Hablando con vecinos: ¿qué contiene un «club de vida»?

El «Club de día El Molino» nació hace 11 años, ante la necesidad de contar con un espacio de contención, esparcimiento, acompañamiento y atención para adultos mayores de nuestra ciudad. Ni en ese momento, ni ahora, existe otro espacio similar, que brinde la oportunidad de establecer nuevos vínculos, expresarse, socializar y sentirse parte de algo más grande, en un momento de la vida en que las instancias de comienzos parecen agotarse. RSM conversó con Angélica Nader, la coordinadora del espacio, con miembros de su equipo y con los participantes del club, para conocer qué significa contar con este programa diario en sus vidas.

Fue en el acto de aniversario del pueblo, en el año 2013, que se inauguró el club a partir de la necesidad ya instalada de contar con un espacio para que los adultos mayores de la ciudad reciban todas las atenciones que merecen, y que continuamente se suelen ver relegadas o vulneradas por las falencias de las políticas sociales. Desde aquel entonces, y hasta el día de hoy, la enfermera Angélica Nader es quien coordina el espacio perteneciente a la Secretaría de Desarrollo Social, junto a un equipo de 10 personas que desempeñan tareas diversas, pero que siempre están dispuestos a colaborar y participar más allá de sus funciones.

Entrar al salón de la vecinal El Molino donde funciona el club es como ingresar a una fiesta, sin exagerar. Hay música, actividades variadas, gente que pasa haciendo chistes, cantando o que saca a bailar a quien encuentra al paso. Hay aroma a comida casera, que queda flotando en el ambiente después del almuerzo. Hay sol, que entra por los ventanales y cae sobre sillones donde algunas personas descansan mientras otras juegan a la cartas, al ajedrez, o tejen, o pintan, o aprenden una nueva habilidad. Hay rumores, murmullos, bullicio de charla contínua.

A primera hora de la mañana, Angélica y su equipo llegan al lugar y empiezan a preparar las mesas con la disposición habitual. A partir de las 8 empiezan a llegar las primeras personas. Algunos viven cerca y vienen solos. A otros los pasan a buscar con autos o camionetas por los barrios, porque de los 22 asistentes con los que cuenta actualmente el espacio, muchos vienen del centro, otros de las chacras y el Arenal, y otros de mucho más lejos. Mientras va arrancando la mañana se desayuna y pronto empiezan los primeros talleres.

Más allá de la importancia de contar con una diversidad de actividades, que combinan destrezas mentales con actividad física y creatividad, Angélica destaca la posibilidad de brindar compañía, charla y contención a personas que, en su mayoría, viven solas o no cuentan con otras propuestas sociales en la vida diaria. Entre talleres, se comparte también el almuerzo, donde se cuida, como bien cuenta Gabriel, encargado de la cocina, que todos reciban un rico plato de comida que sea a la vez sabroso y sano, según los requerimientos físicos de cada uno. Más adelante en la charla, conversando con los participantes del espacio, uno de los puntos más elogiados será, justamente, lo rica que es la comida, y lo lindo de compartirla.

Angélica se emociona hablando del club y en sus ojos uno puede ver los recuerdos de 11 años de trabajo pasando como escenas de películas, en las que los festejos de cumpleaños se cruzan con anécdotas de vidas, juegos, pero también momentos de cuidado, de atender a que todos tengan las vacunas que necesitan, la presión controlada, la dieta cuidada y las dudas resueltas.

Una vez que termina el taller de Gabriela, con juegos de palabras, música y humor, todos se dispersan y buscan asiento para seguir conversando. Entonces, es momento de preguntarles a ellos, los destinatarios del espacio, qué encuentran allí, qué reciben, qué destacan. Juan habla primero y dice: «me dan ganas de vivir. Esto es como una familia donde uno encuentra cariño y compañerismo». Liberata, de 99 años, viene desde el primer día en que empezó a funcionar el club, y ahora también lo disfruta con su hija, Esther. A ambas les gustan mucho las clases que les proponen para divertirse, los grupos que se arman para jugar a las cartas, encontrar con quien hablar y los amigos que hicieron.

Irma dice que este «es mi lugar. Ver a esta gente todos los días, participar del taller de pintura. Festejar los cumpleaños todos los meses. Hacen muchas cosas lindas, con mucho amor. Si estás triste, te animan. Cuando sos nuevo y no conoces a nadie, te reciben con aplausos, abrazos, y te sentís muy acompañada. La humanidad que hay acá es increíble. Y tener también algo que contar cuando volvemos a casa es muy bueno».

Enriqueta, Bety, Lita y Elda están en ronda, conversando mientras les llega el sol de la tardecita por la ventana. Todas coinciden en sentir al club como una segunda casa, donde hacen amigos con los que hacen planes que después siguen afuera. Comparten salidas, charlas, a veces videollamadas. Entre todas recuerdan momentos vividos, y al pedirles una anécdota, las risas anuncian un gran relato. Parece ser que hubo un día en el que el club celebró un casamiento, con vestuario y anillo incluido, un novio y dos novias. La cuestión tuvo que ver con don Edmundo Sandoval y sus repetidas propuestas románticas a dos de sus compañeras. Un buen día, para hacerle una broma, prepararon en secreto la ceremonia y aquel momento quedó grabado en el anecdotario de esta familia: «Le puso el anillo a una pero abrazaba a la otra», comentan entre risas.

«Los días que no venimos, sábado y domingo, extrañamos muchísimo. La comida es riquísima y nos divertimos tanto. A veces nos proponen salidas al campo. Hemos ido a Chachin con la lancha, al centro de jubilados de Villa La Angostura, a ver el circo o el festival de títeres», recuerdan.

«Una vez, Sandoval, organizó un cumpleaños. Trajo la comida y gente para que preparara todo y sirviera. Festejamos todos juntos, el equipo de trabajo con ellos a la par», recuerda Gabriel, y agrega «También estaba Vicente Quiroga, que amasaba pan en su casa y lo traía para cocinar acá y así compartir pan calentito. Otro que recuerdo es a Segundo Romado, que compraba corderos y me pedía que los asara acá para compartir con todos».

Durante la pandemia, las reuniones se suspendieron pero no así el contacto. La red de visitas a domicilio para llevar viandas y atención se distribuyó con firmeza. Gabriela, quien desarrolla talleres diversos en el club hace muchos años, recuerda que en aquel tiempo organizaron una producción teatral a partir de pequeños videos caseros, en los que cada uno tenía que interpretar frases, a partir de la obra «El reglamento es el reglamento». Después, todos los fragmentos fueron editados en un video, que demuestra la importancia de seguir comunicados, sosteniendo los vínculos sin importar las barreras físicas que se interpongan.

Un último recuerdo asoma. Gabriel dice: «el club tiene su propia marcha. La escribió Osvaldo Nuñez y todos la saben». Gabriela concuerda y dice que a pesar de que otros espacios la pidieron, la marcha es del club de día del Molino, y son muy celosos y protectores de ella. «Se la enseñan a cada participante nuevo que llega y se emocionan mucho con ella».

En tiempos donde, como canta Fito Páez, nadie escucha a nadie, en tiempos donde todos contra todos, en tiempos egoístas y mezquinos, existen espacios como este club, coordinado por personas que disfrutan de su trabajo tanto como los vecinos y vecinas que lo habitan, y que saben que no hace falta mucho para hacer feliz a otro. Lo importante es estar, permanecer, participar, escuchar, en definitiva, ser humano, para construir un lugar que sea, ante todo, un «club de vida».

Fotos: cortesía club de día – RSM

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