Un clásico de verano, Huracán le puso una tricota al Cuervo en Mardel

Mar del Plata – Un nuevo clásico de barrio se vivió en la Feliz, y para disfrutarlo más todavía, el hermoso condimento fue que se jugó con las dos parcialidades. Huracán que venía acomodándose a los trabajos de pretemporada, llegaba con un equipo donde alternaban los jugadores del campeonato pasado y algunas caras nuevas. Por el lado de San Lorenzo, además de debutar el técnico Guede en un clásico, plantó en la cancha a la mayoría de los titulares, que no jugaron con Independiente el martes pasado ya que los reservó para este encuentro.

A poco de empezado el partido el clásico tomó cuerpo como si estuvieran en Parque Patricios o en el Bajo Flores: una patada por aquí, un pisotón por allá, un empujón en el lateral, un insulto por lo bajo y una simulación por lo alto. Por el costado de ese no fútbol, el que mejor movía sus muñequitos era el Ciclón, que mostraba las novedades de Mercier como último hombre y la posición de Mussis, el encargado de meterse entre los centrales para iniciar la jugada. El volante está destinado a hacer un esfuerzo físico superior por el estilo de juego que plantea su técnico.

Ese empeño en no dividir la posesión apunta a ser una marca identidad del ciclo Guede, aunque en el medio ocurra que Ábila casi le muerda la pelota a Torrico en el primer movimiento: correr riesgos es para los convencidos. Y, en plena etapa de experimentación, el intento merece repetirse.

El tramo inicial del juego mostró los destellos de calidad que Cauteruccio a veces ofrece: un giro, un pase de taco, un desmarque. Pero anoche se quedó en eso el uruguayo, más cuando el paso de los minutos se llevó consigo el protagonismo que San Lorenzo había insinuado. Entonces, el arranque rabioso de pierna fuerte se fue pareciendo más a esos días que amanecen con un sol que invita al turista a comerse la playa, hasta que atropellan las nubes y la ilusión se vuelve una caminata de consuelo por la rambla.

Esa nadería se terminó con la primera aparición en la noche de Rolfi Montenegro. Su botín derecho inventó el golazo que la noche necesitaba a esas alturas, y el partido revivió. O se murió, si se lo observa desde el lado de San Lorenzo. La imagen la patentó Guede, otra vez, cuando el asunto ya era un 3-0 irremontable: en cuclillas, miraba el piso y arrancaba pastito. Perder el clásico no es grato, pero menos con un resultado así y cuando hay que ganarse la confianza de los jugadores y los hinchas.

Antes que eso Wanchope Ábila había tenido tiempo, en la entrada del área chica, para quebrar la cintura y desparramar a Torrico en el segundo gol. Un caso particular el del delantero: como el clásico en Mar del Plata, él también parece de otro tiempo. Su fisonomía se ríe de sus colegas preocupados por los detalles estéticos, pero su calidad se mofa de los que le gritan «gordo». Wanchope sabe jugar, y eso no se compra en un laboratorio.

El clásico se deshizo tan rápido, y a la par de los errores defensivos de San Lorenzo en ese segundo tiempo, que los técnicos empezaron a hacer cambios, más pendientes de lo que vendrá que de lo que estaba pasando realmente. Y Domínguez, en ese contexto, se permitió quitar de la cancha a Montenegro y Toranzo, tal vez para que la tribuna tuviera la oportunidad de tributarles amor específicamente a ellos. Son las cosas que tiene el fútbol cuando el equipo de uno gana. Aunque sea un amistoso de verano en Mar del Plata, uno que se recordará con cariño en Parque Patricios. Y por unos cuantos años más.

Fuente: canchallena.com