Andrea Iocca: “En el ballet no se habla, tenés que poner el cuerpo y un gesto vale más que mil palabras”

Siguiendo con esta serie de reportajes narrativos que buscan conocer las historias de vecinos, RSM charló con Andrea Iocca, bailarina, profesora y fundadora de la Escuela de Danza de San Martín de los Andes.

La clase del jueves por la mañana está por terminar. Cuatro jovencitas sonríen divertidas, se estiran, apropiándose de un espacio que reconocen y manejan con naturalidad. Saltan, giran, elevan sus piernas, y sus pies vuelan con la liviandad de los pajaritos que juegan a ser humanos. El sol entra de lleno por los ventanales, la luz del medio día inunda el salón y se refleja en los espejos, entre las figuras de las bailarinas.

Sofía, Malena, Candela y Serena, alumnas de la Escuela de Danza.

Entre ellas, a veces al costado, a veces de frente, Andrea las vigila, arenga la energía, lanza ánimos y felicitaciones, las llama por sus apodos, les pide que brillen, que muestren lo mejor de sí mismas, que se diviertan. Ellas responden elevando sus mentones al cielo, entre risas, flotando en el aire y aterrizando en poses espontáneas que las complacen.

Cuando el último ejercicio termina, se vuelven a poner sus ropas de adolescentes, se despiden con cariño y se alejan, dejando el salón vacío para que empiece la charla. Nos sentamos en el piso, como indiecitos, y nos miramos a los ojos para conversar con tranquilidad sobre anécdotas que parecen venidas de vidas pasadas.

RSM: ¿De dónde sos, Andrea?
AI: Yo estudié y me crié en Buenos Aires, pero vivo acá desde el 8 de noviembre de 1993. Me recibí en el Instituto Superior de Artes del Teatro Colón. Bailé en el Ballet del Colón, en el Ballet del Teatro Argentino de La Plata, en el Ballet Concierto y en el Ballet Argentino, con Julio Bocca. Después necesité un cambio de vida, poder vivir más en contacto con la naturaleza.

RSM: ¿Te costó dejar todo eso?
AI: No, no me costó porque yo me vine con mucha esperanza de poder construir algo parecido en un lugar que estaba en formación, con mucha juventud con ganas de hacer. Como vinimos muchos, con la intención de brindar nuestra vocación y profesión. Vi muy factible la idea de crear un ballet local, con el ejemplo de pequeños pueblos de Europa que tienen sus compañías.

No perdí nunca el vínculo, seguí en contacto, perfeccionándome, y mis colegas me alentaban a tener este espacio en la Patagonia argentina, que es tan famosa por su belleza. Siempre recibí aliento, aunque hubo gente que me dijo que estaba loca, que iba a ser muy difícil construir desde abajo con tan poca infraestructura.

RSM: ¿Y cómo fue ese inicio?, ¿por dónde arrancaste?
AI: Yo simplemente fui a ver qué espacio físico podía conseguir para esta actividad. Sabía que quería construir el espacio que tengo ahora, la Escuela de Danza de San Martín de los Andes; hoy hay quienes le agregan “de Andrea Iocca”, pero la escuela es de todos, mi intención era que fuera del pueblo. Es una iniciativa propia, privada, no tiene subsidio ni municipal, ni provincial ni nacional. Son los pobladores de San Martín que confían en mí y mandan a sus hijos a aprender esta disciplina del arte.

RSM: ¿Hace cuánto que das clases en el Centro Cultural Cotesma?
AI: Desde 1994. Las primeras clases las di en el Teatro San José que en ese momento lo manejaba Jorge Villalba. Después comencé a dar clases en la Sala Amancay, que era un espacio que se adaptaba a la actividad. Además, el ballet necesita del teatro, es su espacio natural, se retroalimentan.

La Escuela de Danza tiene un ballet que se llama Ballet de la Patagonia, cuyo objetivo final es hacer una obra. Hacemos todos los años dos funciones, en cierre de primer y segunda etapa. Los chicos y chicas que estudian técnica de la danza necesitan mostrarse, recibir el apoyo de los adultos que vienen, los aplauden, les sacan fotos y los felicitan.

