En la entrevista al Jefe de gabinete Marcos Peña, en el programa “La Cornisa” del domingo 26 de marzo (Click aquí) Luis Majul, le pregunta: «Por qué se dejan ganar la calle tan fácilmente?”, Peña le responde aludiendo a los “anacronismos” de estas metodologías: “la cultura poco desarrollada en lo Institucional y Democrático”.
Una salida elegante de parte del máximo responsable de la comunicación del gobierno, porque “ganar la calle” es parte de una forma de hacer política, que es ajena a las posibilidades de este gobierno.
No le es posible sumar voluntades, para apoyar un programa, al que gran parte de sus electores no adhirió, sino que además llega al gobierno débil, por el escaso margen electoral y dilapida rápidamente las expectativas positivas que generó.
Por ello el gobierno se despega de la convocatoria que por estos días se realiza por las redes sociales, a una marcha pro Pro, para el 1 de abril. Están convencidos de antemano de su fracaso, sobretodo en la comparación numérica con las últimas manifestaciones populares.
Ni siquiera encubriéndolas como una expresión anti “destituyente”, en defensa de la “libertad”, la “democracia” o la defensa de las “Instituciones”. Ya es tarde después de los “errores” cometidos, como los del correo, los escándalos de los Panamá Papers, o las salpicaduras del caso Odebrecht. Ya hay escasa credibilidad para convocar multitudes. Menos chance aún, con las “manitos” mediáticas que le acerca, por ejemplo, el titular del Banco Nación, Gonzalez Fraga, diciendo que las masiva marcha del 24 de marzo se nutre de gente que “es llevada por $500, choripanes, coca cola y vino” y una gigantesca financiación, para luego afirmar que: «estamos ante una pequeña parte de la sociedad que busca agrandar la grieta”. No él, ciertamente.
Tampoco le aporta demasiado, para nutrir la manifestación a favor del gobierno, la siempre inoportuna vicepresidenta Gabriela Michetti, quién hace poco aconsejó que: “lo más efectivo sería eliminar las elecciones de medio término” (Click aquí), como modo de dar mayor gobernabilidad y “zafar” de plebiscitar la gestión. Es decir restringir la Democracia; evidentemente contradictorio con parte de las consignas a la convocatoria del 1º de abril.
Entonces el gran dilema para el gobierno, es cómo convivir con las masivas protestas y cómo presentar frente a la gente el “impacto sobre la realidad” que, reconoce Peña, produce en la sociedad.
Por otro lado para los descontentos que participan de las movilizaciones opositoras, el dilema es: ¿alcanza con expresar el malestar en la calle para modificar el rumbo económico? y/o: ¿cómo construir una alternativa, que agrupe nuevas mayorías, y liderar un proyecto que defienda estos intereses?.
Más aún: ¿cómo garantizar que esta conformación, acumule el poder necesario para cambiar realmente las cosas, enfrente a los otros poderes reales, que buscan un modelo para pocos, y que no se manifiestan en la calle, pero encuentran los modos de llevar adelante sus programas?
En el comienzo de la semana, hubo algunas coincidencias llamativas en los análisis sobre ambos lados de éstas cuestiones.
Clarín publicó la opinión de Vicente Palermo (investigador del Conicet y politólogo) que dice que (Click aquí): “Macri aún puede hacer: abandonar la ilusión y reunir liderazgo y fuerza política e institucional para cambiar los pilares básicos de nuestra economía y sus instituciones”.
El mismo día, desde la otra vereda, Mempo Giardinelli en Página 12, dice (Click aquí): “si “vamos a volver” cabe preguntarse adónde, y a qué, y con quiénes, con qué dirigencias. Porque lo hecho entre 2003 y 2015 ya sabemos que fue bueno socialmente y que millones de argentinos y argentinas acompañamos ese rumbo nacional y popular, industrialista y de soberanía e inclusión. Pero «nadie se baña dos veces en un mismo río”.
Desde el oficialista periódico Infobae, el mismo día también, Ricardo Romano, publica desde una columna de opinión “Por qué no llegan las inversiones que el gobierno espera” (Click aquí): “Si las principales fuerzas políticas del país, empezando por el propio oficialismo, no quieren que la Argentina vuelva a desempeñarse en la anarquía que siguió a la salida del poder del presidente Fernando De la Rúa, tienen que mostrar un grado de responsabilidad histórica que hasta ahora no se ha dado en la medida indispensable. Tiene que existir un Acuerdo Histórico que siente las bases de un Estado civilizado, en el que no se juegue al derrocamiento del gobierno de turno, sino que se lo respete más allá de todos los errores que pueda cometer”.
Macri lo explicó en Holanda: “para lograr inversión hay que lograr confianza, que se logra estableciendo reglas de juego claras, respetándolas, diciendo la verdad y siendo previsibles”.
La confianza se demuestra con la gente en la calle, “Pro activa”, participando, objetivo que parece estar cada vez más lejos, a juzgar por el despegue de la convocatoria del 1 de abril, y ni que hablar de las encuestas, a las que sí son adictos, y que les muestras números cada vez más desfavorables.
La confianza se pierde también cuando no se dice la verdad, por ejemplo en la campaña y se hace y deshace permanentemente.
Y los números de la realidad también desalientan la confianza: el aumento del déficit fiscal, la inflación, la caída del consumo etc. Dice el periodista económico oficialista Kohan en el diario El Cronista, del mismo día (Click aquí): “el Gobierno espera que la economía repunte a partir de abril, el atraso cambiario y el aumento de tarifas “le complicaría la fiesta”.
El huevo o la gallina: si repunta la confianza vienen las inversiones, si vienen las inversiones repunta la confianza.
El círculo virtuoso no comienza, no son las movilizaciones del descontento, ellas son sus consecuencias; no es un plan destituyente, es el gobierno; nuevo experimento de la derecha que no podía funcionar, y fundamentalmente el programa, que nunca prosperó en la historia.
Parecen, entonces, dilemas de caminos opuestos, que coinciden en un punto: nada es posible construir sin un liderazgo que genere confianza y apoyo popular. Con activa participación. Deberán coincidir una masa considerable que parece silenciosa y expectante, un sector opositor que crece visibilizándose en la calle, y una parte del poder real que deberá integrarse para reactivar el mercado interno, invertir para industrializar el país, y entender que no hay futuro próspero, sin proyecto nacional, para un crecimiento sin exclusión.
Dilemas en marcha

