Abril Piterbarg: “Dentro del teatro conviven tantas artes que el interés se abre hacia otras disciplinas”

Por Juan Piterman

Una serie de eventos teatrales afortunados y encadenados. Así podríamos intentar definir la vida de Abril Piterbarg hasta ahora. Oriunda de San Martín de los Andes, se crió en una familia de músicos y conoció el teatro a los 6 años. Hasta hoy no ha dejado las tablas casi ni para dormir. 

Luego de viajar dos veces al Festival Mundial de Teatro Infantil en Alemania con las obras “De acá para allá” (2008) y “Los Clueca” (2013) migró a la ciudad del gran río. Allí conoció al director César Brie y fue intérprete en tres de sus obras: “El paraíso perdido”, “La Mansa” y “Karamazov”. 

También actuó en el prestigioso Teatro San Martín, está asistiendo en la dirección una obra llamada “Mortajas” y se mantiene expectante con poder hacer un proyecto propio. 

A sus 23 años Abril sigue sumando tramos a la cadena de eventos artísticos que suceden en sus días. No sabemos cuál será el próximo. 

¿Te acordás de tu primer día de teatro?

No me acuerdo del primer día que fui a una clase de teatro. Si recuerdo que fue con Sandra Monteagudo. Tengo la sensación de que fui una vez y desde entonces no paré de ir. Hubo algo que me atrapó. Casi ni me cuestionaba si lo iba a seguir haciendo o no, no era una actividad que no quería ir, siempre fue medio sagrado. Mucho amor. Yo siempre fui de hacer mil cosas de chica y al momento de empezar el año el día que iba a teatro tenía un lugar privilegiado. Y siempre “ir” a teatro iba de la mano con Sandra. No me imaginaba con otra persona, fui con ella desde los 6 hasta los 17 años.  

Con ella también viajaron actuando…

En 2009 hicimos “De acá para allá”, la primer obra por fuera de un taller. Pero al mismo tiempo era con Sandra y Joli (Jorgelina Balsa), que era casi lo mismo (risas). La propuesta de hacer algo extra al taller me entusiasmaba mucho. El elenco era junto a Nuria Castañeda, Martina Mainz, Andrés Kopyto, Camila Formigo, Blas Castañeda y Alicia Luque. Probamos mundos que nos interesaban, charlamos mucho a partir de materiales y las directoras fueron escribiendo la obra. Además, Luis Mainz hizo las canciones, Martín Castañeda el arte y Cecilia Tappa los vestuarios. Mucha producción y en familia. Decidimos hacer la obra y filmarla porque queríamos enviarla al Festival Mundial de Teatro Infantil que se hacía en Linden, Alemania al año siguiente. En ese momento yo era muy chica y era increíble. Nos pagaban todo menos los pasajes, aunque finalmente la organización del festival terminó cubriendo eso también, fue un gran regalo. Era difícil costear los pasajes porque algunas familias tenían varios integrantes que participaban y entonces se complicaba. Fue muy loco de repente ver compañías de teatro japonesas o africanas, algo muy lejano de lo que pasaba en San Martín. Eso fue muy gratificante, poder actuar para gente de todo el planeta, que no hablaban español, y en un escenario gigante. La obra le gustó mucho al público y a la gente del festival, era una comedia muy delirante. 

Y después vino “Los Clueca”…

Si, y tuvimos la misma suerte de ir al festival en Alemania. Esta vez con un elenco un poco cambiado, éramos Andrés Kopyto, Blas Castañeda, Martina Mainz, Nuria Castañeda, Lucio Cincotta y Francisco Argiz. En este viaje los pasajes los había pagado Nación, tuvimos más libertad, pudimos ir a Berlín a conocer. Ya estábamos casi al borde de la edad porque yo ya cursaba quinto año de la secundaria y el festival era para chicos y hecho por chicos. La experiencia “festival” es muy linda, mucha gente en la misma, poder ir a ver obras de todo el mundo, hacer talleres, mucho intercambio. Gente de todo el mundo que se quedaba en un pueblo muy chiquito de Alemania era muy gratificante. 

¿Estabas decidida a estudiar teatro después de la secundaria?

Durante mis últimos años en San Martín empecé a hacer circo en el Taller Municipal y estaba re copada con eso. Cuando me vine a Buenos Aires fue medio con una sensación rara. Había algo de irme que no me cerraba, estaba motivada quizás porque todos los más grandes se habían ido. Como obligada por esa cosa escrita de irse a estudiar a otro lado.

En ese momento me enamoraba más el circo. Incluso cuando me preguntaban si iba a estudiar teatro tenía como una negación, quería despegar un poco. Justo el año que llegué a la ciudad no había ingreso a la carrera de circo así que pase todo el año en lo de mi abuela, entrenando para el ingreso. Ahí fue cuando mi tío me recomendó probar con el ingreso en la carrera de Teatro en la UNA (Universidad Nacional de las Artes) para aprovechar ese año. Antes de rendir el ingreso medio que me daba igual todo lo que tenía que ver con el teatro y después de entrar dije “quiero tomar clases acá” (risas). Había mucha gente en la misma, encontrarme con pautas teatrales y gente desconocida me motivó. Aprobé el ingreso pero tenía dos meses hasta el arranque de clases.

¿Ahí fue cuando conociste a César Brie? 

