Durante el fin de semana, la compañía de danza local Paradise Ballet llevó adelante tres funciones de esta obra, tributo a Gustavo Cerati, con una propuesta de danza contemporanea que emocionó a todos los presentes. Con localidades agotadas en virtud del aforo, los jóvenes bailarines volvieron a sorprender.
En el contexto actual y después de tantos meses de vivir en esta situación de pandemia, entrar al teatro, a la espectativa de ver una obra en vivo, ya es motivo de emoción para todos sus adeptos. Más aún si sabemos que las y los bailarines a cargo de la presentación son jóvenes talentos locales, que han ensayado con muchísimo esfuerzo durante largas jornadas, extremando medidas sanitarias y de aislamiento para poder participar de la obra.

Entonces vamos, entramos siguiendo las miles de indicaciones del personal del Centro Cultural Cotesma, estamos adentro, vemos el escenario precioso, armado con esmero, y algo nos envuelve. La música, sí. La voz de Gustavo Cerati que atraviesa y marca un momento cultural muy fuerte del rock nacional. Escuchamos, disfrutando de canciones conocidas, movemos la cabeza, cantamos en silencio , por debajo del barbijo y, de repente, la magia.
«Avanzo y escribo/decido el camino/las ganas que quedan se marchan con vos» canta Cerati y en el escenario suceden cuerpos que giran, saltan y caen en trios, dúos o en solitario. Digo «suceden» porque ocurren, pasan, son situaciones dentro de otras situaciones, emocionando con espasmos y dolores que transmiten al público según marque la letra de la canción. La coordinación entre ellos es perfecta, pero lo que asombra son sus caras, ese conjunto de gestos que tienen las personas que saben estar donde aman, en su espacio natural.
«Siempre fue divertido correr/dejar este mundo detrás» sigue la canción, en un recorrido por letras que sabemos todos, que algunos cantan mientras otros lagrimean cubiertos por la mascarilla facial. Y no es una exageración, pues el comentario general a la salida del teatro fue: «me hicieron llorar». Esos jovencitos bailarines, dirigidos por Natalia Lamberti, quien además compartió escenario junto a ellos en una performance eléctrica y sentida, dieron todo por hacer que los presentes experimentaran un abanico heterogeneo de vibraciones.
«Un suave látigo/una premonición/dibujan llagas en las manos», se escucha en uno de los momenos más emocionantes del recorrido. Un solo en el que el bailarín aparece por el pasillo de la sala, con barbijo, sube de un salto al escenario y empieza a despojarse de todo, a sufrir, paso a paso, cada acorde del Corazón Delator. La tensión queda estática en el aire para que la emoción se repita hacia el final, cuando todo el elenco vuelve a ocupar el espacio, por oleadas, desde arriba y desde abajo, porque: «Ella durmió al calor de las masas/y yo desperté queriendo soñarla»
La diversidad de cuerpos, con sus formas, sus edades, sus estilos y su propia energia es lo que hizo que esta propuesta fuera excepcional. Ver a cada uno vibrando en su propio registro para producir un conjunto coordinado de caras y gestos reales, que interpretaron cada letra de tal forma que no era necesario escucharla para saber lo que ocurría.
Seguramente esta compañía seguirá dando que hablar y sus miembros irán creciendo, encontrando sus caminos en este mundo tan complicado. Por el momento, es grato ver que se apoderan del escenario para recordarnos que una de las muchas formas de vivir (y sobrevivir) es a través del arte y lo que el cuerpo hace con ella.