El que aprende ballet aprende a trabajar con sí mismo, a auto superarse, a reconocerse. No podés tener excusas, hay que brindarse honestamente a reconocer que siempre se puede un poco más. Yo siempre digo que la Argentina funcionaría mucho mejor si los políticos estuviesen obligados a hacer técnica de la danza antes de postularse. Vos fíjate que en el ballet no se habla, tenés que poner el cuerpo y un gesto vale más que mil palabras. Hablar es muy fácil, pero hay que demostrarlo con obras.

RSM: ¿Tenés grupos de varios niveles?
AI: Sí, acá vienen los nenes y nenas desde los 3 años, y hasta los 100 años pueden venir. A los 101 ya no los recibo (risas). El objetivo es construir en el proceso, disfrutar estar con el otro, de la formación, desde el punto de vista artístico.

El ballet tiene muchos prejuicios con los que yo quise romper. Se dice que si no empezás de chico no podés, por ejemplo. Yo hice este espacio para que se viera que está la posibilidad de acceder.

RSM: ¿Cómo atravesaste este año de pandemia?
AI: Fue muy duro. Las personas que asisten a este tipo de actividades necesitan volcarse, relacionarse, y el estar encerrados fue destructivo emocionalmente. Por otro lado, yo me sostengo con esta labor, soy independiente, y se me privó de hacer mi labor sin darme ningún tipo de solución. Supuestamente yo me iba a cuidar quedándome en casa, pero no tenía con qué darle de comer a mis hijos.

A veces uno no sabe qué es peor, si el remedio o la enfermedad. Yo no digo que esto haya sido bueno o malo, lo que digo es que yo no comparto lo que se hizo. Me parece que se tomó una actitud desde el pánico.

RSM: ¿Estuviste en contacto con tus alumnos en estos meses?
AI: Sí, desde el Whatsapp. Dar clases de ballet por Zoom no sirve porque hay que cuidar las posturas y hasta escuchar la respiración de los alumnos, así que esa no era una opción. Fue muy frustrante porque no había nadie que diera una solución. Hablo siempre desde lo personal, desde como yo veo las cosas y respeto todos los pensamientos distintos.

Quizás me hubiera gustado que mi comunidad y los políticos que la gobiernan empatizaran un poco más con lo que me pasaba, y no que me dejaran librada a la deriva. De hecho, pidiendo ayuda, una persona me contestó: “Pero, ¿vos no estás casada?”. Supuestamente me tenía que mantener un marido, pero ni siquiera me consiguió uno (risas).

Cuando pude retomar las clases y llegaron los primeros alumnos, los pocos que pudieron volver a venir, lloraban a mares, como lloran mis hijos por no poder retomar el colegio. El virus sigue afuera, pero no podemos encerrar a las personas en sus casas. Mi tía, que es una persona mayor, está muerta en vida, ella no está enganchada a las redes sociales o internet. El virus nos demostró la falta de contacto que tenemos con la naturaleza y que no nos respetamos como seres humanos, desde lo integral.

La voz de Andrea tiembla un poco mientras habla del estado emocional de sus alumnos e hijos. La angustia de perder vínculos afectivos, de volver a conquistar espacios fundamentales, el miedo al futuro incierto que es común a tantas personas. Detrás de cada par de ojos que se inundan y brillan con lágrimas saladas hay muchas luchas internas por conquistar.

RSM: ¿Cómo fue que te acercaste a la danza en el comienzo?
AI:
Por suerte tuve un papá cantante de ópera, era tenor, y una mamá pianista. Entonces de chica me moví de concierto en concierto, en juntadas con muchos artistas, era mi medio natural. Mi papá me llevaba al Colón a ver muchos espectáculos y respetaba todas las formas de arte.

Yo, por ejemplo, soy una persona que no empezó ballet desde chiquita, di el examen para ingresar al Colón a los 12 años y pude seguir adelante y completar mis estudios. Siempre que uno quiere, puede.

