Casas Contadas – capítulo 32: una casita sobre basas que se transformó en hogar de tres generaciones
Si hay algo que tienen en común la mayoría de estas historias es que comienzan con el deseo de un hijo o hija de hablar de sus padres. Recordar y relatar el camino recorrido, las costumbres y los colores de una vida que se amoldaba a las posibilidades de un pueblo en brote. En esta nueva entrega, la narradora es Eliana Espinoza, quien me recibe en su casa de Coronel Perez, esquina Perito Moreno, abriendo la puerta unos segundos antes de que yo golpee.
“Si si, vení, tengo un montón de cosas para contarte de mis papás”, me dijo Eliana, de 72 años, en un primer encuentro, cuando de casualidad pasé por su casa a ver si la encontraba. Esa esquina siempre me llamó la atención. La prolijidad de la pintura, los detalles de madera en las ventanas y sobre la puerta de entrada, el rincón vidriado, la vegetación que asoma por un costado. Sin embargo, por dentro es aún más bonita. Más adelante, casi al final de la conversación, Eliana mirará a nuestro alrededor y dirá emocionada: “Esta casa son mis viejos, su amor, su sacrificio y la gratitud por lo que nos dieron y transmitieron para ser personas de bien. Cada cosa tiene su sacrificio. Ahí uno aprende a valorar lo que se va logrando”.

Osvaldo Espinoza Rubio llegó a San Martín de los Andes en 1949, proveniente de Chile. Allí se desempeñó en Ferrocarriles del Estado, en el área de talleres. Estaba ya casado con Marta Rosa Torres Sandoval y Eliana tenía 3 meses de edad. Un hermano le contó que acá se necesitaba mano de obra y aprovechando una licencia laboral vino a tantear terreno. Se instaló en Quila Quina, en un campamento, donde empezó a trabajar como carpintero en la construcción del muelle que estaba frente a la actual escuela, y de casas, como la de la familia Llauró y Basso. La construcción con madera de estilo chileno era muy requerida en ese entonces. Al poco tiempo viajaron esposa e hija acompañadas de unos tíos y se quedaron allí cuatro años.
Pasado ese tiempo, la familia, que se había agrandado con la llegada de Hector (70), se trasladó a Lago Hermoso. Osvaldo seguía dedicándose a la construcción, de obra en obra, junto al señor Khulmann, el administrador. Los inviernos eran muy duros pero Eliana los recuerda felices: “Fueron momentos difíciles, nosotros éramos chicos y nevaba un metro de nieve. Mi mamá contaba que hacía ropita de bebé con su propia ropa de soltera”. A pesar de todo se las arreglaban muy bien. Cuando Eliana cumplió 7 años, ella y sus hermanos (3 varones en total) se mudaron a San Martín, para que pudieran ir a la escuela. Osvaldo se quedaba trabajando en Lago Hermoso y venía cada quince días a traer el dinero para la familia.

Al principio alquilaron una vivienda, a pocas cuadras de esta esquina, y Osvaldo empezó a construir una casita sobre basas, que constaba de un ambiente cocina comedor y dos cuartos. Luego, en 1961, compró el terreno en el que finalmente, con ayuda de una máquina de vialidad, trasladaron la casita. Con tiempo y mucho esfuerzo se fueron agregando cuartos, mejorando detalles de construcción y, por último, se instaló el techo de chapa, en 1975: “Para ese momento yo ya estaba casada y mi marido ayudó a papá a terminar de hacerlo”, dice Eliana.
Nuestra conversación se sitúa en la cocina, donde estamos sentadas a la mesa, rodeadas de objetos con historia. A mi izquierda tengo un mueble muy antiguo, de madera, con puertas y estantes: “Ese mueble nos vio crecer. Lo hizo papá, igual que esas repisas sobre mesada y esta cajita, que guarda tantas fotos”, me dice, mientras abre el tesoro y empieza a sacar imágenes en blanco y negro. Puedo ver a Osvaldo, en situación de construir el pozo de agua, mientras la luz del día lo abandona; una charla entre vecinos que se ubica en la puerta de la casita; la otra esquina, con la imponente casa de Yamil Obeid, las calles de tierra anchas y un auto que justo pasa.



