Cuando la mentira es la verdad: las redes que enredan

Se pudo conocer en estos días, por las redes sociales una situación en la que Mirtha Legrand difama y luego pide disculpas en el programa “La noche de Mirtha” del sábado 1º de julio, emitido por El Trece (Click aquí).

A la hora 27 minutos del programa (para quienes sólo quieran ver la escena y no el programa entero citado en el vínculo anterior), la diva le pregunta a Margarita Stolbizer sobre la presunta participación del ex canciller Jorge Taiana, en un atentado perpetrado por montoneros, en un bar de la Avenida de Mayo en el año 1975.

A la hora 34 minutos, la famosa conductora pide las debidas disculpas con las fuentes chequeadas, y la aclaración especial del damnificado, quién se ocupó de llamar a la producción, como también lo hizo con el periodista Reynaldo Sietecase quién compartía la mesa e intervino en la aclaración.

Más allá del correcto gesto de reconocimiento inmediato del error, y de la discusión que se puede desprender, sobre si hubo o no una expresa intencionalidad de difundir un dato cuyo origen reconocido era la red social.

Se lo hizo a sabiendas del perjuicio que se podría producir, en un programa con el alcance de audiencia que tiene, la figura e influencia de su comunicadora y el nivel de producción que tiene atrás, que debieran ser suficientes para chequear y cuidar la información que se emite.

Más aún si la fuente de información es la red social. Quizá sólo era un buen escudo, cómo aquel que hace un tiempo se utilizaba, cuando se decía sobre algún dato: “lo sé porque está escrito!”.

Claro que el destinatario del dato vertido era nada más y nada menos que el precandidato de Unidad Ciudadana, que ocupa el segundo puesto en la lista de Senadores de la Provincia de Buenos Aires, detrás de Cristina Fernández de Kirchner.

Un dato simple de contrastar (disponible en internet) era que el atentado aludido ocurrió en julio de 1975, fecha en la que Jorge Taiana estaba preso (desde el 26 de junio de 1975), privado de su libertad durante siete años.

En el mismo programa se habla de las campañas sucias, de las agresiones, del mal uso de las redes, del lanzamiento de informaciones que producen daño y no son chequeadas, aunque después se desmientan, pero al mismo tiempo y en el mismo programa se reproducen similares metodologías.

El hecho ocurrido sirve de ejemplo para observar y reflexionar sobre un comportamiento cada vez más común, que es el hábito que va teniendo la gente (no sólo los medios) de tomar a las redes, que con acierto algunos ya denominan “antisociales”, como fuente de información.

Es que el uso de los teléfonos inteligentes, hoy convertidos en pequeñas centrales informáticas, permiten consultar en cualquier lugar y al paso, la red, donde se lee o se ve al mismo tiempo, al amigo en la cena íntima con su pareja, recibir un mensaje de voz, otro de texto de un denso grupo de whatsapp y en simultáneo una información difundida por algún usuario recabada de una supuesta desconocida página web, que ya fue reproducida por otros 200 cibernautas.

Todo sin la mínima intención de detenerse a analizar, constatar el origen o de chequear en forma elemental el dato en cuestión. La Biblia y el calefón.

El famoso chismorreo de barrio se ha extendido en la era digital, potenciando su efecto y llevándolo a su máxima eficiencia, al tiempo que se pone al servicio sus peores consecuencias.

El problema es el uso que hacen los sectores intencionados, que cuentan hoy con una poderosa herramienta, a la vez que disponen de un poder cada vez más concentrado, que permite manipular estos medios, hasta  límites que no conocemos.

La supuesta libertad en la circulación de opinión e información que permitía la red, está cada vez más contaminada y apropiada de métodos y mecanismos (como los trolls ó robots) que inciden y propagan los mensajes.

Aún los posteos o en los comentarios en los artículos periodísticos, se permite que foristas, algunos ya “profesionales”, digan cuestiones que en los medios naturales podrían ser absolutamente censurables y judiciables, como mensajes xenófobos, injurias, insultos,  apologías de delitos, incitación a la violencia, discriminaciones de género u otras.

Incluso los grandes diarios digitales, obligan a personalizar la lectura, por medio del login, presentando las notas en orden de prioridad según captan de nuestro interés, haciéndolas aparecer como de mayor relevancia, al tiempo que exponen la publicidad personalizada, que recogen  a través de las búsquedas que podemos hacer en Internet, y hacerlas aparecer como de “casualidad”.

La dispersión e intensidad de medios hace que recibamos información de diferentes canales, sin los debidos tiempos de procesamiento, que sirvan para detectar intencionalidad, fuentes, calidad de tanto bombardeo.

Por un lado se convierte en un descontrol, como sucede en el interior de la familia, donde cada integrante selecciona en forma individual su propio “consumo” dentro de canales de información y entretenimiento, fuera del control debido de los padres.

Pero al mismo tiempo estos canales son fuertemente controlados, por  grupos cada vez más poderosos y concentrados que dominan estos medios.

Es urgente y necesario poder reeducarnos en las formas de procesamiento de la comunicación e información, para saber cómo manejarnos con tanta disposición y alcance de la información.

Para nosotros y para nuestros hijos, desde la casa y en la escuela; porque los nuevos analfabetos digitales (aquellos que no sepan “leer” adecuadamente tanta información) serán los esclavos del mañana, y podrán llevarnos de las narices a consumir y realizar cualquier aventura social despiadada.