Treinta días sin conexión instantánea. Treinta escritos, uno por día, que narrarán la vida de Clara Oyuela fuera de las redes sociales. Un mes sin whatsapp, sin Instagram y sin Facebook
“…me resistía a admitir que la vida
terminara por parecerse tanto a la mala literatura”
Crónica de una muerte anunciada
Hoy me dí cuenta que me olvidé de tres cumpleaños de familiares que cumplen en Febrero. Pedro, mi primo; Edu, mi tío y padrino, Mercedes, mi tía y madrina. Salirse de las redes tiene consecuencias como estas en alguien colgado como yo. Si tenés Facebook o Instagram o whatsapp es muy difícil que las fechas importantes se te pasen de largo. De alguna u otra forma siempre te enteras. Me acordé cuando se perdió Juana, nuestra perra, y como gracias a las redes sociales apareció a los tres días. También pensé en personas como mi tío Ramiro y agradecí poder leer lo que escribe sobre su experiencia en la frontera de México y Guatemala colaborando con la crisis de inmigración que viven los países de Centro América. Las redes, de alguna forma, reflejan la vida misma y yo puedo estar leyendo un párrafo sobre la crisis humanitaria que describe Ramiro, el dolor de todas esas personas que arriesgan su vida para cruzar a Estados Unidos, y a los pocos segundos leer ¿Alguien tiene un sombrero rojo para prestarme? Tengo una fiesta de disfraces. Todos nos ponemos sombreros rojos de vez en cuando, pero pensar que la vida pueda ser una amapola oriental rodeada de cardos, duele. Aprender a moverse entre flores y zarzas. Ese es un desafío interesante. Permanecer lúcido a pesar de todo. Permanecer alegre, también a pesar de todo, y que esa alegría sostenga a la tristeza que envuelve a toda consciencia. Vida corajuda-carajuda que ostenta sin medir ni especular ni fingir; vida roja y pinchuda, que te abraza y te hiere en un único y gran muro. Me gusta y me enoja y me entristece y todo al mismo tiempo. Información que desgrano y selecciono para el bien de mi consciencia. No se puede con todo, es mucho. Alejarse en puntitas de pie, en silencio y disimulo, para volver a encontrarse. Un pedazo de tierra en Lago Hermoso que concentra el objetivo. Quitarse el sombrero, el mismo que distrae mi atención de todas esas letras que me hacen ver que la vida, con cardos y todo, puede parecerse- y mucho- a la buena literatura.

