Día 25: Una revelación lunática

Treinta días sin conexión instantánea. Treinta escritos, uno por día, que narrarán la vida de Clara Oyuela fuera de las redes sociales. Un mes sin whatsapp, sin Instagram y sin Facebook

“¡Dios Santo- exclamó asustada- de modo que todo aquello fue una revelación!”
Crónica de una muerte anunciada

Hoy me llevé una sorpresa espectacular que duró unos minutos- todo eso, hasta que me di cuenta. Estaba sentada en la sala de espera de un centro médico, aguardando a ser atendida para que me revisen un lunar de quien sospecho hace mucho tiempo. Es un lunar que tengo en el pecho, que me pica y me molesta y que de sexy no tiene nada. Es un lunar que se pone rojo y que está ubicado a la altura del escote que no tengo. Mi sospecha es que muy probablemente este lunar sea mi enemigo. Como tenía que esperar a que me atendiera la Dra. Ruiz y hace 25 días que tengo un viejo lobo de mar de acompañante que de buena compañía no tiene nada, decidí focalizarme en todo lo que me rodeaba y observarlo con rigor científico. En la sala de espera éramos muchas personas y empecé a contarlas. En total éramos 23. De esos 23, sólo dos tenían celular y lo miraban. Este resultado, pensé, caga absolutamente mi teoría sobre el uso del celular. Este resultado se contradice a mi hipótesis científica que afirma que en las situaciones cotidianas de espera, el ser humano suele preñarse a su celular. Una de las dos personas que honraban con lealtad a mi teoría, le puso play a un audio que le mandaron y todos los de la sala de espera pudimos escucharlo. Era una voz de mujer. Te decía que hoy me siento feliz. Me acaban de sacar todo el sarro que tenía en los dientes. Yo pensé que el sarro era suciedad pero no, me dijo Lorena que son piedritas. Esperá que voy a otro audio. Acá. Te decía que el sarro son piedritas y que si no las sacas, a la larga se te pueden caer los dientes. Eso sí. Te digo que duele un poco, eh. Es más, ahora tengo como una lastimadura en la boca. Ah y el implante me cuesta 18 mil pesos. Si. Lo que escuchaste. 18 mil pesos. Eso es algo que no entiendo. Que las personas le den play a los audios en público y me sometan a tener que escuchar ese tipo de conversaciones- aunque debo aceptar que lo del sarro no lo sabía y que 18 mil pesos un implante es una desgracia. La cuestión es que mientras pensaba esto sobre los seres humanos y las cosas ridículas que hacemos, otro pensamiento se me vino así, como a la altura del lunar y más arriba. Es más. Creo que fue el lunar el que me lo advirtió, como si al traerme ese dato a la cabeza, estuviera regalándome su último abrazo antes de partir quien sabe donde (muy probablemente a un patólogo en Neuquén). Atención, Clara. Hay un dato muy importante que no tuviste en cuenta a la hora de la observación. Un dato que puede darle a tu teoría el giro definitivo a cierta instancia de gloria. Un dato que puede consagrarte entre las científicas de cabotaje. Observá en detalle a esas 21 personas sin celular. Hay un denominador común que las une y que lo explica todo…y en ese instante me dí cuenta: las veintiún personas eran, todas, mayores de 80 años. Ancianos y ancianas aguardando ser atendidos. Supuse que ese día habría alguna promo especial o algo parecido. Recordé a mi amiga, Manuela, que tiene 90 años y canta en el living de su casa con un micrófono que le regaló su hijo. Recordé que alguna vez cantamos juntas todos los lunes mientras tomábamos un té caliente. Recordé a Antonio, de 80 años, el que le regaló palabras bellísimas a papá. Recordé a mi abuela, Bebi, el agua bendita en la puerta de su casa y el olor a jazmín en la entrada; a mi abuela que nunca conocí y le decían Perlita, porque brillaba como su nombre. Pensé en el viejito que se reía en una calle de Antigua, en Guatemala, y en sus pantalones holgados y sostenidos por unos tiradores,  en mi abuelo que se despide… pensé en Mili y en Molo, mis amigos imaginarios. Todos ellos, sentados en esa sala de espera y yo, observándolos y aprendiendo de ellos. En medio de la revelación de aquella verdad lunática, la Dra Ruiz se asomó a la puerta y con una sonrisa calma, dijo ¿Clara Oyuela? Adelante. Y ahí fuimos. Mi lunar y yo. Ah. Y todos esos viejitos sin celular que me acompañan siempre.

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