Este sábado el teatro San José volvió a abrir sus puertas para una nueva función, esta vez a cargo de la compañía Manzana 44, de Villa La Angostura. Con una peculiar puesta en escena y una frescura delirante, estos jóvenes actores le pusieron humor a recuerdos que parecían no proceder de la realidad. Y es que, justamente en ella, reside la verdadera ficción.
Pasadas las 21hs la gente empieza a ingresar al teatro, tras controles de protocolo que ya son rutina y es ahí donde uno empieza a notar un detalle que luego se va a hacer más fuerte durante la obra: la capacidad que tenemos las personas de adaptarnos e internalizar dentro de la cotidianidad lo que a priori resulta fantástico. Lo que a principios del año pasado parecía salido de una mala serie de ciencia ficción, hoy es parte automática de nuestra vida: barbijo, termómetro, alcohol en gel, firmar formularios.

Ante ciertas situaciones catastróficas, las personas se unen y actúan. Reaccionan. Responden a algo que no saben cómo ocurrió, pero ya está ahí, encima de ellos, sin tiempo para hacer más que eso: reaccionar. Cuando en 2011 estalló el volcán Puyehue, cada uno de los habitantes de Villa La Angostura estaba haciendo algo, rutinario o nuevo, que hubo de ser detenido en el momento en que se dieron cuenta que caía piedra pómez del cielo.
Así comienza la obra, con una chica graciosa, de movimientos etéreos, contando ante un micrófono lo que ella llama “datos fidedignos” acerca de ese episodio: el movimiento de la tierra, la altura de la columna de humo, los cambios en el hábitat acuático, la cantidad de ceniza. Lo cuenta mientras se ríe, no porque le haga gracia sino porque parecen datos increíbles. En este punto la realidad comienza a mezclarse con la ficción, ¿o será al revés?.
Acto seguido se desarrolla una modalidad testimonial en la que actores se mezclan con el público, que también es convocado a contar su recuerdo de aquellos días: ¿dónde estaban? ¿qué hacían? Un chico menciona lo increible de ver caer tanto gris por la ventana; Una señora dice que otra le dijo que las gallinas se fueron a dormir. La actriz que oficia de entrevistadora se mueve entre ellos, micrófono en mano, haciendo gestos de no poder creer. Luego vendran historias más increibles aún, rescatadas de los propios habitantes, porque entre medio del caos, había gente mudandose, una murga practicando en un parque y personas viajando en plena ruta.
En cierto punto el espectador es testigo de como la ficción va invadiendo cada vez más la realidad. Pero no es una trama inventada. Es una interpretación libre de sucesos reales. A los testimonios de ese 2011 se le suman otros, más antiguos, que cuentan las madres, sobre el terremoto del 60´. Hay hechos que se solapan: el corte de luz, la radio a pila, la falta de agua y de señal telefónica. Las carretillas de ceniza, los gendarmes verdes, los barbijos, el silencio. “Ponganse ropa interior para dormir, no vaya a ser cosa de que nos evacuen así”, dicen.
Hacia el final la parodia es total. Los buzos, los motoqueros que se dibujan en la oscuridad de una noche que ocurre durante el día, la necesidad de vincularse con otros. “Que necesidad tenés de amar tanto”, recrimina una voz a los gritos mientras otra quiere ir a buscar a un bajista que toca solo en el bosque con un cable interminable. “Cuando estoy de gris, todo es diferente”, concluye una de ellas. Y es que, quizás, entre tanto gris, lo diferente es justamente querer amar tanto.
La obra “TiemVla, Teatro Volcánico” cuenta con el apoyo del Instituto Nacional del Teatro y contiene fragmentos del libro “El paraiso tembló” de Natalia Belenguer. En él se rescatan testimonios de pobladores sobre del terremoto de 1960. En escena: Lucía Mazer, Verónica Marí, Mariela Roa, Lucía Burstein y Fito Sedán. La música es de Gustavo Romero, la técnica de Juliana Benedictis y la dirección de Mariela Roa.