“Enfrente había una casa amarilla en la que vivían Margarita Price y Armando Giusti. Cruzando Perito Moreno está la casa de los 3 hermanos Obeid. Tenían una carnicería y faenaban vacas en el galpón. Cada vez que pasaba me daba mucha impresión. La otra esquina era un baldío lleno de árboles frutales donde solíamos jugar. Tenía un sauce con un tronco enorme, a donde llevábamos posters de Palito Ortega y Leo Dan, con una vecina, para hacer de cuenta que los abrazábamos”, dice Eliana y se ríe por la travesura.
Volviendo un poquito para atrás, esta hija me cuenta que su papá, ya en el pueblo, se contactó con Max Reiner, que era contratista, y empezó a trabajar con él, convirtiéndose en su mano derecha. Hizo reformas en la casa Holl, trabajó en el techo del Cpem 13 y en el de la iglesia nueva: “Se ve que le salían bien los techos, pero su mejor trabajo fue construir el casco en Parque Diana”. Siempre como carpintero, también iba a tomar trabajos a Villa La Angostura.

Con el tiempo, Marta Rosa se hizo amiga de la esposa de Reiner. Tal es así que un día, mientras tomaban el té, ella le ofreció a Marta trabajar como mucama en los bungalows que habían abierto en la calle Rivadavia. Tras consultar con su marido y obtener su aprobación, empezó a trabajar durante las temporadas de turismo. Los hijos ya eran grandes, se manejaban solos. Un buen día, luego de 3 años de trabajo, Marta le propuso a Osvaldo construir su propio bungalow en el fondo de la casa. “Fue el segundo en el pueblo. Lo fueron construyendo de a poco, con pisos alisados a los que con un cartón les dibujaban formas de pino y flor de lis. Américo Astete los ayudó a equiparlo”, cuenta Eliana y agrega que después iremos a verlo.
“Papá era una persona que estaba en todos los detalles. Cuando venía el día de la madre arreglaba con Astete una cantidad de dinero a gastar. Después yo iba y compraba regalitos de parte de todos los hijos para que tuviera mi mamá. Aunque estuviera poco se encargaba de todo. Era muy recto. Mi mamá era muy linda, afable y arreglada. Todos la querían porque era muy amable. Mi papá se sacó la lotería con ella”, dice entre risas, y sigue: “Se las ingeniaba muy bien con un solo sueldo, que no siempre era seguro. A la hora de la merienda siempre nos hacía algo rico: buñuelos, alfajorcitos, calzones rotos. Ambos se fijaban que no nos faltara nada, que estuviéramos siempre prolijos y arreglados. Aunque viviéramos en el campo. Por eso nunca calificamos para las donaciones escolares o de juguetes que organizaba el peronismo. Había una idea de que el pobre tenía que estar sucio y desprolijo para ser pobre”.


Eliana se casó con un maestro, Reinaldo Wild, y se mudó a Junin de los Andes. Allí, entre otras cosas, se dio el gusto de hacer el secundario, una asignatura pendiente que necesitaba rectificar en su vida y para la cual contó con la invaluable ayuda de su marido: “Cuando le conté que me iba a anotar me dijo que era la noticia más feliz de su vida, porque me iba a hacer bien a mí”. Unos meses después de haber finalizado el ciclo, siendo escolta, Reinaldo falleció de forma súbita. A los 35 años, viuda y con dos hijos chiquitos, Eliana vuelve a San Martín, a la casa de sus padres, donde se había criado con sus 3 hermanos y donde también crecerían sus hijos.
En los noventa Osvaldo abrió un quiosco en la esquina de la casa, llamado “Condorito”. Duró un buen tiempo, pero cuando Marta se enfermó de forma terminal, la angustia lo llevó a cerrarlo. Mientras tanto Eliana empezó a trabajar de preceptora en el Cpem 13. Primero cubriendo licencias, luego de forma permanente. “Me dijeron que tenía una personalidad mezcla maestra con mamá. Me terminé quedando 9 años y fui la preceptora de mis dos hijos durante los primeros años de secundaria”.

Mientras se va consumiendo una vela que Eliana prendió temprano junto a un retrato de Marta, la conversación va terminando. Antes de irme, me lleva a conocer el famoso bungalow. Saliendo por la cocina, atravesamos un galpón lleno de herramientas de carpintería y un jardín, que se aproxima más a una selva, repleto de flores con colores fuertes y llamativos, hierbas y huerta. Me asomo por la ventana y veo el piso alisado, el mobiliario clásico, todo prolijo e intacto. Sobre la puerta de entrada dice “Marely”, por Marta y Eliana. “Acá mantenemos los recuerdos”, me dice cuando me despide. Y es que a veces la memoria no alcanza a abarcar tanta vida.



Linda historia y ejemplo de vidas