RSM: ¿Qué es lo que más te acordás de esos años?
AI: El Colón era mi primer hogar, me pasaba todo el tiempo ahí adentro. Hacía mi carrera como bailarina, pero además compartía espacios con gente de la ópera, porque me encantaba, y me postulaba para hacer papeles de figurante, donde no hacía falta que cantaras.

Tuve la posibilidad de comenzar a laburar a los 14 años. Tenía autosuficiencia, pero también mucha responsabilidad. Yo no uso la palabra “trabajo” sino la palabra “labor”, porque es una cuestión artesanal, desde el cuerpo y desde el alma lo que hacés con el arte.

Disfruté mucho todas las funciones en las que participé, todas fueron necesarias. Todo lo que viví fue fascinante, muy constructivo. Y ahora, desde la enseñanza, es hermoso ver crecer a mis alumnos. ¿Vos sabés que ahora hay alumnas que me traen a sus hijos?. Es increíble. Tengo alumnos que siguieron haciendo carrera en la danza y otros que la dejaron para ejercer trabajos convencionales y luego volvieron.

RSM: ¿Cómo definirías tu labor?
AI: Mi profesión es inherente a mí misma, la llevo en cada célula del cuerpo. Siempre digo que cuando se juntó el espermatozoide de mi papá y el óvulo de mi mamá, primero se formó una bailarina y una admiradora de la vida, después un ser humano. Todo es a partir del arte: cocino bailando, te enseño cantando. Mi labor es maravillosa, puedo ver cómo va madurando, evolucionando junto con el cuerpo físico. Yo no soy la misma docente que fui en el año 1994.

Siempre digo todo porque al otro le sirve escuchar. Trabajo principalmente con niños y adolescentes, y lo que veo es esta información que reciben los jóvenes, de que todo es terrible, que se perdió un año, hay una mala onda permanente desde los adultos frustrados por una realidad corrupta en la que vivimos, y los chicos miran eso.

Quiero que aclares que este es mi punto de vista, yo respeto todas las posiciones, este es mi punto de vista ahora y valoro la libertad de expresión y escuchar a todos. Acá yo doy el lugar para que todos se expresen, los alumnos tienen nombre y apellido, y me interesa lo que le pasa a cada uno de ellos. Los hijos de los demás son mis hijos y eso en otros espacios no pasa, son nada más que un número, puestos en el lugar de molestos, pero al chico le está pasando algo cuando se expresa de esa manera.

RSM: Más allá del contexto actual ¿cuáles son tus metas a futuro?

AI: Mi meta es seguir brindando espectáculos, porque es donde hay una formación hermosa para los chicos. Mi objetivo es seguir formando, dentro de esta disciplina del arte, a todas las personas que se acerquen y quieran compartir esta experiencia, que los chicos tengan una plataforma para salir al mundo sabiendo que el que quiere puede, que lo propio vale cuando uno se brinda honestamente y dedicándose de corazón.

Yo a los chicos les digo que de la puerta del salón para afuera el mundo es de ellos, y que lo aprendido acá les sirve en cualquier lugar. Uno tiene derecho a vivir feliz con uno mismo, y para eso hay que construirse, valorarse, aceptarse. Ese es mi objetivo final.

Tengo dos hijos de 12 años y lo que más les gusta es ver a un adulto que se juega por hacer lo que le gusta. Me ven saliendo, aprendiendo, perfeccionándome, viendo que puedo darles a otros jóvenes para que estén bien. Yo les pregunto qué les gusta y me la juego completa para que lo hagan. Quiero que ellos se hagan preguntas, que quieran saber qué es lo que les gusta, para qué son buenos. Hay gente para todo.

2 Comments on Andrea Iocca: “En el ballet no se habla, tenés que poner el cuerpo y un gesto vale más que mil palabras”

  1. Excelente Andrea merecido reportaje!! Formaste a mis hijos, aprendí, disfrutamos, pusiste a nuestro hijo Diego en lo alto del ballet de la mano de Maximiliano!!!

  2. Andrea! Compañera de la secundaria, apasionada con la danza desde entonces.

Deja un comentario

Descubre más desde Realidad Sanmartinense

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo