Por Adrián Fernández
Las guerras colonialistas modernas muestran una característica que las diferencia del resto de las acciones militares intervencionistas a lo largo de la historia: no hay un ejército “ganador”. La acción de dominar no se apoya en la acción militar propiamente dicha sino en sus consecuencias sobre el pueblo sometido. Ningún ejército, ningún gobierno, ninguna nación puede declararse ganadora de las recientes guerras en Irak, Libia, Siria, Ucrania, Palestina o Afganistán. Y sin embargo el objetivo del agresor parece cumplirse: el control directo o a través de aliados de los recursos naturales y el dominio sobre rutas de entrada o salida de negocios estratégicos.
¿Habrá que revisar la manera de leer las formas de dominación y el resultado de las guerras colonialistas modernas? Veamos. Actualmente hay varios fenómenos que se repiten: no hay un ejército vencedor y por lo tanto tampoco hay uno derrotado; no hay conquistas territoriales; no hay declaraciones de guerra y tampoco hay armisticios; no existen líderes mundiales que se proclamen guerreros y mucho menos que se declaren vencedores. Esa ausencia de vencedores hace que la ofensiva militar se prolongue en el tiempo, que sea recurrente, extensa, desproporcionada y devastadora. Sí hay, en cambio, miles de víctimas (la mayoría ajenas al conflicto); envíos de armas desde el exterior en general por potencias que no se asumen como parte de la acción; multimillonarios gastos militares y, fundamentalmente, enorme destrucción civil (instituciones, viviendas particulares, pueblos, autopistas, puentes, oficinas gubernamentales). En estos últimos aspectos se puede hallar buena parte de las respuestas a la pregunta inicial.
Los escenarios que padecen o padecieron recientemente una guerra colonialista aportan elementos irrefutables. La destrucción ha sido de tal magnitud que los pueblos han quedado devastados. Y económicamente quebrados. No vamos a detenernos en lo que sucede en los territorios palestinos, un claro ejemplo de colonialismo que ya fue tratado en detalle en columnas anteriores. Pero necesariamente hay que sumar también los intentos de convulsión interna en Irán, hace cuatro años y los intentos de debilitamiento del gobierno bolivariano en Venezuela. Si bien cada caso tiene condimentos propios y naturalezas diferentes, conviene mirar los resultados.
Libia sí, Siria también
Nadie puede decir que la caída y posterior asesinato del líder libio Muammar Kadafi en octubre de 2011 haya significado un triunfo militar de alguna nación determinada. En todo caso, frente a esta hipótesis, ¿qué líderes mundiales se atribuirían una victoria en una acción protagonizada por la Otan? (paraguas bajo en cual actúan como sabemos Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Italia, Turquía y otras naciones que participaron de aquella operación). Murió el perro pero no acabó la rabia. Tres años después Libia es un territorio devastado; económicamente débil; políticamente paralizado; socialmente fragmentado e institucionalmente impotente.
Un dato ilustrativo de la situación actual: el 17 de septiembre próximo se realizará en Madrid a una “conferencia ministerial” para atender la grave situación interna de Libia “que presenta riesgos para la estabilidad de la región mediterránea”, según el gobierno español. Otro dato: el gobierno francés acaba de alertar que grupos yihadistas pueden tomar el control del territorio libio. “Libia es un país completamente desestructurado”, dijo el ministro de Defensa de Francia. Los combates entre grupos yihadistas y fuerzas paramilitares (sublevados del ejército regular libio) dejaron cerca de 40 muertos en la primera semana de septiembre.
¿La caída de Kadafi fue “un triunfo del pueblo libio”, como se dijo en aquel momento? No hay que soslayar el dato central de esta historia: la fragilidad en la que se encuentra Libia vuelve a esta nación dependiente de su verdugo. Esa dependencia de Estados Unidos y las potencias occidentales (que no existía en los años duros de Kadafi) es la conquista en sí misma.
Siria muestra un escenario similar, aunque con dos grandes diferencias con respecto a Libia: el gobierno de Bachar al Asad no cayó y, segundo, el Consejo de Seguridad de la ONU no autorizó un ataque militar (rechazado por Rusia y China) y, por lo tanto, no intervienen de manera directa las fuerzas extranjeras. Aunque sí sabemos que la provisión de armas, dinero y entrenamiento a los “rebeldes” (en su mayoría grupos mercenarios, terroristas de Al Qaeda en todas sus variantes y yihadistas) proviene de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Turquía, Qatar y Arabia Saudita. ¿Qué es el tan temido Estado Islámico sino un grupo yihadista radicalizado emergente de aquellos “rebeldes” financiados por Washington y sus aliados que logró usufructuar para sí mismo la experiencia militar, las armas y las finanzas adquiridas en Siria? Tampoco hay que olvidar que el germen del Estado Islámico son los grupos islamistas que nacieron en Irak para resistir a la invasión militar de 2003.
Pero sobre el terreno se ve la similitud entre Siria, Libia y otros territorios: destrucción, fragmentación territorial, devastación. El Estado Islámico controla un importante territorio en el norte del país; en otras regiones el ejército regular lucha contra las diferentes milicias de la llamada “oposición”. ¿Resultado? Las acciones que comenzaron en 2011 dejaron más de 200 mil muertos, seis millones de refugiados, varios millones de personas con necesidades básicas insatisfechas, edificios y carreteras destruidos. Los rebeldes financiados por Washington y sus aliados no podrán vencer militarmente. Por eso Estados Unidos apuesta a una guerra prolongada que no ganará por las armas pero que tendrán a Siria fragmentada territorialmente y a su población sucumbiendo económicamente. Aquí también vemos que ese condicionamiento para la reconstrucción del país es, en sí misma, una conquista imperialista.
Lo nuevo y lo viejo
La lucha armada en Ucrania es un escenario “nuevo” en esta nueva era de guerras. Pero es colonialismo sin rodeos. En febrero pasado una “revuelta popular” liderada por neofascistas y extremistas de derecha derrocó a un gobierno aliado a Rusia. Fueron convocadas elecciones de las que emergió un Ejecutivo afín a los intereses de Washington: firmó un tratado comercial con la Unión Europea y aplica recetas de ajuste del FMI. Los pueblos rusoparlantes del este y del sur de Ucrania se alzaron en armas para rechazar aquel golpe de Estado colonialista. Para occidente se trata de terroristas que deben ser aplastados. Resultado: los “terroristas” no han sido acabados pero en cuatro meses se cuentan cerca de dos mil víctimas. La reciente firma de un alto el fuego pone un manto de suspenso al conflicto que también exhibe devastación y crisis alimentaria y económica.
Pero es Irak, seguramente, el ejemplo más acabado de lo que es una guerra colonialista moderna (lo de “modernidad” es meramente identificatorio, aunque hay razones objetivas que obligan a los imperios a modificar sus estrategias guerreristas). La invasión de 2003 para eliminar a Sadam Husein fue la última “guerra” que tuvo nombre y apellido: Washington, Londres, Madrid, y otras capitales de países que apoyaron aquella acción. Y fue el último bastión en el que un líder mundial (George Bush) se proclamó ganador de “la guerra”. No hace falta detenerse demasiado en la fotografía actual de esta república árabe: el gobierno títere que Estados Unidos colocó en 2006 acaba de caerse a pedazos a instancias de su propio mentor; la destrucción por las armas jamás devino en reconstrucción; aquella invasión generó la creación y crecimiento de grupos de resistencia islámica que hoy son imposibles de dominar; realimentó a Al Qaeda aún pese al asesinato de Osama bin Laden (otra “guerra” sin triunfos). Irak es hoy un territorio fragmentado repartido entre islamistas extremistas, kurdos y fuerzas regulares de un ejército iraquí. Once años después de aquella invasión las bombas de Estados Unidos regresan a Irak, a pulverizar los escombros de los cimientos de 2003 y a profundizar la dependencia. En nombre de la reconstrucción que nunca llega Irak perdió su soberanía para volverse colonia.
Formas y objetivos
Como sabemos, hay otros tipos de colonialismo “moderno” incluso sin acciones militares. El ejemplo más acabado en nuestra América Latina son los llamados “golpe de Estado suave” que incluyen propaganda antigubernamental, descrédito de las instituciones, violencia interna, desestabilización y caída de gobiernos populares. Y, más recientemente, la guerra de los fondos buitre contra Argentina y antes contra Perú, Panamá y Congo. Cambian las formas pero no los objetivos: el dominio económico y el control de los recursos naturales.
La destrucción en cualquiera de sus formas genera crisis económica, temor, desánimo, desarraigo, dispersión social y anarquía institucional. El colonialismo moderno permite incluso que las banderas desmembradas de los países y pueblos desangrados sigan ondeando, aunque sean izadas cada mañana por las manos del verdugo.
Somos contemporáneos a nuevas formas de dominación pero también a nuevas formas de resistencia. La hegemonía política heredada de la Segunda Guerra mundial se fragmenta; el eje del poder mundial se corre aunque no esté claro el destino final. La corta experiencia nos enseña que la unión de pueblos y gobiernos es determinante para contraponer fuerzas y transformar la derrota en una victoria. El resultado en la reciente Asamblea de la ONU que votó un marco global contra los fondos buitre va en ese sentido. De la misma forma sobresale la valentía de los pueblos que resisten las invasiones colonialistas en cada una de sus formas.
ADRIÁN FERNÁNDEZ
Periodista, redactor de la revista mensual América XXI.
Columnista de Internacionales. Radio Nacional
