Icono del sitio Realidad Sanmartinense

Día 15: Fotografías

Ilustración: Celina Silveyra

Treinta días sin conexión instantánea. Treinta escritos, uno por día, que narrarán la vida de Clara Oyuela fuera de las redes sociales. Un mes sin whatsapp, sin Instagram y sin Facebook

“Nuestra conducta diaria, dominada hasta entonces por
tantos hábitos lineales, había empezado a girar de golpe
en torno de una misma ansiedad común”

Crónica de una muerte anunciada

La verdad es que todo esto se me fue a la miércoles. Hice trampa muchas veces. Me hice trampa muchas veces. No con Facebook. Tampoco con Instagram. El tema es el whatsapp. Hay personas con las que me tengo que comunicar. Son personas que no tienen la más mínima idea de mi experimento. Íntimamente me ofrezco esa posibilidad, la de comunicarme con ellas, porque son mensajes esporádicos e informativos. “Íntimamente me ofrezco esa posibilidad” qué chantada de frase, Clara. Qué gran capacidad de auto-engaño. Si lo que significa eso es “Trump-a.” Alrededor de todos estos mensajes irrelevantes en el sentido emocional, veo que tengo como 300 mensajes del chat familiar, 200 de la cadena de amigas y así sigue la lista. Son mensajes que ni siquiera leí pero están ahí. No creo que los vaya a leer cuando termine el experimento. La tentación fueron las fotos. Me di cuenta que si voy al app de Fotos, aparecen todas las del último tiempo, asique las vi todas. Había un cocodrilo asándose a la parrilla en un mercado de Tailandia. Vi a mi hermana y a su novio en la vereda de algún bar, de noche. Quizás en Bangkok. No lo sé porque no leí la descripción de las fotos. Ella, muy linda con un collar de piedras, sútil y fresca. Él, con anteojos y un aire viajero que provoca una agradable y liviana sensación de libertad. Libros y mates los rodean. Espíritus en estado de ampliación. Vi fotos de Mauricio Macri. A esas las deben haber mandado de la cadena de mis tíos y primos maternos. En la foto, Macri aparece gritando de forma muy ridícula. Otra, de Gabriela Michetti haciendo la V con sus dedos. Puras ironías. Una muy graciosa de Rita Pistacho, una gatita que adoptó mi mamá durante la época del hanta virus (ella nunca me lo aceptó pero justito la adoptó la semana en la que Epuyén aparecía en todos los diarios). En la foto, Rita Pistacho está en el abismo de una ventana. Al apellido Pistacho se lo puso Lola, mi sobrina, que le gusta el pistacho. Encontré flyers de talleres vivenciales sobre traumas de la infancia, sanaciones familiares y cosas del estilo y los borré. También encontré una foto de Joaquín en el Lanín. Lo veo lindo y también, cansado. Pienso en su espíritu alegre, tenaz e inquebrantable y agradezco nuestro amor, y pienso cómo es que aun queriéndolo como quiero a pocxs, puedo también lastimarlo- tanto- elamornoescosasimple. Pienso en los montañistas que conocí durante estos años. Siempre imaginé que los montañistas serían seres espirituales y de honda consciencia. Sin embargo, son pocos los montañistas que aprendieron a ser pequeños. A muchos les salen colmillos en vez de dientes. La mandíbula y las mejillas, todo se les empieza a angular. En sus miradas, aunque despiertas, prevalece cierta malicia o resentimiento. En Ecuador, Cuenca, conocí al primero de estos seres humanos. No era montañista. Era mozo en una parrilla, y viajaba por Latinoamérica con una biblioteca infantil rodante. Me acuerdo que por no decirle lo que pensaba, me salieron herpes alrededor de la boca, muchísimos. A partir de entonces, aprendí a reconocer a ese tipo de seres humanos, a protegerme y a no sobrevalorar ningún oficio o bandera política. Ser montañista, viajero, trabajar en una ONG o auto-proclamarse humanista, no nos exime del riesgo de transformarnos en eso que también somos y que bajo todas las circunstancias deberíamos evitar. Recordé a mi amigo Roman Lindegger y sentí nostalgia y felicidad ¡Qué grande que es el mundo por habernos encontrado! Roman no tiene whatsapp ni Facebook ni Intagram. Tampoco tiene la mandíbula angulosa ni colmillos. Lo que tiene es un espíritu demasiado vivo. Desde que nos conocemos que nos mandamos mails, y en esos mails, anexa sus fotos. Sus respuestas tardan en llegar pero llegan. Las últimas fotos que mandó son de su travesía a caballo por la Patagonia. En ellas, su mirada sensible y su alegría de vivir, superan la imponencia del paisaje patagónico. Compró cuatro caballos y se adentró en las montañas. Roman y Joaquín son los montañistas más pequeños que conozco. Pequeños. Y obstinadamente optimistas.

Salir de la versión móvil