Intimidad Vs Internet
Por Lic. Mariela Sandoval
O sea que es necesario que algo
tenga que ser tenido por verdadero,
no que algo sea verdadero.
Friedrich Nietzsche
Saben ustedes, la tecnología, en particular la informática y las comunicaciones, marcan nuestra era. El poder de la tecnología es sorprendente; su injerencia en nuestra vida es indiscutible e irrefutable. Sus métodos son aplicados en todos los ámbitos de nuestra existencia, sobrepasa nuestro saber cotidiano. La particularidad de sus prácticas promueve la excelencia médica, las industrias, abren canales nuevos en y para la educación.
Nuestro vocabulario está inundado de expresiones nuevas: ‘Internet’, ‘robótica’, ‘dinero electrónico’, ‘aulas y profesores virtuales’, ’hardware y software’, ‘web’, ‘googlear’, ‘ciberespacio’; más allá de entender o no acabadamente el significado de cada una de ellas, ya no son ajenas a nuestro oído.
Las tecnologías de la información y la comunicación desataron una explosión a comienzos de los ’90, tal vez comparada al descubrimiento del fuego en la prehistoria, la invención de la rueda o la revolución industrial. Somos contemporáneos a este desarrollo tecnológico y por ende, a esta nueva experiencia humana y esta huella histórica de lo social.
Internet pasó a ser un instrumento especializado de la comunidad científica, y una red de fácil uso, modificando significativamente las pautas de interacción social.
Hay un concepto asociado a esta explosión de las tecnologías, y es el de consumo. Este tiene un sentido económico pero es indispensable entender la implicancia que lleva en sentido social y subjetivo. El consumismo ilimitado y absurdo es una consecuencia directa del capitalismo. El capitalismo salvaje ‘mira’ a las personas como trabajadores y/o consumidores, es decir, máquinas de hacer dinero y de consumir; perdiendo de vista la esencia de la propia existencia.
Los productos son cada vez de peor calidad. Cada vez duran menos. Época donde se crean necesidades artificiales, fomentando continuamente lo “nuevo” (una de las palabras “mágicas” de la publicidad), como idea de fomentar el consumo.
El consumo, instala una necesidad y trastoca el concepto de deseo. Se compra determinado objeto o se adquiere tal servicio regido por la lógica de aquel, quien no convoca al tiempo de análisis, sobre cuán importante o relevante es para nuestra calidad de vida esa adquisición, simplemente se impone su orden ‘se debe tener’.
La tecnología, a su vez, ‘lleva en sus venas’ la idea del progreso, de la superación, de lo nuevo y allí se cuela muy sigilosamente, lo inmediato, lo transitorio, lo veloz, lo breve, lo perecedero, lo efímero. Adquirimos aparatos tecnológicos que pierden su liderazgo en semanas, para ser reemplazados por nuevos de mayor capacidad, velocidad mejor diseño.
La inmediatez ha ganado la vida cotidiana. Las relaciones humanas, no escapan a la esta subjetivación (características, particularidades de la época).
La explosión de las redes sociales, trajo consigo la actualización de otras prácticas u otras construcciones o mejor llamarlas des-construcciones? El aislamiento, invasión a la privacidad, detracción de lo íntimo, la simulación y el fraude como moneda corriente. Todo esto en un marco de virtualidad e imagen, quienes despliegan su esencia cautivante y seductora.
Lo que florece en la web, pareciera no tener cabida para la interrogación. Se escucha decir: “…¡es cierto! …Lo leí en internet…” ”…Pero si lo vi publicado en tal o cual página!..”.
Casi a modo de oráculo, se acepta el decir de un anónimo que las más de las veces desconocemos y lo más inquietante, que muchas veces no es quien dice ser.
Una púber ‘Nativa Digital’ (nacida y crecida con la tecnología), no duda en colocar una edad mayor a la real, a fin de acceder a determinada red social o a una página deseada. Así una realidad inexacta se instala y circula. Casi como un espejismo todos ‘ven’ lo que el deseo mostrar. Y esa ‘no realidad’ es ‘la verdad’ para ese que desea mostrarse. Despliegue de un ideal sobre lo que deseo que el otro mire o crea de mí.
No está nada mal, poder manejar libremente el carácter privado o decidir sobre qué compartir o no. Pero los códigos implícitos de los internautas juegan otro juego, el de la simulación, el de ‘fingi-miento’.
