Nacho Ferrería: un relato sobre resiliencia, creatividad y trabajo, atravesado por el cuerpo propio
RSM conversó con Ignacio Ferrería, referente del colectivo Vecinos Sin Techo y habitante del Barrio Intercultural, para conocer su historia de vida, su recorrido y su trabajo comunitario. Este año, Ignacio representó al proyecto del Barrio Intercultural en el encuentro de la Coalición Internacional para el Hábitat.

“Se está por venir el cielo abajo”, dicen las abuelas, cuando la tormenta que esperan es negra y pesada. Así se perfila el clima en esta tarde de noviembre, en la que de tanto en tanto, un ramillete de trueno fractura el silencio. Nacho se sienta bajo un árbol, la espalda derecha, las manos juntas sobre la mesa. Esas mismas manos, a lo largo de toda la entrevista, se moverán en el aire, dibujarán círculos, se volverán a unir, señalarán lugares que la voz menciona y se fregarán inquietas, haciendo que todo lo dicho tenga un tono visceral.

El Barrio Intercultural, a primera hora de la tarde, está tranquilo. La gente pasa y saluda con confianza. Un grupito de chicas avisa que va a trabajar en el apiario. Ramiro, quien resulta ser encargado de la biblioteca, aparece para dejar algunas cosas, charla un momento y se va. A pocos metros se encuentra “el obrador”: una estructura que nació para contener materiales de obra pero se transformó en despensa, cocina y biblioteca, todo envuelto en un mural de cerámicas de colores que narra la historia completa del proyecto. “Si se larga a llover entramos”, dice Nacho, señalando la estructura y mirando a su vez el cielo, cada vez más plomizo.
Nacido en Buenos Aires y criado en Bella Vista, Ignacio vivió un tiempo en La Plata y decidió venirse con su familia al sur. Si bien el plan original era migrar a Santa Cruz, pasaron primero por San Martín para ver a su mamá. El tiempo lo fue vinculando y a los dos meses empezó a trabajar en la Radio Pocahullo, donde encontró un grupo de pertenencia. Su oficio era el de producir boomerangs de forma artesanal, pero el precio del material hizo que dejara de ser rentable. Entonces empezó a ejercer trabajos diversos, de jardinero a voluntario rentado de Parques Nacionales. La página web que armó para el Parque Nacional Lanín fue la primera de ese tipo y sirvió de ejemplo a nivel nacional para el diseño estructural de otras páginas similares.

En el 2003 a Nacho lo operaron del corazón. Recuperado, pasó unos años trabajando en Lolog y al volver, vivió un tiempo en una casita armada en la cochera del terreno familiar. En 2009 se empezó a involucrar en la organización Vecinos Sin Techo. Al principio su participación fue intermitente ya que su salud continuaba amedrentada, ahora con la pérdida de visión en uno de sus ojos. Sin embargo, había estado ligado a ella desde sus orígenes, en 2004, cuando trabajaba en la radio Pocahullo. Participó en el primer censo de emergencia habitacional, en el que se registraron 800 familias, y una vez controlada su salud, empezó a trabajar de lleno con el colectivo. En el 2017 se mudó al Barrio Intercultural.
“Mi rol fue cambiando mucho en estos años. El primer aporte fuerte que hice fue cocinar un locro para 500 personas, antes de que salga la ley, acá en el barrio, con un laburo colectivo tremendo. Después pasé por muchas charlas con diputados para ultimar el paso de la ley por el congreso. Me gusta el trabajo de gestión, es una capacidad que uno pone en juego.”

Hace 5 años que trabaja en el apiario comunitario, encarando la producción de miel y la cría de reinas. Con el avance de su pérdida de visión, fue moviéndose a tareas de organización y comunicación, sumando a otros vecinos y vecinas a cada proyecto. Además, junto a otras familias, cocina pan para la proveeduría del barrio.
Cada familia se ofrece para hacerse cargo de diferentes tareas. La organización se maneja en conjunto entre Vecinos sin Techo y la Comunidad Mapuche. La necesidad de la vivienda los unió y, entre discusiones que son parte de cualquier proceso social, le fueron sumando valores para que el proyecto crezca en sentido.

“Queremos vivir de una determinada manera, sin pelearnos, aprendiendo a convivir en armonía con la naturaleza. Entendemos que no podemos aislarnos, estamos integrados a San Martín, muchos vecinos trabajan en el pueblo. Yo trabajo produciendo comida que bajo a vender”, dice Nacho.
Se larga a llover y el árbol bajo el que se desarrolla la charla detiene las gotas. El chaparrón dura solo unos minutos pero alcanza para levantar el petricor de la tierra. Ignacio sigue su relato explicando que el territorio barrial es comunitario, que todos los vecinos trabajan para que cada familia tenga su casa y ninguna se adjudica hasta que esté terminada. Califica a todo este proceso, que lleva más de diez años de trabajo, como un desafío que fue mutando: desde el deseo a la posibilidad y luego a la realidad.

“En todos estos años de trabajo encontré un proyecto de vida, en el que embarqué a mi familia, donde mis hijos crecieron y fueron formando historias propias, donde uno se desafía permanentemente a saberse parte de un colectivo y a encontrarle la vuelta para que las cosas que no caminan, se solucionen, con la perspectiva de que las cosas pueden ser mejores.
Vinimos para vivir mejor y eso se encuentra en lo colectivo. Uno aporta la fuerza propia, la claridad y el amor, porque tiene la vida enterita metida acá adentro. Entre todo eso uno encuentra la forma de definirse. Nosotros reivindicamos la vida comunitaria, como escala, y valoramos el ser parte de todo esto.”




persona fuego, que va dejando fogones donde se hacen rondas para charlar cosas que de verdad importan y pensar el sentir, el hacer y sentir 🙂