Cuando el lenguaje nos invisibiliza
“el sujeto se constituye a través de la trama del lenguaje y gracias a éste. La identidad es una construcción interminable, del mismo modo que el lenguaje es una operación interminable y está continuamente en perpetua renovación.”
Bordelois Ivonne
Hace un tiempo llegó a mis manos un artículo interesante de las autoras Graciela Alonso, Gabriela Herczeg y Ruth Zurbriggen, titulado EL LENGUAJE QUE NOS HABLA: MÁS ALLÁ DEL USO POLÍTICAMENTE CORRECTO DEL OS/AS. En este escrito ellas nos invitan a revisar el uso que hacemos de nuestra lengua.
Podríamos preguntarnos: ¿Qué aspectos quedan ocultos, silenciados en nuestros discursos cotidianos utilizando el universal masculino, justificando que es para incluir a ambos géneros? Podemos decir que más que incluir, abarcar, se totaliza. Y el efecto totalizador es el de naturalizar, ahistorizar, invisibilizar lo diverso, inhabilitando las singularidades.
¿Qué pasa entonces con nuestras identidades?, pareciera que desde lo discursivo se negaran las diferencias de género, y todo lo que trae aparejado con eso.
En nuestra sociedad siguen arraigados ciertos estereotipos que determinan lo masculino y lo femenino. Reforzándose mitos sociales, que obturan y sancionan muchas veces el salirse de ese “formato”.
El filósofo Cornelius Castoriadis desarrolla la noción de imaginario social. Lo imaginario como capacidad imaginante… que producen significaciones colectivas. Sigue diciendo: …los mitos que una sociedad instituye, son cristalizaciones de significación que operan como organizadores de sentido (…) enunciaciones totalizadoras y tolatizantes, deslizamientos de sentido, producción de invisibles, eliminación de contradicciones, generando violencia simbólica”. Cuando la palabra no nos da lugar, cuando no somos nombradas, quedamos inexistentes. Esto es violencia simbólica.
Sabemos que hay tantas maneras de ir siendo hombres y de ir siendo mujeres como sujetos hay.
Hablamos de una construcción de subjetividades tanto femeninas como masculinas, dentro de un contexto cultural, social, político, económico. Que no es inmutable, ni inmodificable, sino que se va modificando, transformando.
No alcanza con incluir en lo discursivo “os/as”, se trata de un cambio mucho más complejo y profundo, que pueda ir desarmando ciertos mitos, dándole existencia a nuevas formas de sentir, de pensar, de accionar, de mirarnos, reconocernos como diferentes y con igualdad de oportunidades.
Para ir cerrando esta reflexión (que busca seguir abriendo) lo hago con una cita del artículo mencionado “Los cambios que, a partir de las reivindicaciones de las mujeres, se están produciendo en los papeles sociales de ambos sexos, exigen una adecuación de la lengua para liberarla de estereotipos discriminatorios. No es una repetición nombrar en masculino y en femenino cuando se representa a grupos mixtos. No duplicamos el lenguaje por el hecho de decir padres y madres, ya que duplicar es hacer una copia igual a otra y éste no es el caso”.
Me pregunto, el lenguaje que nos habita… ¿nos permite habitarlo?
Ethel Hayes
Psicóloga Social


