Día 21: Café

Treinta días sin conexión instantánea. Treinta escritos, uno por día, que narrarán la vida de Clara Oyuela fuera de las redes sociales. Un mes sin whatsapp, sin Instagram y sin Facebook

“Blanco– lo llamó-: ya va a estar el café”.
Crónica de una muerte anunciada

Empezó la cuenta regresiva. Faltan nueve días para terminar el experimento. Nueve días para volver a las redes sociales, al mundo bestial, al café instantáneo. ¿Ya? ¡Si acabo de llegar! Si esto recién empieza. Acabo de poner la lona en la arena y estaba acomodándome. Había encontrado un lugar en la playa. Tranquila, nueve días es un buen número. Podes seguir disfrutando de este mundo de papel celofán. ¿Por qué le decís celofán, si todo esto es real? Dale, que no vas a poder vivir así para siempre, es imposible, no es práctico. A la larga, quieras o no, vas a tener que volver. No podes ser ese lobo solitario que camina al costado de la ruta. Solo pueden darse ese lujo los que, de alguna manera, ya llegaron. Los instalados. Porque saben que siempre podrán ser encontrados si así lo desearan;  porque siguen existiendo para el resto aún sin ser del resto. Pero vos…vos seguí tomando café. Pero yo no tomo café, nunca me gustó. Hubo una época en que me esforcé. Me juntaba con dos amigas y ellas pedían café y yo, una lágrima. Pero lo cierto es que nunca me cayó bien el café. Lo pedía porque quería formar parte de ese ritual- adoro los rituales, y porque el olor a café es uno de mis olores preferidos -junto con el olor a nafta – fuyi veraniego- albahaca fresca-panadería- dama de noche. Me acuerdo que mis amigas me regalaron una máquina de café expreso amarilla, seguramente para tener garantizado el café y la charla en casa. Eran épocas en las que una de mis amigas se debatía su identidad sexual. No era hoy, era ayer, y todo eso la angustiaba mucho. Ella era mi amiga desde que éramos chicas y a las dos nos apasionaba el teatro. Ella actuaba de Gustavo Bermúdez y yo, de Araceli González cuando era muda. Nadie sabe que te amo, solo mi alma, y es muda- era la frase de cabecera. Mi amiga también era fanática de Pablito Ruiz y cantaba Oh Mamá ella me ha besado oh mamá  todo el tiempo y eso nos alegraba el día. Y Fígaro, fígaro, fígaro, como una cantante de ópera. Nos unía la misma locura, la misma sensibilidad, el mismo sentimiento de incomprensión hacia. Uno de los papeles que mejor hacía mi amiga era el de Novia entrando al Altar. Era espectacular. Se le deformaba la cara, su sonrisa era casi diabólica, entraba en una especie de trance con el Ave María de fondo. Pienso que las novias que alguna vez nos casamos fuimos así y eso me causa muchísima gracia y un poco de lástima también. No sé porqué el café -que no tomo- me llevó a contarles de mi amiga. Hay olores, sensaciones y palabras que se unen y nos remontan a personas entrañables. Hace muchos años que no sé nada de ella. Quizás, cuando vuelva a las redes pueda encontrarla, si es que no tiene una cuenta falsa. Espero que a esta altura, ya pueda presentarse con su propio nombre y no tenga que esconderse nunca más, ni de ella ni del mundo bestial que toma café instantáneo y lo revuelve con cucharita de plástico. Espero que nadie tenga que esconderse.

Descubre más desde Realidad Sanmartinense

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo