Revalorizar con creatividad un lugar histórico: sendero Arrayán
Un sendero mágico y natural recorre el terreno serpenteando entre árboles nativos, retamas, rosales y sitios de interés, buscando revalorizar la historia de la mujer que tuvo el sueño de vivir en el lugar donde “caen los últimos rayos de sol”. RSM conversó con Fernando Aristizabal, encargado de la Casa de Té Arrayán, sobre esta propuesta y la de una futura casa-museo.

A pesar de haber arrancado la primavera, es un día helado y ventoso, con pequeños copos de nieve volada haciendo remolinos entre los pinos. La vista abierta hacia el Lago Lácar deja ver el resultado de una nevada nocturna y el parque entero está arrullado por el sonido del viento. Fernando abre la puerta de la casita de té y empieza a explicar, mapa en mano, de qué se trata el recorrido del sendero interpretativo Arrayán.

La primera etapa, el momento de la pasada con hacha y machete para delimitar el camino, comenzó hace dos años, dejando como resultado un sendero de 1 kilómetro. Durante el último verano se trabajó en la demarcación formal del paseo, mediante barandales de madera recuperada de árboles caídos en el invierno e intervenida por el artesano local José Muñoz, quien realizó diferentes tallados y figuras, como por ejemplo, la pieza que oficia de guardiana del bosque.

Uno de los atractivos principales del recorrido es conocer las especies de árboles nativos que habitan el lugar: cipreses, maitenes, radales y pellines. A medida que uno va adentrándose en el camino, la perspectiva visual cambia y el bosque lo envuelve. Las esculturas de madera aparecen de a una, acompañando la travesía, y distintos sectores invitan a utilizar todos los sentidos: observar el paisaje, escuchar el canto de los pájaros, oler el aroma de las rosas mosquetas, tocar las piezas talladas y, sobre todo, sentirse parte de un lugar que representa un fragmento de la historia local.

Además, el recorrido alberga un anfiteatro rodeado por una cortina de álamos que crean una interesante acústica natural, donde se proyectan espectáculos al aire libre en un futuro. Las retamas, rosas y lavandas acompañan junto con una vertiente de agua natural.

Una placa memorial indica el lugar donde descansan los restos de Renée Dickinson, quien en 1936 soñó con hacer de ese paraíso su hogar. Aquella casita, inaugurada 3 años después, se encuentra actualmente en proceso de restauración y puesta en valor, para luego convertirse en un museo que resguarde fotografías, diarios y recuerdos de los primeros pobladores del lugar.

RSM: ¿Qué es lo que más te gusta de la historia de este lugar?
FA: En principio, la valentía de Renée. Yo tengo más o menos la edad que tenía ella cuando llegó y para mí es compleja la vida acá arriba, con todas las facilidades de hoy en día. Pensar en ella, a los 26 años, viviendo sola acá, en un país extranjero, con vecinos de otra cultura, me parece sorprendente y de mucha valentía. Que podamos disfrutar de todo esto es gracias a que ella lo vio primero.

RSM: ¿Tienen planeada alguna otra modificación a futuro?
FA: En cuanto al patrimonio histórico, no. Queremos que se mantenga lo más original posible. A futuro la idea es crear un museo en la casita de Renée, donde la gente pueda imaginar la vida hace 80 años atrás. Vamos a rescatar todos los elementos que podamos, inclusive quedan diarios ingleses de la época, que fueron usados como método de aislante en las paredes, cuando no había otro material accesible.

RSM: ¿Están trabajando con algún especialista en este rescate histórico?
FA: Estamos en contacto con el Museo Primeros Pobladores, para que nos provean de fotografías históricas del lugar y de Renée. La restauración la estamos haciendo con el mismo artesano que trabajó en el sendero, José Muñoz.

Un poco de historia:
La casita histórica fue proyectada en 1936 por Renée Dickinson, una joven inglesa de 26 años, aspirante a actriz y modelo, que viajó a San Martín de los Andes para visitar a su hermano Barney, que trabajaba de mayordomo. Durante su estadía decidió explorar la zona partiendo de la ladera boscosa hasta un claro desde donde pudo ver el lago. En ese punto, admirando la vista, pensó que alguien tendría que vivir allí.
Consiguió el derecho a adquirir la propiedad del terreno a cambio del compromiso de generar una actividad que fomentara el turismo. Comenzó a construir la casa, con la ayuda del arquitecto Cullen, y al momento de inaugurarla, 3 años después, sus amigos le sugirieron que la nombrara Arrayán, que en lengua mapuche significa “lugar donde caen los últimos rayos de sol”.

Renée se casó en Uruguay con Alan, un periodista inglés. Vivieron algunos años en Arrayán y luego se mudaron a Buenos Aires, por cuestiones de salud de Dickinson. Cuando ella muere, en 1943, Alan cumple su promesa de llevar sus restos a descansar al hogar de sus sueños.
Al terminar la Segunda Guerra Mundial Barney vuelve de Europa con su esposa y se instala en el predio. A partir de este momento comienza una nueva etapa, de restauración y puesta en valor, que luego continuaría a través de la hija de ellos, Janet.
En 1995 Arrayán es declarado patrimonio histórico, arquitectónico y cultural ya que, al día de hoy, conserva una de las fachadas más antiguas del pueblo.




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