Nuestra tragedia colectiva

Cuando la fatalidad sucede, lo primero es el pesar y las condolencias para los que la padecen. Aquellos a los que en esos efímeros segundos les cambió la vida para siempre. Unos segundos en la vida, para una eternidad de dolor. Los que se fueron para siempre, los que deberán seguir viviendo, sin la presencia real de ese ser querido. Y los que involuntariamente, más allá de las responsabilidades que les quepa, cargarán de por vida haber protagonizado esa tragedia.
Cuando la fatalidad sucede, el tiempo no se puede detener, aunque parezca que todo se paraliza. No hay vuelta atrás. No alcanza ninguna reflexión y no hay alivio verdadero posible. Sucede, allí está, aparece y ya es parte de nuestra vida o su pérdida. Inexorablemente.
Para los demás, que formamos parte de esta comunidad, nos cabe la toma de conciencia, la reflexión y la acción; aunque desgraciadamente deba ser, como inexplicablemente nos pasa, después que los hechos suceden.
Así parece que siempre es el orden en las tomas de decisiones, en todas las grandes tragedias que ocurrieron en los últimos tiempos, acá y en nuestro país.
No pudimos escapar a los desgraciados accidentes que sucedieron durante este fin de semana pasado, en un sólo fin de semana, donde padecimos además, dos víctimas fatales con increíbles coincidencias.
En una pequeña ciudad como la nuestra, nos asiste además de la noticia, el conocimiento cercano, directo o indirecto de las víctimas. Todos estamos conectados con algunos de ellos por nuestra convivencia como vecinos; con las personas que lo protagonizaron, los testigos o los lugares donde sucedieron los hechos. Y esto multiplica nuestro dolor y la impotencia. También nuestras intervenciones, por acción u omisión.
No cabe duda en primer lugar, tomar conciencia de nuestro entorno: dejamos de ser el pueblo de montaña y nos convertimos en una ciudad, que seguirá creciendo.
Tomar conciencia de las normas, generar infraestructura vial adecuada, trazar planes de educación vial, mecanismos y políticas de prevención. Reflexionar incluso, sobre algunas costumbres viales que parecen enorgullecernos y quizás no sean adecuadas.
Habrá que convocar a todos los actores posibles, con la responsabilidad en políticas viales, con conocimiento y experiencia, para pasar rápidamente a la acción.
Habrá que disponer de los recursos necesarios para llevarlos a cabo.
Pero también es una tarea que nos compete a todos; respetar las normas y estar siempre atentos. Para que la fatalidad se reduzca a la mínima probabilidad, que en todo caso sea sólo un hecho fortuito; inexplicable, impredecible.
Saber que hacemos todo lo necesario para cuidarnos entre todos.

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