Hoy en día, inmersos en lo que empezamos a llamar, desde la columna anterior, la “Era Black Mirror”, es común escuchar la frase “nadie resiste una revisión de archivo”. Gracias a que todo queda guardado y disponible en esa cosa inmensa y pública denominada Internet, los dichos del pasado reviven en el presente para juzgar y ser juzgados. Políticos, celebridades y gente de a pie ven resucitar sus comentarios, anacrónicos, analizados desde la distancia histórica de la actualidad. Ahora bien, sumado al exámen exhaustivo, además se busca desdecir, cancelar y hasta borrar tramos de aquello que nos constituye como sociedad cultural.
Desde hace varios años, la familia y apoderados de la obra del novelista británico Roald Dahl insisten en disculparse por los dichos y opiniones antisemitas del autor. Hasta ahí, no habría punto de discusión, salvo quizás el absurdo de hablar por los muertos y la cuestión de tomar comentarios hechos en el siglo pasado para entenderlos con la mente del presente. Sin embargo, la polémica se desató cuando se conoció que además querían reescribir varios tramos de las obras más emblemáticas del autor (Las brujas; Matilda; Charlie y la fábrica de chocolates), borrando el rastro de sus polémicos puntos de vista sobre etnias, religiones y clases sociales.

Son muchos los artistas (escritores, músicos, pintores, actores…) que han tenido actitudes y filiaciones reprochables ante el ojo crítico de la historia, cuyas obras podemos apreciar teniendo en cuenta (o no) sus biografías, como productos propios de una época, alumbrados en un contexto concreto, distante al nuestro y desde la subjetividad de quien está inmerso en ese plano y no puede (como nosotros) observar desde fuera, con la objetividad del futuro. Reescribir/rehacer/borrar es un esfuerzo forzado por acercarnos a una intachabilidad que no nos caracteriza y, por el contrario, nos extirpa retazos de quienes fuimos, pistas para recordar qué cosas no repetir nunca más.
La semana pasada, diarios regionales dieron a conocer la polémica desatada frente al proyecto del intendente de Bariloche para reformar el Centro Cívico. La propuesta, que incluye reparaciones varias y la creación de un monumento al Día de la Memoria, contempla mover la escultura de Julio A. Roca unos cuantos metros, para correrlo del centro del espacio y que deje de ser objeto de actos vandálicos: “Estudiamos la mejor manera de preservarlo, porque es una obra de arte que tiene que estar protegida”, declaró a medios locales. Al tomar dominio público, el proyecto dividió aguas entre los que entendieron que intentaba omitirse completamente la figura del prócer y quienes consideran que eso es justamente lo que se debería hacer. Hubo amenazas, denuncias y peleas.
¿Qué sacamos en limpio de estas dos noticias? Que la Historia, con mayúscula, está ahí para recordarnos de dónde venimos, qué hemos hecho y ante qué circunstancias. Pretender que podemos eliminarla como se borran los archivos digitales es, en palabras de Felipe Pigna, un contrafacto, porque es muy fácil juzgar con el diario del lunes. Quizás un acierto sea correr la discusión de las categorías del bien y el mal, para tomar al pasado como lo que es: una irrefutable prueba de nuestro paso por la tierra, con todo lo que allí haya para incluir. Reflexionar y aprender, para no repetir, más que eliminar, para dejar de ver.
Fotos: ilustrativas