Circo y vida: una historia sobre cómo construir una carrera a base de sueños

San Martín de los Andes tiene muchos buenos artistas, y por cada uno de ellos, una hermosa historia. Romina Farías es prueba de ello. Bailarina y circense hace 14 años, empezó a tomar talleres como un hobbie, que el tiempo transformó en una corazonada fuerte y terminó convirtiéndose en una forma de vida que ama y tracciona día a día. RSM charló con ella sobre su carrera y su sueño.

Romina Farías (33), empezó a acercarse a las artes escénicas a los 19 años. Antes de eso había estado vinculada a la danza y a la gimnasia deportiva, pero por esas cuestiones de la vida, quizás primariamente vinculadas a tabúes sociales y a establecer seguridades económicas, se fue a estudiar el magisterio a Mendoza. Allá la esperaba su hermana Karina, que trabajaba en el teatro. “Yo iba y sentía que quería estar ahí todos los días de mi vida haciendo algo, no sabía qué, pero quería. Entonces empecé a tomar un taller de danza con Vilma Rúpolo, una referente de la danza-teatro, y me enganché muchísimo.”

Al año siguiente dejó el magisterio, alentada por su hermana que había visto en ella la felicidad que le generaba hacer arte: “Mis viejos me querían matar, imaginate, porque esto no era una profesión para ellos, era un hobbie, pero a mí me hacía realmente feliz. Así que ese año me anoté en todos los cursos y clases que encontré. Trabajaba de promotora a la mañana y a la tarde desde la una y media hasta las diez de la noche estudiaba. La gente me fue conociendo e invitando a participar en obras así que podría decirte que desde los 19 ya trabajaba de esto.”

Invitada por Vilma Rúpolo se unió a su compañía de danza-teatro y empezó a viajar por las provincias haciendo obras. Una de sus favoritas, “Trifonía”, involucraba escaleras que representaban personalidades. Entre ellas bailaba e interpretaba su personaje, transformando un único recurso en una historia completa.

“Un día pasé por un parque y vi unas chicas colgadas de unas telas. Dije: ¿qué es esto? Me acerqué y les pregunté. Empecé a entrenar y me encantó, me resultaba muy fácil”, cuenta Romi, y agrega que seis meses después se quedó a cargo del grupo por pedido de la profesora. “Pasaron muchas cosas juntas que nunca me hubiera imaginado. En un año ya estaba dedicándome a ful a esto y viajando a festivales como el Iberoamericano de Mar del Plata. Fue como abrir una puerta que, por suerte, hasta el día de hoy nunca se cerró.”

Al año siguiente llego su otra hermana, Isabel, o “Chabe”, que se había especializado en trapecio y empezaron a dar clases juntas. Vivian a dos cuadras de un galpón. Un día entraron y preguntaron si lo podían usar. Colgaron las telas, los trapecios y armaron un espacio para la comunidad, al que se fueron sumando profes y alumnos, para entrenar y hacer muestras, “siempre brindando el servicio de poder mostrarse y sentirse artista, que me parece fundamental”, agrega, gesticulando con las manos mientras se dibujan sonrisas por debajo del barbijo.

Al tiempo, en Mendoza ya había alcanzado un techo, tras haber probado todos los cursos y clases posibles. Entonces decidió postularse para estudiar en una compañía de circo en Buenos Aires: La Arena. Mandó todo su material, esperó y cuando la respuesta fue negativa se desanimó. Sin embargo, respondió a ese mail agradeciendo la oportunidad y eso cambió la decisión: “Me dijeron: sabes qué, por ser agradecida te vamos a dar la oportunidad. Fue muy loco. Entrené como loca las semanas anteriores y en el medio teníamos que actuar en la Fiesta de la Vendimia. Me fui dos días a Buenos Aires, pasé una experiencia increíble con la audición y volví. Después hubo que esperar 10 días para saber si había quedado o no.”

Esa puerta mágica que se abrió a los 19 años gracias a una inquietud, continuó abierta y propagando momentos que ponen la piel de gallina: “Un día fui a una clase de yoga y mi profe me dijo: hoy te responden y te dicen que sí. Cuando volví a casa y abrí el mail tenía la bienvenida ahí. Todo se fue dando así, natural, porque era lo que tenía que hacer.”

Romi estuvo 3 años en La Arena haciendo la carrera de circo, que en ese momento era una diplomatura y hoy en día ya es una licenciatura. Cuando estaba terminando, la invitaron a formar parte de la compañía, en donde trabajó cuatro años más: “Al segundo año nos invitaron a hacer una obra en Hong Kong. Ensayamos un mes y nos fuimos al otro lado del mundo a hacerla. No entendíamos nada, veníamos haciendo obras en el circuito del Instituto Nacional del Teatro, por las provincias. Otra cosa linda que nos pasó fue la invitación del Teatro Cervantes a participar de Teatro por la Identidad y de un programa de teatro en las escuelas. Al año siguiente hicimos esa misma obra en teatros de todo el Conurbano Bonaerense. Formamos un grupo humano hermoso y trabajamos casi 3 años más con ellos.”

Cuando el ciclo con la compañía La Arena llegó a su fin formó un dúo con Pablo Censi, con quien armó una obra llamada Plastifónica, para venir a trabajar al sur. Crearon instalaciones plásticas con caños de PVC, entre música clásica, acrobacias y actuación. “Con esa obra nos fuimos a hacer temporada a Europa, en el invierno del año pasado. Como Pablo tenía otro trabajo previo, me fui a trabajar sola un mes. Estuve en Suiza, actuando a la gorra al lado del río Rhin, y vos sabés que la gente me invitaba a comer”, cuenta emocionada por el recuerdo, con los ojos brillantes y mucha energía cinética en los gestos.

De ahí se fue a Francia, se reunió con Pablo y anduvieron juntos por España y Suiza. El desafío del idioma la hace reír, cuenta que se defendían con el poco inglés que sabían y al llegar a España, escuchar castellano y recibir un abrazo fue un placer.

Al volver a Argentina planearon espectáculos y temporadas nuevas, pero la pandemia detuvo toda intención de movimiento. Entonces Romina se dio cuenta de que si quería seguir entrenando con regularidad y proyectando su carrera necesitaba un espacio propio. Imaginó un lugar en donde se conjuguen todas las artes que ama y disfruta, una oportunidad de brindar a la comunidad la posibilidad de acceder a talleres y prácticas basadas en el movimiento. Le contó la idea a su hermana Chabe y ella apoyó la moción.

“Cirdante”, que abrirá a principios del año próximo, será un espacio de circo en donde se integren telas, trapecio, acrobacia de dúo, yoga, danza-teatro, actuación y clases de diferentes ritmos. La invitación esta abierta tanto para alumnos como para profesores que quieran sumarse a la movida. “Cuando uno desea mucho algo, las cosas suceden”, dice Romi, mirando a su alrededor, admirando los frutos de su proyecto de vida.

1 Comment on Circo y vida: una historia sobre cómo construir una carrera a base de sueños

  1. 10 meses de pandemia y todavía no se saben poner un barbijo! Cada vez peor los hippies con OSDE🤦🏻‍♀️y se reproducen😭

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