Ofensiva fascista a dos años de la muerte de Chávez
“Sin duda que están ocurriendo cosas interesantes en la América Latina y en el Caribe; sin duda que estamos en una era de despertares, de resurrecciones, de pueblos, de fuerzas y de esperanzas; sin duda que esa ola se siente y se palpa por toda la América Latina. Sin duda que estamos en era bicentenaria”. Hugo Chávez, 1994.
El 14 de diciembre pasado se cumplieron 20 años del primer gran discurso de Chávez fuera de Venezuela. Cuba no fue el primer destino pero sí el más importante para el joven coronel que ya entonces se presentaba como “un soldado latinoamericano entregado de lleno, y para siempre, a la causa de la Revolución de esta América nuestra”. Fue en el Aula Magna de la Universidad de La Habana apenas unas semanas después de haber recuperado la libertad tras encabezar la rebelión contra el presidente Carlos Andrés Pérez dos años antes.
En aquel diciembre de 1994 Chávez ya era Comandante revolucionario, lideraba a militares que se habían formado con ideas de los grandes pensadores de la izquierda latinoamericana y mundial, pero faltarían cuatro largos años para llegar a la presidencia de la República. Lo que más llama la atención de aquel discurso con el que el líder revolucionario presentó a los latinoamericanos su propuesta bolivariana es la visión anticipada en dos décadas del mundo que hoy no deja de sorprendernos. Allí anticipó los cimientos de la integración latinoamericana, la unidad de los pueblos y la construcción de diferentes procesos políticos y sociales con las particularidades de cada uno de nuestros países. “Bolívar lo decía: las gangrenas políticas no se curan con paliativos”, señaló Chávez para desmenuzar la raíz de las diferentes experiencias que asomarían en nuestro continente durante “la era bicentenaria”.
Chávez demoró apenas veinte años para pasar de un hogar humilde con grandes necesidades insatisfechas a comandar desde la presidencia de Venezuela una revolución en América Latina. Se apoyó en pilares que él mismo construyó: lector incansable, bolivariano convencido, trabajador compulsivo, aguerrido, afectuoso, verborrágico, coherente y obsesionado. Durante 14 años lideró un proceso político basado en la recuperación de la dignidad, en la justicia social y en la construcción de ejes de acción política regional y global. “Hay que mantener la bandera de la dignidad y de los principios en alto, aún a riesgo de quedarse solo en cualquier momento”, dijo en aquel discurso de La Habana.
Al cabo de su gobierno el presidente venezolano sembró consciencia, dejó un pueblo movilizado y revolucionario, sentó las bases de un partido político fuerte y una fuerza armada leal al pueblo bolivariano. Y, lo más complejo, exhibió hasta su último día los ideales de una revolución pacífica dispuestos a unir dos principios antagónicos de todo proceso político: revolución y paz.
Violencia para acallar la paz
Chaéz murió el 5 de marzo de 2013 y Nicolás Maduro fue electo presidente el 14 de abril del mismo año. A mitad de ese año comenzó una escalada inflacionaria dirigida por Fedecamaras, la misma patronal de los empresarios que lideró el golpe cívico militar de abril de 2002. Se sumaron los grandes comercios, importadores y productores de alimentos. Al cabo de seis meses el acaparamiento de productos de primera necesidad y los aumentos de hasta 2.000 por ciento generaron un clima social que fue determinante para sembrar el caos. Luego de las elecciones municipales del 8 de diciembre de aquel año, que el oficialismo ganó por 11 puntos de diferencia, llegaron los pronunciamientos golpistas del ahora detenido Leopoldo López y de la protegida por Estados Unidos María Corina Machado.
A comienzos de 2014 fue el turno de las marimbas, las violentas protestas callejeras bajo el lema “tranca tu calle hasta que se vaya Maduro”. Y más tarde las movilizaciones violentas que destrozaron metros, buses y edificios públicos. Maduro ordenó a las fuerzas de seguridad no caer en la provocación, más allá de los excesos individuales que puedan haberse observado. Los sucesores de Chávez siempre supieron que la represión institucional derivaría en muertes y más violencia, como había sucedido en naciones como Libia y Siria y como luego sucedió en Ucrania.
La respuesta de Maduro fue el diálogo. Se abrió una mesa con los dirigentes de la oposición (asistieron los sectores moderados pero no así los golpistas, con lo cual se generó un resquebrajamiento del frente opositor). También los países suramericanos enviaron a través de Unasur una delegación para garantizar el diálogo.
En las primeras semanas de este año se repitieron las marimbas y las protestas pero esta vez el detonante fue el plan para bombardear poblaciones, provocar la reacción de las fuerzas armadas y sembrar el caos que acabaría con la caída del Gobierno y la instauración de un “período de transición”. Sólo la lealtad de los militares bolivarianos y el temple de los cuadros revolucinarios permitieron denunciar a un pequeño grupo de uniformados traidores que –según el plan- apoyarían a civiles con nexos comprobados con funcionarios del gobierno de Estados Unidos.
La muerte de Chávez abrió las puertas a la mayor ofensiva golpista continental de los últimos 30 años. La derecha extrema sabe que la desaparición física del líder generó condiciones que no van a perdurar en el tiempo por diferentes razones que conviene desarrollar en otros artículos. Eso explica la intensidad, la virulencia y la frecuencia de la ofensiva. No hay forma de entender que aquel eje de acción política Caracas-Brasilia-Buenos Aires (Chávez, Lula, Kirchner) sea el centro de la restauración conservadora, como la llama el presidente de Ecuador, Rafael Correa.
La propuesta de liberación política, económica y energética que Chávez mostró en La Habana a fines de 1994 fue rápidamente comprendida por la derecha imperialista: “no es aventurado pensar, desde el punto de vista político, en una asociación de estados latinoamericanos (…) este proyecto no es nuestro, ni es original, tiene 200 años al menos…”. De cada fracaso golpista en Venezuela, en Argentina o en cualquiera de nuestros países nace una bocanada de aire fresco y levanta la voz del hombre que se presentó en Cuba en 1994 y que en estos días se cubre de homenajes: “el siglo que viene para nosotros, es el siglo de la esperanza, es nuestro siglo, es el siglo de la resurrección del pueblo bolivariano, del sueño de Martí, del sueño latinoamericano”.

