Por Ana María de Mena (*)
Procedente de Doljna Polje, Eslovenia, donde había nacido el 8 de enero de 1919, Janko Bradac llegó al país en 1949. Hijo de Teresa Kresé y José Bradac, era tipógrafo y se desempeñó como tal en un taller gráfico de San Carlos de Bariloche.
“Su patrón abrió una imprenta acá en San Martín de los Andes y lo trajo para trabajar en ella. Luego él le compró las máquinas y así se estableció”, dice Carlos Buganem que fue su cliente primero y amigo, luego. Se radicó en 1951.
Janko le escribía cartas a Almira Ruzena Surla, una muchacha que había nacido el 13 de julio de 1924 en Straza, Eslovenia (ex Yugoslavia). Un año después de radicarse, ante el escribano Lucas José Bustos Grandoli, Janko dejó constancia de la situación económica propia para traer a la novia, casarse y mantener con holgura el nuevo hogar. Así dice el escrito atestiguado por los señores Aldo García y Miguel Asmar que -presentado ante la legación diplomática de Yugoslavia- facilitó que permitieran a Almira salir de su país.

Oriundos de una nación convulsionada, atravesada por dos guerras mundiales, era la región donde está el monte Triglav, la montaña nacional tan significativa que su imagen estilizada aparece en el escudo y la bandera eslovena. El recuerdo del Triglav los acompañó siempre.
Alguna vez, ella le comentó a Silvia Marengo que siendo niña debía levantarse a las cuatro de la madrugada para alimentar a los animales; también ayudaba a vender en el negocio de su padre. La suya fue una infancia con sacrificios.
Los jóvenes se casaron, compraron más accesorios y equiparon el taller gráfico que funcionó en un local de la av. San Martín entre Belgrano y Drury. Lo llamaron Imprenta Melipal, que en mapudungun alude a la Cruz del Sur, constelación del cielo austral, diferente al cielo nórdico de la tierra natal de la pareja.
En un período, en la parte delantera del local funcionaba la papelería, librería, juguetería, venta de regalos, perfumes, hilos de bordar, aros, cadenitas de oro y chucherías de diversa índole. Ofrecían, además, cerámicas, tejidos de Bariloche y artículos regionales realizados con astas de ciervo. Lo atendía Almira.
En el sector de atrás funcionaba la imprenta a cargo de Janko, generalmente vestido con guardapolvo gris que protegía su ropa de las manchas de tinta. Allí solía trabajar con la máquina minerva marca “Éxito” de origen alemán, la guillotina “Refex” a palanca, una cosedora Brehmer de pie, una perforadora italiana Dionigi, dos máquinas numeradoras, y un mueble cajonero con tipografía de madera y metal de cuerpos (tamaño) desde 6 a 60 dimensiones, más varias herramientas que fue incorporando a medida que prosperaba.
A ella, que había llegado por el viejo camino del Arrayán, en los días no laborables con buen clima, le gustaba ir a caminar por ese lugar. “Tenía mucha nostalgia de su familia y de su país y se imaginaba que desandar el camino era como volver a Eslovenia. Era así, con nostalgia”, dice Buganem.
En Melipal se imprimieron tarjetas de visita, personales, de agradecimiento por la asistencia a velatorios, calendarios, invitaciones para festejos familiares, celebraciones patrias, carteles, talonarios, estampitas, formularios, programas de espectáculos, certificados y las postales Melipal. También ofrecían tarjetas realizadas a mano.
Los recuerdos de los vecinos
El idioma castellano les resultó difícil y lo hablaban con acento eslavo. Elio Ramiro Soria, el Chango, fue consultado muchas veces por Janko, sobre las palabras que debía utilizar para nombrar un objeto o expresar una idea. Probablemente las limitaciones del lenguaje sumadas a las huellas de la guerra, forjaron para ellos la reputación de huraños y cascarrabias. Honestos y austeros en extremo, consagraron la vida al trabajo.
