El extraño caso en el que “mejor que decir es no hacer”
Por Esteban Ramella . Nota de Opinión
Entre las innumerables consecuencias que nos ha dejado la pandemia, se puede observar la manifestación permanente del enojo. Quizás no sea el lugar para profundizar sobre el concepto psicológico de proyección pero, como para tenerlo en cuenta, en pocas palabras y a grandes rasgos, consiste en culpabilizar a los demás por los conflictos y emociones internas de cada uno. Tiene cierta “lógica” que en un contexto de miedo e incertidumbre proyectemos los enojos personales en las acciones de los demás.
Los enojos se evidencian en juicios de valor y se disparan hacia diversas acciones: la compra de vacunas, la apertura de negocios, el aislamiento, la habilitación de actividades, el uso de barbijo, el no uso de barbijo, contra los que salen, contra los que se quedan, etc. Sin detenernos en esto, lo que podemos generalizar es que sobre las acciones se desata un vendaval de críticas despiadadas, violentas, muchas veces exageradas y muy poco constructivas.
Entonces, no parece raro que en algunos casos, ante la permanente desaprobación social, las elecciones de quienes deben tomar decisiones en el gobierno giren en torno a la inacción. No me refiero a una inacción como la de la zarigüeya (aunque no es el único animal que lo hace, es representado por actuar su muerte para que su depredador no lo persiga) que, inclusive a costa de que le cueste la vida, intenta no moverse. En todo caso, esa sigue siendo una acción.
La inacción en la que me interesa focalizar en esta nota es la que intenta pasar desapercibida, como si no existiera otra alternativa. Es más parecida al ejemplo de la situación en la que la violencia de un superior contra un integrante de un grupo logra que el resto intente no llamar la atención para no ser blanco de la ira.
Esta forma de actuar se vio profundizada durante el desarrollo de la pandemia y, aunque no es una actitud permanente, es recurrente y podemos verla de manera reiterada en nuestra ciudad. En este punto, es necesario aclarar que las personas que gestionan deben decidir. Lo mejor parece ser siempre establecer un criterio y sobre este, tomar decisiones coherentes. Aunque puede ser comprensible que algunos se vean desbordados por la situación, lo cierto es que cada funcionario se encuentra en el lugar en el que ha decidido desempeñarse.
Entre los ejemplos más cercanos y también menos profundos, se encuentran las decisiones sobre cómo encarar la navidad (primero, negando toda acción y después, reaccionando ante la crítica) o la suspensión de actividades que finalmente, de manera tardía, se terminan habilitando. Recuerdo cuando el Gobierno Nacional habilitó las actividades recreativas durante los fines de semana para los conglomerados de menos de 500.000 habitantes y sin circulación comunitaria. Hasta ese momento, en nuestra ciudad se “bajaba la línea directa del Estado Nacional y Provincial” (palabras del intendente) pero, en esta ocasión puntual, se consideró “mejor esperar”.
En el mes de octubre, se les permitió a los clubes privados volver a la práctica deportiva con varios argumentos apoyados sobre las necesidades de jóvenes y niños para llevar adelante una actividad grupal. Sin embargo, desde el mismo gobierno, los funcionarios consideraron mejor que las escuelas deportivas municipales no volvieran a la actividad.
En este punto, no se discute si es bueno o malo que se habilite una actividad. Lo que se impugna es que la decisión sea tomada sin un criterio o, peor aún, que el criterio que subyace a la decisiones sea el de “mejor no hacer”. Y el de, finalmente, alimentar la exclusión y la desigualdad.
Por su puesto (y por suerte) esta no es una actitud general. Pero sería imprescindible que quienes estén ocupando cargos para decidir reflexionen sobre cuáles son los criterios que día a día determinan su accionar.
Si existen condicionantes sanitarias, que impiden la aglomeración de personas para cuidar la salud general y si en este marco se habilitan talleres culturales restringiendo entre otras cosas la cantidad de integrantes, ¿por qué ese mismo criterio no se puede aplicar para desarrollar un cierre con los estudiantes que finalizan un ciclo después de un año sin presencialidad?
Claro que decidir acciones como estas tiene un riesgo y justamente sobre eso es necesario trabajar: reduciendo las condiciones que generan peligro de contagio, en todo caso previniendo por demás.
Pero no. Finalmente, termina siendo más fácil, menos criticable y pasa mucho más desapercibido “no hacer”, que decidir realizar.
La pandemia como marco para desarrollar acciones va a continuar bastante tiempo más y hay que avanzar en aspectos productivos, económicos, educativos, deportivos y culturales. Por eso vienen momentos de actuar. Así como se ha apelado a la precaución y responsabilidad, también se deberían evidenciar criterios claros, coherencia y decisión.




Muy buena publicación