Vidas químicas

Por Clara Mc Cabe
Hoy es común escuchar en cualquier ámbito: “Lo que pasa es que soy muy ansioso”, “No es fácil para ninguno, mi hijo tiene ADD” o “Mi problema es que cada tanto tengo ataques de pánico”, etc.
Pareciera que todos pueden hacer un diagnóstico (determinar una enfermedad, un trastorno o una disfunción, mediante la evaluación de signos y síntomas característicos) de sí mismos o recibirlo de algún “experto” y adoptarlo como propio. Hay distintos estudios que muestran cómo en los últimos años fue más googleada la terminología médica que la, hasta ahora siempre arrasante, pornografía.
No cuestiono la utilización de categorías diagnósticas por parte de ciertos profesionales de la salud como recurso frente a la planificación de una dirección de tratamiento; sino que lo que me interesa diferenciar es el uso comunitario, coloquial y cotidiano de un vocabulario específico. ¿Qué consecuencias trae esto aparejado?
No es una sola, ni es unívoca, así que teniendo en cuenta este espacio de desarrollo, voy a cerñirme al efecto que actualmente considero más álgido: el abuso psicofarmacológico.
La atribución de un diagnóstico no implica solamente que de ahora en más se cargará con una “etiqueta” para toda la vida, sino que además, un diagnóstico remite inmediatamente a su correspondiente medicación. Es por esto que no es sorprendente que en general produzca en quien lo recibe un efecto de calma, que podría plantearse como: “si tengo un diagnóstico, entonces tengo remedio”.
Vivimos inmersos (¿ahogados?) en referencias diagnósticas, y nos enfrentamos a sus consecuencias: el consumo masivo de psicofármacos. Tal es así que se podrían completar los decires expuestos más arriba: “Lo que pasa es que soy muy ansioso, por eso tomo Rivotril”, “No es fácil para ninguno, mi hijo tiene ADD, pero ahora nos dijeron que probáramos dándole Ritalina”, “Mi problema es que cada tanto tengo ataques de pánico, por eso llevo siempre un Alplax en el bolsillo”.
Stanislaw Lem, escritor de ciencia ficción, no se equivocó cuando aseguró que el siglo XIX había sido el de la revolución industrial, el siglo XX el de la revolución tecnológica, y el XXI sería el de la revolución química.
Pero, ¿de dónde salen los diagnósticos? En su práctica diaria, los profesionales en salud mental utilizan para diagnosticar un libro llamado DSM (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales o Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders). Es un sistema de clasificación de referencia “universal”, que apunta a establecer un código común global entre los diferentes organismos (obras sociales, prepagas, hospitales, instituciones educativas, farmacias, seguros médicos, etc.) . El DSM contiene una clasificación exhaustiva de los trastornos mentales, proporcionando descripciones precisas de las diferentes categorías diagnósticas, de las cuales es necesario cumplimentar cuatro o cinco items para ser incluido dentro de una clasificación.
El año pasado, la APA (La Asociación Estadounidense de Psiquiatría o American Psychiatric Association) presentó oficialmente la última versión del DSM, conocido como DSM-5. Se trata de una nueva reformulación clasificatoria (la quinta, por eso DSM-5) que busca ampliar, a través del discurso científico, el espectro de las enfermedades mentales. Algunos de los nuevos postulados resultan, por lo menos, llamativos: el duelo (la reacción frente a la pérdida de una persona querida) es ahora includo dentro del diagnóstico de “Depresión”; la rebeldía frente a la autoridad es clasificada como “Trastorno de oposición desafiante”; comer excesivamente es nombrado como “Trastorno por Atracón”; rascarse compulsivamente la piel aparece como “Trastorno de Excoriación”; la dificultad para desprenderse de los objetos figura como “Trastorno de Acaparamiento”; la irritabilidad en los niños es denominada “Trastorno de Estado de Ánimo Disruptivo y No Regulado”, etc. El DSM no especifica cuándo termina un trastorno mental, así como tampoco cual es la prescripción de medicación, pero como estos problemas están definidos por una base neurofisiológica, inmediatamente remiten a su medicamento. Sugerir un déficit orgánico implica ofrecer una sustancia equilibrante. Entonces, ¿es exagerado decir que el DSM “fabrica” diagnósticos conforme a las necesidades del mercado? ¿no es un buen negocio? Según el DSM V, todos padecemos algún trastorno mental. Y todos necesitamos tratamiento medicamentoso. No conforme con esto, se ha incorporado la infancia. No es sólo una cuestión de intereses económicos sino de una concepción del hombre como una máquina a la cual se le da una pastilla y vuelve a la normalidad. 
Se trata de la medicalización de la vida en el mayor rango de amplitud conocido hasta el momento. Es un ideal de medicalización general de la existencia.
Tapar los síntomas (lo que no anda) con psicofármacos, es sin dudas “pan para hoy y hambre para mañana”, porque deja de lado la singularidad única de aquel que sufre su vida como parte de una familia especifica, y de una comunidad particular. Por ejemplo, a todos los diagnosticados como “Trastornos de ansiedad” (también llamados “ataques de pánico”), se les da Clorazepam. Cuando las salidas son los fármacos, no hay esfuerzos por dilucidar que hay detrás de ese síntoma.
Si bien hay grandes grupos farmacológicos interesados, lo más preocupante es la tendencia general a estandarizar y a clasificar. Hoy el sujeto está sometido a sistemas de vigilancia y evaluación permanentes.
Resulta importante, necesario y urgente que repensemos la forma en la que estamos respondiendo al malestar. Es impostergable frenar con la clasificación colectiva de lo inclasificable: el padecimiento. Cada sufrimiento es subjetivo y único; su resolución también.

Clara Mc Cabe
Licenciada en Psicología

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