Cuando lo “INTER” nos interpela

Por Ethel Hayes
Mucho se habla de la Interculturalidad, pero ¿nuestras prácticas cotidianas reflejan su verdadero significado?
Voy a partir del concepto de Cultura, y de manera sencilla y breve diré que, Cultura son las formas y modos de ser, pensar, sentir, expresar, hacer -en otras palabras- vivir de los pueblos.
No hay pueblo sin cultura, y la cultura no es algo estático, implica un proceso dinámico, en construcción permanente.
Dice Guillermo Magrassi en su obra Cultura y Civilización desde Sudamérica: “Los diferentes pueblos hacen las mismas cosas de modos distintos, a veces de forma parecida, pero casi nunca igual; en ocasiones de modo muy diverso. Cada uno de ellos, hace cosas que otros no hacen, piensa cosas que otros no piensan, siente, imagina, cree, sueña, desea, espera, busca, propicia, produce, practica, expresa, ama, sufre, goza, vive y muere, es, igual pero diferentemente”.
Plantea un mundo de semejanzas y diferencias. Cada pueblo tiene una modalidad específica para manifestarse, para ser. “Cultura es lo que por una parte unifica y por otra diferencia a todos los seres humanos.”
Los términos “multiculturalidad”, “pluriculturalidad”, son más fáciles de aceptar, ya que remiten a la existencia de distintas culturas en un mismo territorio, pero no necesariamente implica interacción.
Cuando se trata de calificar, evaluar, jerarquizar estas prácticas diferentes, posicionados desde un pensamiento binario: “bueno-malo”, “superior-inferior”; esta forma de pensar lleva a la discriminación, exclusión, segregación, descalificación, expulsión. Esto es el resultado, entre otras cosas, de una historia de dominación que nos atraviesa, desde una posición etnocéntrica, donde tiene valor la cultura hegemónica, dominante. Parados desde aquí prima lo asimétrico, y desde este lugar es muy difícil construir y generar encuentros.
Hablar de “Interculturalidad” implica complejidad. No basta con la coexistencia de las diferentes culturas, sino que se trata de construir puentes que garanticen la diversidad, superando los prejuicios, las desigualdades, trabajando en un plano de aprendizaje mutuo, articulando los conocimientos y las cosmovisiones de cada pueblo, desde un lugar simétrico. Es una tarea que está en constante movimiento, ya que en el intercambio crecen y se retroalimentan las culturas.
Implica todo un trabajo y un proceso pasar del pensamiento binario a un pensamiento dialéctico, donde integrar, incluir, articular. Con las diferencias se construye, se enriquecen los pueblos, pero no alcanza con “tolerar”, sino reconocerlas, respetarlas, valorarlas, comprenderlas.
El término “ínter” da cuenta de un espacio donde suceden cosas “entre” pueblos, entre personas, entre prójimos. Espacios de interacción, de encuentros y desencuentros, de intercambios, de conflictos, de disensos, de proyectos, de diálogos, de construcción, de aprendizajes.
Lo “ínter” posibilita la apertura a nuevos escenarios, conocimientos y prácticas, que no ponen en riesgo la identidad, al contrario, potencian las capacidades de una comunidad, una región, del territorio.
El problema no son las diferencias, sino qué hacemos con ellas, qué hacen ellas con nosotros, qué hacemos con lo que nos genera. Tanto temor nos genera lo diferente? Con qué nos enfrenta de lo propio?
Lo “ínter” nos interpela, nos hace revisar y cuestionar cómo miro al otro, qué lugar le doy. Nos hace pregunta en cómo son nuestras maneras de vincularnos, cómo son nuestras relaciones. Nos enfrenta con nuestros prejuicios, con nuestras contradicciones.
Lo “ínter” nos invita a modificar, modificándonos.
Reconocer al otro como diferente y semejante.
Para cerrar tomo las palabras de Octavio Paz:
Para que pueda ser he de ser otro,
salir de mí, buscarme entre los otros,
los otros que no son si yo no existo,
los otros que me dan plena existencia.

Ethel Hayes
Psicóloga Social

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