Algunos niños de entonces sentían algo de temor si debían ir solos a Melipal. Otros, atrevidos, se paraban en la vidriera hasta que Almira salía a preguntarles qué hacían y cuando respondían que solo miraban, ella les decía: “No mira, no mira, compra”, instándolos a dejar de mirar, elegir algo del negocio y comprarlo.
Infantes al fin, a veces entraban con intención de divertirse y pedían artículos para supuestas compras, que ella iba poniendo sobre el mostrador; esos chicos disimulaban interés durante un rato hasta oírla decir. “no gusta, no compra… guardo” y empezaba a colocar de nuevo la mercadería en los estantes, mientras ellos se retiraban riendo por lo bajo.
Esas eran algunas diabluras de las que ideaba la chiquillada en el pasado. Hoy sus protagonistas recuerdan las golosinas que Almira les regalaba. En la memoria de muchos quedaron los caramelos masticables Sugus que repartía con frecuencia. Otros se acuerdan del manojito de perejil y la bolsita de cerezas corazón de paloma que daba el árbol del solar donde vivían, que obsequiaba a los vecinos. Muchas veces, un muchachito llamado Roberto cosechaba esas cerezas y llenaba cajas de cartón que vendían los Bradac en su local.
“Ella y Janko ayudaron a escolares de familias humildes para que pudieran estudiar y aportaron para que un muchacho sanmartinense cursara la carrera de Medicina en la Universidad de La Plata”, sostiene Jorge Alberto Fernández. Además, hicieron donaciones a Cáritas, al hogar de niñas y a otras acciones solidarias de la parroquia San José.
Una dualidad que los caracterizó fue la sobriedad excesiva paralela a una gran generosidad. Ilustra esa duplicidad la ayuda para solventar al muchacho que estudiaba para ser médico y la alegría que les causaba cuando, ya recibido, les regalaba muestras de medicamentos apropiadas para sus dolencias, con lo que evitaban pagarlas en una farmacia.
El cierre de Melipal
Virginia Pfastchbacher dice: “Compartí mucho con ellos, recibí consejos y ayuda. En más de una oportunidad fui a dar una mano para las fiestas, en los días de la madre, del padre, del niño, etc.”. Virginia los frecuentó, les remendaba la ropa a pedido de Almira y una vez le manifestó a Janko su deseo de aprender a hacer impresos, pero él se opuso a enseñarle porque el plomo, presente en la imprenta, causa enfermedades. Janko prefirió prescindir de una potencial ayudante antes que exponerla al riesgo del plomo. Virginia recuerda al matrimonio con cariño.
La falta de otros talleres posibilitó que Melipal abasteciera las demandas gráficas locales y de Junín de los Andes. “Tenían buenos precios y eran muy cumplidores en la entrega de trabajos”, señala Soria y acota que con frecuencia efectuaban descuentos en las ventas a las escuelas, además de donar útiles para ellas. La bonanza coronó los esfuerzos de los Bradac y cuando viajaban, Don Andrés Rosalino Lugones les cuidaba la casa.
Profundamente católicos asistían a la misa dominical. “Ella iba a la iglesia siempre vestida con pollera, nunca usaba pantalones”, recuerda Sonia Olate. Por su devoción, un señor que viajó a Eslovenia le trajo de regalo una cerámica con la imagen de la Virgen de Madjugorje, también llamada Reina de la Paz. La ciudad de Madjugorje es un sitio no oficial de peregrinación católica.
Más adelante, algo sordo, un día Janko no oyó el vehículo que se aproximaba al cruzar la calle Roca, frente a la Municipalidad, y fue atropellado. Como consecuencia de las heridas fue internado y tiempo después falleció.
Su esposa se encargó de elegir un ataúd de calidad y costoso, porque deseaba que las fotos del funeral que hizo sacar y envió a los familiares de Europa, no evidenciaran pobreza. Lo despidió haciendo rezar misa y responso que acompañaron los vecinos y una delegación de eslovenos llegada desde San Carlos de Bariloche. En esa ciudad el matrimonio tenía un sobrino y una ahijada por quienes sentían gran cariño.
