Adicciones

Por Lic. Clara Mc Cabe
Atravesamos y somos atravesados por la era del capitalismo globalizado. El discurso dominante es el de la ciencia, y la lógica que guía nuestra vidas es la del consumo masivo. Mariela Sandoval en su artículo Intimidad vs Internet – publicado en este mismo medio – describe de manera clara cómo en la época actual los tiempos (nos) corren. En este escrito propongo su articulación con el auge de las adicciones.
Desde siempre el ser humano buscó incesantemente la felicidad, esto es lo que lo mueve. Sin embargo, en la actualidad, pasamos de vivir la felicidad como un derecho y su búsqueda como un camino, a confrontarnos con la felicidad como un deber con el que debemos cumplir, a cualquier costo. Hoy estamos obligados a ser felices continua e ininterrumpidamente. Y si no somos felices las 24 horas del día y los 365 días del año, hay que encontrar la manera de serlo, aunque eso implique tomar la “pastilla de la felicidad”. La ferocidad de las adicciones hoy se constata como nunca antes. Es decir, la adicción puede ser ubicada como una de las formas de buscar la felicidad, una búsqueda para encontrarle una solución al dolor de existir. Consumimos compulsivamente objetos, ilusionados con que habría algo capaz de obturar el vacío irreductible de la existencia, el vacío que todos sentimos (con mayor o menor dolor). -. Para comprobar, otra vez, con amarga frustración, que lo obtenido nunca es igual a lo esperado.
Se puede ser adicto a casi cualquier objeto: a las drogas, a las cirugías, al trabajo, al sexo, al juego, a la comida, a la bebida, al gimnasio, a las dietas, etc. Las adicciones se caracterizan por ser una falsa promesa de satisfacción inmediata.
Las máximas y los proverbios han sido reemplazados por los eslogans marketineros: “Que nada te detenga” de Rexona, o “El dolor para, vos no” de Aspirina, o “Just do it” de Nike, son tan solo algunos de los muchos que apuntan al mismo punto: no parar, no frenar. A los que obedecemos con mansa servidumbre.
El hombre contemporáneo, en los tiempos que corren, huye ante el pensar. Porque para poder “pararse a pensar” es ineludible eso: pararse, frenar de correr. Es decir, se necesita tiempo; y eso es lo que sentimos que no tenemos (y no podemos comprar). Somos empujados por lo irrefrenable, y no sabemos hacia donde vamos; solo sabemos que no hay tiempo que perder. Nos aferramos a certezas inmediatas que buscan el placer ilimitado; no pudiendo tomar la distancia necesaria para poder reflexionar. Aunque el pensar y poner en duda las propias certezas muchas veces implique la angustia.
Hoy no hay lugar para alojar la angustia, para sobrellevarla y tramitarla. Pareciera que angustiarse siempre implica derrumbarse. Pero es solamente atravesando la angustia como nosotros podemos cambiar y construirnos una vida más digna, más soportable.
Una de las cosas que dicen la mayoría de las personas que sufren una adicción es que lo que hacen no tiene que ver con el placer. La conducta adictiva se les presenta como ajena, independiente de su voluntad y, por sobre todas las cosas, compulsiva – “No puedo dejar de hacerlo” -. La extrañeza frente a lo que irrumpe muchas veces promueve a que se los ingrese en programas de rehabilitación, siendo estos también a su vez, objetos de consumo.
En España fueron internados en una clínica de salud mental, dos chicos de 12 y 13 años por “adicción al teléfono celular”. La directora del Centro de Salud Mental Infantil y Juvenil de  Lleida declaró «Llegaron por su adicción al ‘Messenger’ (sistema de mensajes inmediatos en  internet), pero vimos que también tenían adicción al teléfono».
Es paradójico que en la era del entretenimiento, el rasgo de nuestro tiempo sea el aburrimiento.
En cualquier adicción a cualquier objeto, el sujeto no dice. Se retira del discurso, se aparta del lazo social. Este tipo de relación con la satisfacción, hace que los vínculos se vuelvan casi insoportables. El otro pasa a ser un posible perturbador para la propia satisfacción, por lo que solo se lo soporta si no molesta mucho. Los lazos tienen que ser siempre gratificantes, porque si no es así rápidamente serán reemplazados por otros (como objetos desechables de consumo).
Muchos chicos, pero también adultos, pasan muchas horas “enviciados” con los videojuegos o frente a la computadora. Algunos adolescentes bailan toda la noche en un boliche narcotizados sin conectarse con los demás. O consumiendo alcohol y/o alguna droga aislados en la soledad de su cuarto.
Para todos, en mayor o menor medida, los aparatos tecnológicos son hoy indispensables. Sería ingenuo y tonto tomar la postura de enfrentamiento contra el mundo tecnologico, considerándolo una vil calamidad a erradicar.
Lo que determina una conducta como adictiva, no es la repetición del consumo en sí mismo, sino el tipo de relación que la persona establece con ese objeto (cómo se consume, para qué, y sobre todo, quién consume).
Como lo planteó N. Braunstein, la adicción puede pensarse como “a-dicción”. Tomando el prefijo “a” como significando “sin”, y “dicción” como “decir”. Es decir que la a-dicción es la problemática del no-decir, del no hablar. Por lo que un tratamiento de una persona que padezca una adicción debe favorecer imprescindiblemente el establecimiento de una distancia reflexiva con la inmediatez, para de esta manera hacerle lugar a la dicción y poder salir de la a-dicción original.
No sirve comprar soluciones inmediatas globales de efectos instantáneos – desde el “llame ya” de Sprayette, hasta los libros y cursos de autoayuda -, sino que es imprescindible darle lugar a la palabra para ver (escuchar) en cada caso, el vínculo que mantiene cada uno, de manera singular y única, con el objeto que no puede dejar de consumir.
Solo tomándonos el tiempo para comprender el lugar que ocupa para cada uno el objeto de consumo compulsivo es que eventualmente podrá dejar de cumplir esa función, y podrá convertirse en un objeto más del mercado.
Entre más apuro, menos prisa.

*Clara Mc Cabe
lic.mccabe@gmail.com
claramccabe.blogspot.com
 

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