Directoras copan el Cine Argentino. Crítica de la película «No te olvides de mí»
Por Miguel Krebs –
No te olvides de mí (Argentina/2017). Guión y dirección: Fernanda Ramondo. Fotografía: Lucio Bonelli. Elenco: Leonardo Sbaraglia, Cumelen Sanz y Santiago Saranite. Música: Blas Alberti. Edición: Ariel Frajnd. Dirección de arte: Julieta Dolinsky. Sonido: Catriel Vildosola. Vestuario: Ana Franca Ostrovsky. Distribuidora: Aura Films. Duración: 88 minutos. Apta para todo público.
A lo largo de la historia del cine argentino la dirección cinematográfica estuvo reservada solo a los hombres con excepción de un caso, María Luisa Bemberg, la única directora argentina en cuya filmografía están Camila, De eso no se habla, Yo la peor todas, Miss Mary, Señora de nadie y Momentos. A partir de 2001 se empezaron a destacar Lucrecia Martel, Lucia Puenzo, Teresa Costantini, Ana Katz, Ana Piterbarg, Paula de Luque, Natalia Meta, Daniela Goggi, Cecilia Atán, Valeria Pivato y Fernanda Ramondo, las 3 últimas salidas de la reciente horneada de directoras. La semana pasada vimos la película intimista La reina del desierto y ahora en el espacio INCAA del Centro Cultural COTESMA tuve la oportunidad de ver No te olvides de mi, una película sin duda que no va a conformar a todos los espectadores por su tratamiento cinematográfico. No encontrarán grandes despliegues escenográficos ni alardes técnicos. Es una película que se asemeja al cine italiano de postguerra que solo cuenta con los recursos que están al alcance de la mano, de un inteligente aprovechamiento de las locaciones, de una gran economía de medios y solo con tres protagonistas. Su valor reside en el guión, con pocos diálogos, mucha fuerza en las miradas y actitud de los actores que lentamente llevan al espectador (no a todos) a crear una empatía con los personajes. La historia tiene una ligera referencia a la inmigración y a la formación de una familia por elección y no de sangre, como ha ocurrido con el desarraigo de muchos que han dejado a su familia en su país de origen en busca de un futuro más prometedor. Eso ha ocurrido durante los primeros 30 años del siglo XX en nuestro país y en ese contexto se desarrolla la historia de Mateo (Leonardo Sbaraglia) que sale de la cárcel en 1934 tras cumplir una condena de 3 años por anarquista y va recorriendo la llanura pampeana en busca de su pertenencias materiales y afectivas que perdió durante el encierro. En este periplo conoce a la joven Aurelia (Cumelén Sanz) y a su hermano el pequeño Carmelo (Santiago Saranite) quienes se dirigen con lo puesto hacia unas salinas del sur en busca de su padre que los abandonó. Su directora Fernanda Ramondo, egresada de la Universidad del cine que dirige Manuel Antín, participó en 2012 y ganó con este guión, en una convocatoria organizada por el INCAA sobre la inmigración en la Argentina, siendo el origen de este largometraje donde el tema de la inmigración pasa a segundo plano e hace hincapié en el tema de la conformación de los nuevos vínculos. La producción a cargo de Marcela Abalos decidió establecer base por razones logísticas (el equipo de 25 personas debió pernoctar, alimentarse y tener a su alcance toda la infraestructura técnica aprovechando los pueblos rurales circundantes como fondo escenográfico) en la localidad de 9 de julio en la provincia de Buenos Aires durante el tiempo que demandó la filmación, mientras que la última secuencia se filmó en un salitral de Villarino, ciudad al sur de la provincia de Buenos Aires y a pocos kilómetros de Neuquén. Fernanda Ramondo, una vez ganado el concurso, decidió encarar la dirección de su propio guión y se lo acercó a Leonardo Sbaraglia quien aceptó interpretar el personaje de Mateo. El resto de los protagonistas, la joven Cumelén Sanz (Aurelia) y el niño Santiago Saranite (Carmelo) fueron seleccionados por un casting. La directora tuvo que trabajar con ellos un mes antes del rodaje para lograr establecer ese vínculo que se da en la ficción. La película está construida por una mayoría de planos fijos y pocos movimientos de cámara, sin embargo entre la luz del director de fotografía Lucio Bonelli (Fuga de la Patagonia), la dirección de arte de Julieta Dolinsky y el vestuario (el mismo para los protagonistas durante toda la película) de Ana Franca Ostrovsky, logran recrear ese clima pueblerino de los años 30. La propia directora reconoce que la película tiene influencia de grandes directores como el italiano Luccino Visconti, el iraní Abbás Kiarostamí o el estadounidense Terrence Malick. Sin embargo ese final largo, esperando que suceda algo, me trajo a la memoria, por supuesto, salvando las distancias, al inglés Carol Reed en el Tercer Hombre.