Una vez que el féretro se colocó en el nicho, “el Coro Esloveno de Bariloche entonó una canción en el idioma de Janko, que llegaba hasta el alma, muy hermosa”, recuerda Buganem.
Los Bradac no tuvieron hijos. A ello alude la placa en la sepultura de Janko. En ella se lee: “Bajo el Triglav se inició mi camino. Ahora sobre mí brillan las estrellas del sur. Allá comenzó. Aquí concluye mi estirpe”.
Almira siguió un tiempo más con el comercio hasta que su salud empezó a deteriorarse y el local cerró las puertas. Cuando sus fuerzas flaquearon y requirió asistencia, tuvo el auxilio de la enfermera Ángela Lugones, una de las hijas del gendarme que cuidaba la casa en ausencia de los Bradac. Dice Ángela “Cuando la cuidé hablé mucho con ella y me ganó el corazón”.
En el viejo Hospital “Dr. Ramón Carrillo”
Previsora, Almira dejó documentado el destino que deseaba para sus bienes y depositó su confianza en Catalina Muñoz de Karzmirchuk, la recordada Pochy. Después de estar postrada un tiempo, la sufrida eslovena falleció el 4 de marzo de 2009 y fue sepultada junto a Janko en el cementerio municipal.
Ella había dispuesto que un familiar lejano recibiera parte del dinero que había ahorrado el matrimonio. Otras suma y donación de algunos bienes fueron para Cáritas, para una entidad eslovena de Buenos Aires y otra cantidad para la Cooperadora del hospital “Dr. Ramón Carrillo”.
Presidida por Nieves C. Núñez de Soleño, la Cooperadora utilizó esos fondos para comprar suministros y cubrir varias necesidades registradas prolijamente.
También resolvieron utilizar una parte del dinero para implementar un oratorio. Como la palabra lo indica, se trata de un espacio de oración donde los enfermos y sus acompañantes contaban con un lugar apropiado para la reflexión y el consuelo.
Para él hicieron confeccionar los reclinatorios y el sencillo mobiliario en madera. Ese espacio se habilitó el 8 de setiembre de 2010.
Coincidió entonces la llegada de amigas de Nieves desde Buenos Aires y -enteradas del origen de los fondos que posibilitaron construir el oratorio- trajeron una imagen de la Virgen de Medjugorje, que fue entronizada en él, donde está actualmente.
Los elementos de la primera imprenta
Fue necesario desocupar el local de Melipal y Pochy Karzmirchuk asumió la tarea: papeles, cartulinas y útiles escolares fueron donados a las escuelas, otros ubicados en lugares donde hacían falta. La impresora minerva, la guillotina, varios juegos de cilindros y otros elementos fueron comprados por la Asociación Amigos del Museo Primeros Pobladores con la finalidad de preservarlos.
La impresora se exhibió en distintos edificios públicos como la nueva Intendencia del Parque Nacional Lanín y la Secretaría de Turismo. Otras piezas estuvieron expuestas en el hotel Rosa de los Viajes. Debido al peso de cada componente, los traslados de un sitio a otro se realizaron con el auxilio de un montacargas facilitado por la firma Caso Comercial y personal de esa empresa.
En febrero de 2018 la citada entidad donó los elementos del taller gráfico al Municipio, con destino al Museo Primeros Pobladores y ofreció colaboración para exhibirlos. En 2023 la impresora fue acondicionada y se puso en marcha con fines educativos, según se anunció. Desde hace seis años sigue pendiente que el conjunto se exhiba como muestra de la primera imprenta sanmartinense.
Néstor Sacchi y Silvia Walker alquilaron el espacio donde estaba el taller gráfico para abrir Patalibro. Dice Sacchi: “Nosotros como homenaje llamamos Almira a la sucursal. Aún hoy es el nombre que tiene el sistema y los chicos que trabajan con nosotros, cuando se refieren a la librería, hablan de Almira”.
Unos la nombran, y otros endulzan recuerdos con la generosidad de Janko y los caramelos masticables que ella regalaba.
(*) Gracias a las personas nombradas en la nota y a Mónica Karzmirchuk por compartir sus recuerdos anamariademena@gmail.com