. 

Foto: Federico Soto

El bar Lerín estaba administrado por Alberto, hermano de Gastón, tío de Marisol y de Alicia. El terreno tenía una gran cantidad de árboles frutales y era un lugar habitual para que se reuniera la paisanada. “El lugar le pertenecía primero al señor Estanco. Después lo vendió y  cuando pusieron el bar, el tío Alberto empezó a manejarlo. Era, como decirte, un bodegón, donde la gente del campo iba a tomarse un vino y a comer. Hacían comidas buenísimas”, cuenta Alicia Lerín, hija de Emilio, el más grande de los hijos de Francisco Lerín. 

Foto: Faustina Villalba

“La gente llegaba con sus caballos, que dejaban atados enfrente, en el terreno donde está Dublin, y se juntaban en el bar. Alberto era un personaje poco formal. Dominga, de Pucará, me contó que a veces llegaba con provisiones y se iba a remar por varias semanas”, agrega Marisol. 

Foto: Federico Soto

“El abuelo Francisco fue un verdadero pionero de este pueblo. Llegó de Francia cuando acá no había nada. Yo viví casi toda mi infancia y adolescencia en el campo, en Chachín. Ahí nos divertíamos muchísimo, jugando en la cascada, con los botes y saltando entre los troncos. Comíamos todo natural, de la huerta enorme que tenía mi mamá, de sus gallinas y pavos. Por eso vivíamos mejor y duramos más”, concluye Alicia, entre risas.

“Tengo un recuerdo, de cuando era muy chiquita. Vino un hidroavión y aterrizó en el lago. No sé para qué habrá sido, pero lo tengo muy presente”, me dice Alicia, ya casi al final de la comunicación telefónica, planteándome un nuevo desafío. Lo importante, siempre, es seguir preguntando y que todos aquellos que tengan las respuestas puedan compartirlas, para que no se pierdan ni se olviden. Un pueblo nunca tiene una sola historia, y eso es importante.

1 Comment on Casas Contadas – Capítulo 19: el campo, la madera, un bar y más de 100 años de historia familiar

  1. exelente relato
    felicitaciones por todas las notas.-

Responder a coco Astete Cancelar respuesta