Día 3: Sólo eso, dormir
“…entonces se acabó el pito del buque y
empezaron a cantar los gallos»
Crónica de una muerte anunciada
Serenidad. Dormir durante muchas horas abrazada a ella. Recuperarnos del virus. A mí también me agarró pero con menos síntomas. Dolor de cabeza agudo. Agua tibia con limón, el mejor remedio para limpiar el cuerpo. Y entre cada despertar, empezar a leer las primeras hojas de “Distancia de rescate”, de Samanta Schweblin. Un libro sobre la realidad de los agro -químicos, las plantaciones de soja y las deformaciones que provoca en niños y niñas. No sé si estaba emocionalmente dispuesta a leer sobre esto en este momento, pero en un día terminé el libro y esa misma noche soñé que Bartolomé Mitre, el dueño del diario La Nación, lloraba la muerte de su hija de 4 años, una niña de rulos naranja que tenía un vestido de cuadritos rojo. Me gustaría leer “Kentukis”, la última novela de Samanta. Tiene críticas excelentes y justamente trata sobre el voyeurismo y exhibicionismo de las redes sociales.
Durante este día solo hablo por teléfono con algún familiar para contarles cómo está Miranda. Sé que nada de lo que pasó es casual, sé que todo es parte de un mismo rompecabezas. Que mi calidoscopio pronto se transformará en una única figura brillante, en mi Pangea personal, y que todavía no es momento de analizarlo porque solo quiero dormir y tomar un poco de esa agua tibia con limón. Pienso en lo que estará pasando ahí adentro, en ese mundo virtual paralelo, donde hasta el tiempo se confunde en presente, pasado y futuro. Lo pienso unos segundos y el canto de los gallos de mi vecino Hugo González, me recuerdan que el buque, por suerte, ya pasó y que ahora es tiempo de descansar.