No tenía mucho para hacer, mis amigas estaban en La Plata, yo seguía entrenando para circo, y fue ahí que me enteré que César Brie daba un taller. Yo tenía un artículo que había escrito él para una revista y que me gustaba mucho. Había algo en esos papeles, de cómo hablaba de la escena teatral, que me quedó grabado. El taller eran tres días, muchas horas. Quedé flasheada. Me acuerdo al salir, pensar que no sabía nada de nada. Era completamente otra mirada de lo que yo había visto y me sentía muy insegura. Tiempo después volví a ir a un taller pero este era más largo. La condición para entrar era pertenecer a la Bienal o a una escuela de teatro de Banfield. Yo no pertenecía a ninguna de las dos y entré, no sé cómo hice. Fue un mes hermoso donde se gestó la creación del “Paraíso Perdido”. 

De un taller a hacer más de 100 funciones…

En “El paraíso perdido” la metodología fue parecida a “De acá para allá”. A partir de un trabajo de taller y ejercicios se escribió una historia, al mismo tiempo a través de la historia de cada uno de nosotros. La obra la presentamos en Santos 4040 y pudimos hacer más funciones porque la dueña quedó fascinada. Yo al mismo tiempo era re chica y estaba ahí, surfeando. Se sostuvo tres años en Santos 4040, llegamos a más de 100 funciones. Fue la primer obra que hice tantas veces. No me pasó algo así nunca. 

¿Fue una puerta para seguir actuando con César Brie? 

A raíz de ese proyecto él me invita a actuar en “La Mansa”, una obra de Fiódor Dostoyevski que había adaptado para dos actores italianos. Nos propuso a Ivan Hochman y a mí para interpretarla y como la obra ya estaba montada el proceso consistió en ver la original, imitar los movimientos y aprender la letra. Casi como una coreografía. Hicimos unas 30 funciones en el teatro El Extranjero. 

Luego de eso llegó el Teatro San Martín…

El dueño de El Extranjero iba a montar una obra en el Teatro San Martín llamada “Bajo el bosque de leche (Under Milk Wood)”, un radioteatro de Dylan Thomas. Estaban buscando una niña para que actúe. Y como yo tengo cara de niña (risas) me ofreció hacer el papel. Eran dos meses de ensayar cinco horas todos los días menos los lunes. Al principio le dije que no porque estaba con otro proyecto, pero había una parte de mi que se moría de ganas de hacer una obra en el San Martín. Además, me había caído del cielo. Tardé como un mes en arrepentirme. Cuando le escribí al director ya habían convocado a audiciones para el papel y me ofrecieron ir a hacerla. Llegué, hice la audición y me eligieron de nuevo. Ese año, 2017, fue el que más actué. Tenía funciones casi todos los fines de semana, por una obra u otra. 

¿Y cómo fue la experiencia de actuar en un teatro tan importante?

Fue muy hermoso, un lujo actuar ahí. Llegás y no tenés que armar nada, te maquillan, tenés tu vestuario preparado, te peinan. Obvio que lo otro también es re disfrutable, pero esta experiencia fue muy buena. Para mi era una especie de sueño, me pagaban por ensayar, lo cual no me había pasado en la vida. Fueron muchas horas de ensayo durante dos meses y medio con gente que no conocía, con un guión larguísimo y muy extraño. No era un guión con marcaciones porque era para radio. Y después fueron dos meses y medio de funciones también. Nos fue re bien. A la gente le gustaba. Actuábamos de miércoles a domingo, increíble. 

¿Cómo seguiste después de un año tan agitado? 

En 2018 seguimos con “El paraíso perdido”, un poquito de “La Mansa”, pero mucho más tranquila. También le hice un reemplazo a una compañera en una obra. Empecé a darme cuenta de las distintas facetas que tiene el teatro. Y después este año seguimos con “Karamazov”, también de César Brie. Fueron dos meses de ensayo y estreno. Con un reloj muy marcado y con un mecenas que bancaba el proyecto. 

La UNA quedó un poco abandonada…

Quedó medio aislada y fui más directo a intereses concretos. Quise hacer clown y fui hacia allí, estuve viendo obras todos los fines de semana. Eso me dio Buenos Aires, hay cosas para ver cosas y tomar clases de lo que quieras y todo el tiempo. Dentro del teatro conviven tantas artes que el interés se abre hacia otras disciplinas. La música, la danza, el circo. La búsqueda de nutrirse de lo que sea para el teatro. Ahora estoy haciendo la carrera de Artes de la Escritura en la UNA también, aunque recién arranqué. Me re interesa pero no me tomaría todo el año para meterle exclusivamente a eso. 

Y ahora en estos últimos meses en el papel de asistente de dirección…

Sí, voy a asistir la obra que dirige un amigo, al cual conocí haciendo clown. Él se llama Agustín Soler y la obra “Mortajas”. Ver el proceso de armado de una obra desde afuera está bueno. Parte de las distintas facetas que tiene el teatro. Vamos a estar los miércoles 4 y 11 de diciembre en el teatro La Carpintería (CABA) y luego durante todo enero también.  

¿Cómo sigue esa cadena teatral? ¿Hay algo proyectado para el año que viene?

Haber participado de tantos proyectos me mueve a empezar a decir “¿Qué pasa si yo impulso un proyecto?”. Quiero seguir trabajando en esto, aunque sea por ahora. A veces no me doy cuenta como fue pasando esto de la actuación (risas). Una cosa encadenó a la otra. Están las ganas de hacer algo propio pero falta dedicarle tiempo. Es ponerse a bucear, comenzar a partir de una imagen, una idea, desde una punta las cosas van apareciendo. Ahora no tengo otra obra por delante así que ese hecho ya significa algo. 

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