En esta nueva entrega del ciclo que busca desenterrar recuerdos que son tesoros de la historia de nuestro pueblo, RSM conversó con Julio Obeid sobre la casa de su madre, ubicada en Perito Moreno, casi esquina Rivadavia.
“Dicen que tiene más de cien años esa casa, y que fue trasladada sobre rollizos, con bueyes, desde su ubicación original hasta aquí”, empieza diciendo Julio, desde su hogar, en la vereda de enfrente, mientras yo trato de imaginarme cómo habrán hecho para subirla.

De paredes blancas y techo verde, solo el frente se mantiene original. Las ventanas fueron reemplazadas y se agregó un ambiente hacia el fondo del terreno. “Mi madre, Irene, la compró a un matrimonio de chilenos que eran sus dueños en ese momento. Rosa y Tito Rojas se llamaban. Ellos fueron quienes trasladaron la casa hasta acá”.
“Al principio solo tenía un ambiente general abajo y dos piecitas en el piso de arriba. Las paredes son de madera de Raulí, con pisos de madera sobre tirantería. Antes tenía también techo de tejuelas”, cuenta Julio, recordando los años en que vivió allí. A ese espacio se le agregó, más tarde, la cocina y el baño interno.
“Lo que más me acuerdo cuando pienso en esa casa es el frío que hacía. No había gas y se calefaccionaba como hacían todos, con la cocina a leña. Igual te morías de frío. En esa época no había tanta edificación alrededor, la nieve no se derretía por el calor de la ciudad y quedaba acumulada. Salías y tenías 40 centímetros de nieve en la puerta”, cuenta Julio, entre risas.
La cotidianidad en ese entorno transcurría como corresponde a la época: “Hacíamos vida de pueblo”, dice Julio, y agrega que no había televisión, las radios eran casi todas chilenas y en los alrededores de la casa casi no había construcciones. “Los terrenos se conseguían regalados del otro lado del arroyo, pero nadie quería vivir ahí porque era como salir del pueblo”.
Julio recuerda el Hotel Curruhuinca, en la esquina con General Roca, y al lado, la tienda de compra-venta de ropa de Labín, donde ahora hay un lavadero. “Antes del local de ropa, ahí había un tambo y las vacas andaban libres por el terreno. Nosotros comprábamos la leche a través del cerco de madera. Después no había mucho más que eso, don Fernández tenía el resto de la manzana.”
La primera casa de la familia Obeid, antes de comprar esta vivienda histórica, se ubicaba en la vereda de enfrente, detrás de donde actualmente vive Julio. Luego los hermanos fueron creciendo y recorriendo sus caminos. Uno de ellos, Palacho, continuó viviendo en ella hasta su fallecimiento, dejándola ahora a cargo de su mujer.
En la esquina de Rivadavia y Perito Moreno, la casita centenaria se mantiene firme, ignorando el paso de los años, acompañada por otra casa, hacia su derecha, que pertenece a Miguel Obeid. Pero esa es una historia que contaremos en otra oportunidad. Por ahora, quedémonos un ratito más apreciando la belleza en cada marca que supo dejar el tiempo en este lugar.