Y la rueda gira…
Y todo se muestra. La intimidad ya no tiene bordes, y pasa a ser espectáculo. La circulación de los ‘posteos’ es exponencial. No alcanzan ‘los criterios de privacidad’ propuestos por las redes sociales para evitar la filtración. Miles y millones de ojos están abiertos para mirar, espiar, creer, y no cuestionar.
La exposición de la vida privada entra en jaque y tal vez lo más inquietante, el concepto de lo privado se desvanece y pierde su estatuto de exclusivo.
Una pelea, un desamor, un enojo no duda en dar su represalia en la voraz red.
Un momento amoroso, del orden de lo privado e íntimo, queda arrasado. Una foto, un video, un correo intimo, parte del que fuera un juego erótico entre dos que navegaban en un estado de confianza y complicidad, se transforma en un baño aborrecible, de vergüenza, desprecio, y crueldad. La descalificación sobre la que otrora fuera un ser amado/a, ahora transformada en un objeto desechable y prescindible.
‘Subir’ una foto, videos no autorizados a la web, forman parte de la ‘venganza virtual’. No hay culpa. No hay ley que se interponga. Parafreseando a Milan Kundera “…nadie puede escapar a ninguna parte…”
Se pueden escuchar frases como “…ella se la buscó…”, “…para qué me mandó una foto en bolas, que se joda…” “…ahora ya no es mi novia, que me importa…”.
Tampoco hay prurito en echar andar una campaña de desprestigio. Poner en duda o ensuciar la vida o la conducta de una persona, esa es la venganza. Venganza, que no dimensiona el sitio en el cual queda su verdugo. Y todo se consume, se abren archivos y links, sin siquiera poner en consideración el beneficio de la duda.
El derecho a la privacidad de quien no autoriza una publicación se ve violada, y también se viola la privacidad de quien la mira, ya que no tenemos derecho a ver lo que otro no autorizó.
Las personas, las vidas, los actos se licuan, dejando expuesta la incapacidad para ser sólidos y ser capaces de construir relaciones humanas con consistencia.
Poder y saber decir NO. Convocar a la duda como mecanismo de interrogación, nos haría menos objetos, menos maniobrables, menos títeres.
Vivimos en un tiempo, donde nos rigen leyes que nada saben de emociones, ni sobre la diferencia y condición humana; tampoco sobre el permiso, la intimidad o la privacidad.
Las leyes del consumo, no pretenden hacer foco en la singularidad, todo lo contrario. La masificación, la generalización, la no ley, el no registro o no consideración del otro como un semejante ponderando de esa manera imponer la individualidad, son sus recursos.
Un mercado hambriento, donde todo tiene la validez de un suspiro, donde los vínculos humanos quedan atravesados en esta particularidad. La importancia de lo ‘sin importancia’. Todo debe ser divertido, debe entretener y distraer. Lo anónimo, juega un protagonismo marcado “está bueno ver, cuántos se creen lo que pusimos en la red”, “creamos una ‘cuenta fantasma’ para escracharlo”, “que se la banque”.
La valía de lo humano se desvanece, ante la primacía del objeto y su forma de vinculación. El semejante es atravesado por el concepto de objeto y así rige una clara insistencia en considerar al otro como un objeto a cambiar, a reemplazar. Hay todo un camino de descalificación y descrédito “…todos los pibes son unos boludos…..”, “las minas son bases a conquistar, expresiones adolescente que se escuchan en lo cotidiano de la clínica.
Hablar sobre qué es verdad o qué es mentira, sería un dilema para otro escrito, pero si podemos partir sobre la necesidad de interrogación. Interrogarnos sobre la realidad, sobre la verdad que se nos ofrece, sobre nuestro deseo, sobre nuestra necesidad.
Detenerse y pensar. Poner en valor nuestros actos y la de los otros.
Darse tiempo. El pensar sobre nuestra existencia, es proyectar, es inversión a futuro.
Es salirse de la inmediatez y de la velocidad. Es salir de lo líquido y tender a ser consistentes, es instalar la idea sobre un futuro, sobre un tiempo por advenir.
Diferenciarnos de ese modelo discursivo que reina e invade, y nos ofrece ser intercambiables.
No responder a las leyes, que nos encorsetan a un destino de corto vuelo.
Darse tiempo al pensar, a discutir, a poner en jaque las verdades de un oráculo que no es tal. No existe una sola verdad.
Seamos desobedientes
Lic. Mariela Sandoval
Psicoanalista

