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Día 2: En el hospital

Ilustración: Nicolás Oyuela

“…y entre cada sorbo de café me iba contando
lo que había ocurrido en el mundo
mientras nosotros dormíamos”
Crónicas de una muerte anunciada

Dos enfermeros y una médica agarran sus brazos y sus patas mientras ella llora intentando defenderse. Hay que encontrarle la vena para ponerle esa aguja y pasarle el suero. Está deshidratada, vomitó diez veces en dos horas. Busco su mirada, que está perdida. Miranda. Miranda. Acá estoy. Acá está mamá. Acá está papá. No encuentran la vena. Dicen que como tiene 10 meses y está tan deshidratada, todo es más difícil. La tienen que volver a pinchar. No, por favor. Otra vez no. Mamá, papá, Miranda está internada. Empezó a vomitar a las cinco de la tarde y son las diez de la noche. Yo también me siento mal. Nauseas, asco, quiero vomitar pero no puedo. Segundo día de este experimento sin conexión instantánea. Quiero comunicarme con mi familia. Contarles, en este preciso instante lo que está pasando. Vivimos a más de 1000 kms de distancia. El viejo lobo de mar, además de escribir mal, se está quedando sin batería. Lentamente pierdo todo tipo de comunicación y ahora, el único que está comunicado es Joaquín.

Llegamos a la guardia del hospital a las diez de la noche. Miranda está débil, se aferra a nuestro cuerpo sin despegarse un segundo, y nosotros al de ella. Le decimos que todo va a estar bien, que pronto va a sentirse mejor, que la van a curar y que nosotros estamos con ella cuidándola. Una mujer entra a la sala de espera escuchando Rata Blanca a todo volumen. Sin disimular mi bronca le pido que apague la música y le recuerdo que estamos en una sala de hospital. La apaga. Al rato trae una pizza y la come con el hombre que la acompaña. La sala de emergencias se impregna de olor a comida. Siento náuseas. Estas cosas pasan en una sala de hospital también. Rata Blanca y una grande de muzzarella se encuentran con una mujer embarazada que revisa su teléfono, un mozo que, matándose de risa, entra anunciando un pre infarto sujetando su celular, un niño que llora porque tiene la frente cortada y Miranda que duerme porque ya no tiene fuerzas.

Azucena, por suerte, duerme en una camilla. Se quedó profundamente dormida y no escucha los gritos de Miranda. Duerme en una sala con luces blancas, olor a remedios y voces que entran y salen todo el tiempo. No queremos dejarla sola asique nos turnamos con Joaquín. El que se siente más fuerte va con Miranda. Nada de todo esto puedo comunicar a mi familia. Mi viejo lobo de mar solo llegó a escribir: Está deshidratada, le van a poner suero. Cierro los ojos.  Apoyo la cabeza en la camilla donde está Azucena. Escucho el llanto de Miranda, sus gritos. Miranda, mi bebé, sos fuerte y valiente, sos fuerte y valiente.  Sé que este mensaje le llega porque creo profundamente en la conexión que existe entre una mamá y su hija, en el hilo invisible que nos une. A simple vista, solo se ven los rostros de cinco personas desconocidas y solo una de ellas tuvo la humanidad de preguntar cómo se llamaba la bebita que se defiende. Miranda se llama. Y es sociable y enérgica. Y cuando quiere algo te lo hace saber perfectamente. Es exploradora y ya quiere aprender a caminar. Y lo más lindo, lo que la vuelve única, es su mirada, curiosa y vivaz, y sus ojos, que son grises o verdes o miel, y su sonrisa, tan parecida al Sol.  A su nombre lo eligió Joaquín y será por eso que cuando Miranda lo ve, gatea hacia él a toda velocidad hasta llenarlo de besos de vieja sin dientes.

Mamá, papá, son la 1.30 de la mañana, ya estamos con Miranda en una cama en la sala de internación. Después de dos horas le encontraron la vena, fue una pesadilla, no se imaginan.  En un momento me peleé con los enfermeros. Les grité que basta, que era una tortura eso. Ellos se lo tomaron personal y aunque después les pedí perdón, me miraron con cara de culo y no me dijeron nada. Ahora estoy sola con Miranda en este cuarto y estoy incomunicada porque mi teléfono ya no tiene batería. Joaquín se fue con Azu a casa. En estos momentos pienso qué practico que es el whatsapp y qué cerca nos hace sentir a todos. También pienso que tengo miedo de los enfermeros a esta hora de la noche.

A las 7 de la mañana le pregunto a una de las enfermeras si no me presta su celular para llamar a Joaquín. Le explico que el mío se quedó sin batería y que por favor me disculpe. No parece muy convencida  pero me lo da. Pienso que el celular pasó a ser el diario íntimo de cada persona. Nuestros pensamientos, gustos, deseos y expectativas, a todo se lo puede encontrar en este aparato. Le aviso a Joaquín que todavía no le dieron el alta a Miranda y que voy a volver a llamarlo desde el teléfono fijo que hay en el pasillo. El tiempo pasa lento. Miro los árboles moverse a través de la ventana. Afuera sale el sol. Miranda duerme profundamente. Encuentro un libro arrugado sobre una mesa y ese hallazgo me hace sentir contenta. Lo siento como un pequeño tesoro. Se llama “La princesa que escogía”, de Ana María Machado. Es un libro infantil y lo leo tres veces, mirando las ilustraciones otras tres veces más. Pienso que a ese tiempo seguramente lo hubiera usado para chatear, navegar por Mercado Libre buscando lámparas usadas a 200$, revisar Instagram o para leer las noticias de La Nación y Página 12… pienso en eso y respiro aliviada. El único Me Gusta está durmiendo al lado mío y se está recuperando.

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