Treinta días sin conexión instantánea. Treinta escritos, uno por día, que narrarán la vida de Clara Oyuela fuera de las redes sociales. Un mes sin whatsapp, sin Instagram y sin Facebook
“¡Ese día me dí cuenta –me dijo- de lo solas que estamos
La maternidad tiene mucho de soledad. Soledad no en el sentido de independencia introspectiva. Soledad que se parece mucho al primer aliento de canto gitano-o canto del niño por nacer. Ese primer suspiro que nace de quien sabe dónde, pero que nos es inherente. Hoy fue uno de esos días en que el canto hondo se sintió muy fuerte. Lo sentí primero a la mañana, a eso de las ocho. Y después lo volví a sentir a la tarde, a eso de las seis.
Hace unos días me compré un libro de Clarice Lispector que se llama “Estado de Viaje”. Son cartas que la propia Clarice les escribe a sus hermanas, Elisa y Tania, a la distancia y durante sus viajes por el mundo como “mujer de diplomático”, rol que detestaba y la aburría enormemente. “No hay nada mejor en el mundo que una carta”, decía ella. Se desvivía por recibir las cartas de sus hermanas. Las amaba profundamente. Las admiraba, las extrañaba. Si pasaban algunos días sin recibir cartas de ellas, Clarice se impacientaba y se angustiaba. Las cartas, el contacto emocional con Elisa y Tania eran de lo más importante para ella. Pensé qué Clarice Lispector no conoció el Facetime. Pensé que esas cartas que se escribían eran profundas, largas y llenas de sentimientos. El canto hondo caló en mí estos días. Agarré mi antiguo y moderno teléfono y apreté el botón de Facetime para llamar a mi hermana Sol que vive en Londres hace quince años. No me importaba romper las reglas. No me importaba el experimento. Solo quería hablar con ella como lo hago siempre a la mañana. Cuando yo preparo el mate, ella suele estar cocinando para el almuerzo. Miranda gatea por toda la casa y Oliver, en Londres, también. Son primos y se llevan un mes. Cuando hablamos por Facetime puede que no hablemos de nada demasiado profundo como Clarice con sus hermanas. A veces, ni siquiera hablamos. Ella cocina y yo tomo mate y nos pasamos recetas, acompañamos a los bebés mientras juegan o hablamos sobre el regreso a la vida laboral post maternidad. Ese momento es muy importante para mí y creo que para ella, también. Después de hablar con Sol, pensé que quería llamar a mis otras hermanas. Y tampoco me importó nada seguir rompiendo las reglas. Algo parecido a la persona que rompe la dieta de harinas y se come un sándwich y después otro y después otro, y con actitud desafiante grita ¡que qué me importa la harina integral si no hay nada mejor que la harina de trigo! Hay una relación estrecha entre soledad y redes sociales; angustia y comida. Facetime, en ese instante, era mi hogar virtual. Hablé con Delfina, que está viajando por el mundo y se está por ir a Asia. Hablamos en profundidad, de emociones, furgos y presupuesto viajero. Después intenté llamar a Rocío pero no me atendió. Al rato me llamó a mi viejo lobo de mar y me dijo “te hablo rápido porque esta llamada me va a comer todo el crédito”. Fueron unos segundos, pero me gustó escucharla. A ella siempre se le está por terminar el crédito.
Lentamente la soledad se fue apaciguando. El primer suspiro de aire fue encontrando su latido. El día estaba dispuesto y entero para mí. Llena de mis hermanas, abrigué a mis hijas y nos fuimos a caminar por la calle que todavía no tiene nombre. Y nos sentimos tranquilas, muy tranquilas.

