La salud en Neuquén, una historia de "desidia e incumplimientos"

Carta de lectores.

Una mujer con cáncer de pecho de Neuquén no accedió a una costosa droga llamada «monoclonales». Esto ocurrió en el hospital Castro Rendón, donde 15 personas tampoco tuvieron por meses esta costosa droga.
Un jubilado del norte de la provincia tiene problemas cuando se presenta en la obra social ISSN, entre ellos la suspensión del servicio de farmacia y la falta de pasajes para derivaciones a especialistas médicos, entre otros.
La identificación de la salud como un derecho fundamental de jerarquía constitucional facilita la tarea de determinar la conducta debida del Estado. Al respecto, resulta oportuno traer a consideración la doctrina sentada por la Corte Suprema de Justicia de la Nación que sostiene que la primera característica de esos derechos y deberes es que no son meras declaraciones, sino normas jurídicas operativas con vocación de efectividad.
Las historias de sufrimientos de pacientes se repiten por mil, aunque se conozcan sólo aquellos que trascienden por los medios masivos de comunicación. Otros tantos los conocemos porque suceden en nuestro alrededor más cercano, en el barrio.
De mayor o menor gravedad, los jubilados (en casos de urgencia), chicos o personas mayores se han acostumbrado a realizar un viacrucis por obras sociales, auditores, administrativos y especialistas para recibir atención médica. Las obras sociales quedaron encorsetadas entre evitar maniobras fraudulentas y garantizar la sustentabilidad del sistema y una cada vez más ineficiente prestación de servicios.
También lejos quedaron los doctores como Esteban Laureano Maradona, famoso por su modestia y abnegación junto a los aborígenes, y René Favaloro, pendiente de beneficiar a todos con sus descubrimientos, hasta el punto de dar la vida por no conseguir fondos para mantener su fundación donde atendía, investigaba y enseñaba.
Vivimos la mercantilización del ejercicio de la medicina casi como el resabio más contundente de lo que dejó el capitalismo salvaje de los 90. Los pacientes son rehenes de quienes tienen el poder de sanar y esperan el tiempo que sea y reúnen el dinero o esperan meses un reintegro por el servicio que se abonó al profesional de la salud.
Es pertinente remarcar también que no todos los galenos han dejado de lado su real vocación de servicio, sobran ejemplos de profesionales abnegados.
En gran medida la mayor responsabilidad de la crisis de salud actual recae sobre las prestadoras públicas y privadas. Frente a los problemas diarios se observa una paciencia de la comunidad que ha tomado como habitual o normal los permanentes inconvenientes que se originan en los prestadores: desde no reconocer tratamientos o medicamentos hasta extenuantes procesos previos a una intervención quirúrgica, y la perpetuación de esquemas de pagos a proveedores y beneficiarios –por reintegros– cada vez más prolongados.
Como contrapartida de esa actitud de resignación hay una despiadada intolerancia ciudadana cuando un recolector de residuos reclama por su magro salario o condiciones laborales y no cumple sus tareas por un día, o cuando los maestros deciden un paro o los choferes de colectivo no realizan su recorrido, entre tantos otros ejemplos. Cada uno de ellos es importante, todos tienen una vital tarea para la comunidad, pero cuando nuestra vida está en juego sólo estamos en manos de Dios y del médico; también, en parte, de las prestadoras, las obras sociales.
Éstas surgieron para ser garantes del derecho a la atención médica de la población y complementar la tarea del Estado, no para abandonar al afiliado a la buena de Dios.
En el país de las vacas ricas y la vaca muerta, cada día que pasa la salud parece estar un poco peor. La obra social, entendida como la que actúa en beneficio de la sociedad, está quebrada hace mucho tiempo, y pocos profesionales médicos recuerdan su juramento al recibirse; y la salud hace tiempo dejó de ser lo primero.
Se extrañan otros políticos gestores del dinero del pueblo. Aquellos que invertían y tenían este sistema como el mejor del país.
Parece que en la provincia se necesitan tres doctores para tener una salud plena que no le deje gastos al Estado, que mantenemos con nuestros impuestos. El pueblo paga por tres: el sueldo del político, del puntero político y de las bases del partido político de turno, lo que imposibilitaría poder pagar la salud al pueblo.
Por esto me arriesgo a decir que los mejores médicos de la provincia de Neuquén son: 1) El doctor dieta, 2) El doctor reposo, 3) La doctora alegría.
«Sorprendernos por algo es el primer paso de la mente hacia el descubrimiento». (Louis Pasteur)

Rubén Perezutti, DNI 23.187.447
Enfermero profesional
MP 2105
Cutral Co

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