Realidad Sanmartinense

«¿Cómo nos vinculamos en épocas donde hacemos uso indiscriminado de las redes sociales?»

De visita en San Martín de los Andes durante fin de año, el artista visual Waldo Mandiello dejó su marca en algunas calles de la ciudad, provocando la sorpresa e invitando a la reflexión de los transeúntes desprevenidos que iban encontrando sus mensajes. En esta nueva conversación de sábado, Waldo nos habla de sus inicios, de la fuerte intencionalidad comunicativa de su arte y de sus procesos creativos.

Hace un par de semanas atrás, algunos sobres blancos amanecieron pegados en paredes del centro de la ciudad. Cerrados, pero con frases simples y únicas a la vista de cualquier peatón, invitan a detenerse y leer. Varias personas aprovecharon a sacarse una foto con el mensaje, porque eso hacemos ahora con lo que nos llama la atención. Hacemos una selfie y la subimos a Instagram. Paradójicamente, uno de esos mensajes decía: “No quiero ver tus historias. Quiero que me las cuentes con unos vinos”. 

RSM: ¿Se puede decir que haces “poesía visual”?

WM: Sí, pero partiendo de una reinterpretación de la definición. Los que más saben de arte visual apuntan a utilizar solo imágenes. Yo escribo, pero más allá de lo verbal, que es lo más importante, hay un juego con el código visual, que es lo que hace que te detengas a leer. Esa parte visual tiene que ver con el mensaje que quiero transmitir. 

RSM: ¿Cómo nació esta idea?

WM: Yo empecé escribiendo poesía, pero necesitaba encontrar un soporte que no fuera un libro. Me cuesta pensar en algo tan largo. En la brevedad cada línea exige mucho y nunca pude encontrar el hilo conductor entre todos los poemas, que es lo que necesita un libro. En ese momento estaba escribiendo unas gacetillas sobre arte urbano, que hablaban de unas colaboraciones que habían hecho entre el Tano Verón y Rafael Parra Toro, un artista cinético que trabaja con Realidad aumentada. Esa investigación resultó en encontrar el soporte que buscaba, la calle. Una vez que descubrí eso, me di cuenta de que tenía que repensar la escritura, encontrar un registro más terrenal, coloquial y breve. 

Esta historia tendrá tres momentos Eureka. El primero fue la idea de pensar al espacio público como base para sostener su arte. El segundo vino de la mano de una divertida anécdota, que no hace más que remarcar la importancia de la verbalidad, del diálogo y del intercambio de experiencias en todo lo que forma parte de este proyecto:

Un día, hablando con una chica con la que había salido un par de veces, me contó que le había llamado la atención que yo no le pidiera su perfil de Instagram. La conocí en una charla casual, en un restaurante de esos que tienen mesas que se comparten, y le pregunté su nombre y su teléfono. No sabía su apellido para buscarla y tampoco me interesaba. Entonces, cuando me dijo eso le respondí: “Yo no quiero seguirte en Instagram, quiero tomar un vino con vos”. Y ahí, cuando pensé en lo que había dicho, me di cuenta. Es por acá, pensé. Esa fue la idea disparadora, a partir de la que empecé a buscar más textos.

RSM: Tenías el lugar y el contenido. ¿Qué faltaba?

WM: El código visual. Quería que fuera algo que invitara a reflexionar sobre cómo nos vinculamos en épocas donde hacemos uso indiscriminado de las redes sociales, que tenga que ver con una carta, con el peso del código escrito, en oposición a la liviandad de un mensaje virtual. 

RSM: ¿De ahí surge la idea del sobre?

WM: Sí. Este amigo que te mencioné antes, Rafael, fue quien tuvo la idea y diseñó el sobre cerrado. Estábamos en cuarentena estricta, todo esto pasó en el 2020, así que intercambiamos muchos mensajes para explicarle lo que quería transmitir. El estilo simple, tan blanco, invita a leer la frase, porque no genera ruido con otros elementos. Invita a pensar y a intervenir. Con todo esto en la cabeza fui a comprar papel afiche, pinceles, acrílico decorativo negro y rojo. Tuve todo eso un mes en casa, dudando…

RSM: ¿Cuáles eran esas dudas?

WM: Estaba aterrado de exponerme, poner mi nombre, al qué dirán. El primer sobre lo puse el 11 de julio del 2020, a la tarde. Cuando me estoy yendo veo a dos personas que lo miran, se quedan un minuto leyendo, y después se sacan una selfie con el cartel. Fue todo muy increíble. Enseguida tuvo mucha aceptación. Ahora tengo el desafío de seguir creando para vivir haciendo lo que me gusta. No lo hago por el reconocimiento, lo hago para expresarme, sacar mi voz y contar mi mirada. Es eso. 

RSM: ¿Cuál es el disparador de estos microtextos?

WM: Son las preguntas que suelo hacer a las personas que recién conozco. Había una realidad incómoda en ese primer momento, con tanta virtualidad. Me pasó que para conocerme, muchas personas me preguntaron la edad o qué estudio. Eso no me define. Nunca preguntamos lo que el otro quiere contarnos. ¿Quién sos? ¿Qué te gusta de vos? ¿Qué tenés para darle al mundo? Yo busco transformar eso, no vender algo por vender. La calle es de todos y lo que hago tiene que ser lo mejor de mí. “Que sea bello o que no sea”, como dice uno de los carteles.

RSM: ¿Y vos quién sos?

WM: Bueno, esa pregunta sólo puede responderse en presente, aquí y ahora, exige una presencialidad temporal. Yo soy alguien que busca belleza en todo lo que hace y que encuentra placer en crear y en analizar comportamientos y discursos, en invitar a cuestionar todo. No hay nada que me encienda más que crear. 

Tuve que tomar muchas decisiones y cambiar para dar espacio a esto. Pasar más tiempo conmigo mismo, escucharme, soportarme, aceptarme. El proceso empezó hace 4 años, con la decisión de ser artista, sin saber cómo. Pasé por el teatro, el canto; hice el camino del artista, que me dio muchas herramientas para conocerme.

RSM: ¿Cuál es el próximo paso en este proyecto?

WM: Seguir creando. Mi mayor temor es no poder crear algo nuevo. No sé qué será lo próximo, va a seguir lo que tenga que seguir, pero será en el mismo camino, cuestionando lo dado. 

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