Rosalba, la tejedora de sueños

Presentar a Rosalba González es cosa seria. Es una tejedora incansable. Una gran emprendedora. Una mujer destacada en la comunidad. Curiosa, activa y comprometida ha realizado cursos buscando siempre mejorar sus técnicas y su emprendimiento comercial. Sus tejidos y fieltros han llegado a distintos países. Su marca es Ñuke Kila, con estilo y tradición étnica desde la Patagonia Argentina. Su taller es un anexo de su casa. Recibe allí a vecinos y a turistas que compran sus prendas y aprenden sus técnicas. Desde hace años presenta sus productos en la Expo Rural de Neuquén, donde son muy valorados, y también en la casita de los productores locales que está frente a la municipalidad.

Rosalba no paró de trabajar ni un día en estos meses de pandemia. Sacó en promoción unas pantuflas de fieltro increíbles, con un precio promocional para los vecinos de la ciudad y vendió productos hacia otras ciudades que despachó para que llegaran en tiempo y forma, como sus chalecos hechos a medida que son súper solicitados. En una tarde lluviosa recibió a RSM en su taller, con un té y unas tortas fritas mediante, para compartir parte de su historia que transcribimos aquí y, como es su costumbre, dar a conocer su técnica al tiempo que hacía unas hermosas medias de lana blanca, de 19 micrones, que le enviaron desde Trelew.

Los comienzos

Rosalba tiene 49 años recién cumplidos y teje desde chica. Desde que su madre, Aleja Treuquil, del paraje Payla Menuko, luego de hilar las lanas de sus ovejas, necesitaba venderlas. Y salían juntas. Un día le dijo que tenía que aprender a tejer. Rosalba tenía entonces unos 12 o 13 años cuando comenzó a realizar a pedido de su mamá chalecos para hombres. Porque según ella eran  los que trabajaban en el campo y necesitaban abrigarse. Luego se fue perfeccionando y cuando tenía 17 se asociaron, y la hija tejía lo que la madre hilaba.

Después comenzó a tejer lo que la gente le iba pidiendo. Se “cansó” de hacer chalecos para niños de dos años, “porque a esa edad lo vestís con un chalequito y está bien abrigado”. Ya más grande se casó con su compañero Coi Figueroa con quien tuvo cinco hijos y tienen su casa en el Cantera arriba, cerca del ex Hotel Sol, en el denominado lote 59 de la comunidad Curruhuinca. En el año 99 murió su mamá y todo cambió. En principio se quedó sin conocer a nadie que supiera hilar. Y también se quedaron sin trabajo, ella el de las lanas y Coi, el de la carpintería, que trabajaba por su cuenta.

“Fue ahí que empecé a trabajar con mi hermana y con Pablo en La Constancia, con plantas nativas. Él comenzó a proyectar todo lo que es hoy la chacra, con sus plantaciones de frutas finas. Hacíamos dulces y realizamos muchos cursos con mi hermana. Trabajé ahí siete años”, cuenta.

Rosalba continúa: “Pero claro, las labores con Pablo eran temporarias, así que presenté mi proyecto de lanas para volver a empezar a tejer. Como no conseguía trabajo me anoté en el plan jefes de hogar y me dieron la posibilidad de hacer cursos y de presentar Ñuke Kila, que significa “tres madres”. En ese tiempo teníamos que ser tres porque el plan lo requería así. Después  consiguieron otros empleos y me fueron dejando con el proyecto en pie. Así que empecé a trabajar sola y a salir con los tejidos”.

El crecimiento

Luego de la muerte de su mamá, Rosalba no podía volver a tejer. Eran muchos los recuerdos. Pero una vez que  comenzó de nuevo, no paró más.

“Cuando presentamos el proyecto teníamos que tener a alguien que nos hile las lanas. Conseguimos gente de las comunidades y empezamos con ellos. Grupos de mujeres que hilaban cerca de Las Coloradas, después en Quila Quina y Puente Blanco, también en Junín de los Andes. Y de paso fui haciendo cursos en el INTA, en el INTI, talleres sobre costos que brindaban el municipio y la provincia; todo lo que a mí me generaba interés para trabajar con las lanas, lo hacía, como los cursos de diseño y diseño gráfico que realicé”, enumera la tejedora.

Un día le ofrecieron desde el Municipio sumarse al Sello de Origen, Hecho en San Martín de los Andes, que estaba destinado a productores y empresarios de la ciudad. Y estuvieron durante dos años trabajando para lograrlo. Era la única artesana, tuvo que seguir capacitándose y preparándose para realizar un trabajo mejor al que solía hacer.

“A la Expo Rural comencé a ir porque tenía muchos chalecos sin vender y me sugerían que cambiara de  rubro porque no estaba vendiendo nada. Pero cambiar esto que tanto me gustaba me parecía imposible. Entonces empecé a hacer de todo para salir a las ferias, buscando el público para mi producto. Y un día le comenté a una persona del INTI que quería ir a la Rural y me incentivó a que lleve productos al espacio de tejidos, y fui con 50 chalecos. Me devolvieron 8 solamente. Además, las chicas que atendieron ahí me dieron el ánimo de seguir, porque se probaron y compraron chalecos. Y me dije, este es mi público”, cuenta Rosalba.

Luego agrega: “A partir de allí empecé a trabajar pensando en ellos, en la gente de los campos, los peones de las estancias, gente que trabaja afuera, que necesita este tipo de producto, lo conocen y saben de qué se trata. Y me decían que no encontraban quien lo hiciera así, de manera constante. Y yo estoy todo el año tejiendo, vivo de esto. Así que fue una alegría enorme vender todo y pude pagar deudas y seguir trabajando con la gente de las comunidades. Fui recorriendo y haciéndome conocer. Los cabañeros me traen gente, vienen turistas a mi taller, a ver y a comprar”.

La magia del fieltro

Hace 6 o 7 años Rosalba comenzó a trabajar con el fieltro. Antes solo tejía. Hacía sacos y chalecos con lanas de oveja. Aprendió bien la técnica de los hilados y los tejidos en el INTA, con Daniel Biagetti, “un señor que vino de Córdoba y nos enseñó cómo llegar a un valor y cómo trabajar bien las lanas para que nos rindan. Ahí aprendí la hilatura que yo necesito, que es flojita, que no es retorcida, la que preciso para hacer mis chalecos. Toda la técnica del hilado. De ahí fui a las comunidades a mostrarles cómo necesitaba que me hilaran las lanas. No fue fácil, porque ya tenían su forma, pero lo fuimos logrando. Trabajo con un grupo de mujeres que siempre me traen las mejores lanas, súper suaves, blanditas, con poca torsión y en colores naturales”.

Rosalba recuerda: “Una vez fui a Neuquén y una amiga, Fernanda Díaz, me enseñó la técnica del fieltro. Eso fue un sábado, y el lunes ya estaba haciendo sombreros. Y de ahí no paré más. Me gusta esa técnica porque es rápida, porque puedo cobrar el valor que realmente vale el trabajo, que a veces con el tejido no se logra. Además, son bonitos, la tela en sí me gusta mucho. Y lo que más me llamó la atención del fieltro es que no pasa el agua”. Luego aprendió que es una técnica milenaria más antigua que el tejido, que comenzaron a desarrollar los mongoles. De hecho con esta técnica hacen sus casas que se desarman y se arman allí donde van.

El sueño que se teje

“Cuando empecé, me preguntaron cuál era mi deseo más grande. Y yo dije: el más grande sería vender desde mi taller, porque puedo estar con los chicos al lado, hacerles la comida, mandarlos a la escuela, ayudarlos en la tarea y de paso trabajar en mi casa. Y me decían, ¿se irá a lograr? Yo creo que sí, respondía. Y se dio: trabajo aquí, doy cursos aquí, enseño todo lo que me acuerdo, trato de enseñar al máximo todo lo que he aprendido para que no se pierda esta técnica”.

Rosalba comparte: “Si miro para adelante, me veo trabajando con Agus, que tiene 15 años y es mi hija más chica. Quiero enseñarle a mis hijos todo. Ellos saben ya, pero cada uno tiene su profesión: docente, electricista, profe de educación física, informática, y Agustina está en tercer año. A ella le encanta.  Cuando vienen mis hijos a ayudarme ponen dibujos, colores y me renuevan todo. Miro alrededor y a veces pienso que esto no es un sueño”.

Fotos: RSM – Isaías Miciu – Leo Casanova.

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