Vidas Contadas: El oficio de ser chocolatera

Con el arranque pleno de la temporada turística de verano, buscamos, en esta oportunidad, conocer a una vecina que lleva más de 20 años trabajando de chocolatera, en una ciudad donde ese manjar es un souvenir obligado y característico. Esta es la historia de Jennifer Kpolikv Dávila, más conocida como: “Jenny, la de los chocolates”.

“Hace 20 años que vivo en San Martín de los Andes. Soy nacida en Cuba y viví un tiempo en Córdoba. Cuando mis padres se fueron a Buenos Aires yo decidí quedarme acá. Era muy chica. A los 18 me surgió la posibilidad de entrar en Mamusia, haciendo dulces y aprendiendo el oficio de chocolatera artesanal. Estuve 7 años ahí, después me fui a estudiar a Neuquén”.

Esa primera experiencia fue una oportunidad, no solo de aprender una labor sino también de tener un sustento económico. Mientras lo cuenta, Yenny agradece a sus maestras “de la vieja escuela”, que le enseñaron la diferencia entre el chocolate trabajado de forma manual y el industrial.

Al volver de Neuquén y tras haber sido mamá, decidió optar por comercios más chicos y se animó a ser Jefa Chocolatera. Lo dice así, con esas palabras, dice “me animé”. Paso 9 años en ese puesto, en Abolengo. Después empezó a producir sus propias creaciones y a venderlas por su cuenta a chocolaterías locales.

“Me costó un montón creer en mí para largarme sola. Cuando estás en un local tenés recursos, materia prima, una inversión. El chocolate es un alimento carísimo y yo trabajo con productos de excelente calidad porque hago alimentos que pueda comer mi hija.”

La pandemia sacudió la producción y el negocio de Yenny cuando la venta a locales dejó de ser una opción. Entonces decidió armar su propio emprendimiento. “Empecé a hacer los huevos de pascua y sin querer queriendo, la gente que me conoce me empezó a comprar por Whatsapp. Me alentaron mucho, eso es algo que agradezco mucho, y así nació Mushinka, que significa africana en polaco, porque mi marido es polaco y mi padre de origen africano.”

Foto: Facebook Abolengo – 2015

Su sueño es seguir haciendo lo que ama, tener su pequeña fábrica, en su casa en la montaña, y producir ahí lo que ella llama “alimento”, distinguiéndolo de una mera golosina.

“Lo más lindo de trabajar con el chocolate es el “mmmm” de la gente. La satisfacción de darles algo, que les guste y te lo digan. Yo agradezco a la vida haberme cruzado con la familia Fularski porque pude aprender este oficio que me alimentó y me dio una oportunidad.”

El momento de la verdad:

Cuenta Yenny que en su casa trabaja de noche, o de madrugada, cuando ya todos se fueron a dormir. Es el momento en que está en su mundo, de viaje por los vericuetos de su creatividad.

Por otro lado, es muy estricta con sus protocolos y prefiere que nadie ande rondando, que nadie se tiente y quiera probar. Su marido es el primer catador, pero cuando ella lo permite.

“Tenés que tener una paciencia especial, podés estar 5 horas bañando cerezas”, dice, y cuenta que el chocolate es una mezcla de sensaciones, que depende de su estado emocional el resultado de los productos: “Podes hacer exactamente lo mismo un día y al otro día, si estás cruzada, el chocolate no va a templar, no va a tener el mismo brillo. Ahí guardo todo y me pongo a picar nueces.”

Su pasión por producir un alimento rico, energético y de calidad la lleva a estar atenta, a la caza de productores locales de fruta orgánica y frutos secos, de chocolates saludables, sin tanta materia grasa. Ella quiere que los nenes aprendan que el chocolate puede no ser solo un postre, que lo consuman los deportistas, que haya opciones para diabéticos.

“También hay pequeños productores a los que trato de ayudar, nos ayudamos entre todos”, agrega, y cuenta la experiencia con una señora que le ofreció mandarle nueces cortadas, peladas y separadas entre las que son para bombón y las que son para tabletas. La idea de trabajar de forma artesanal se extiende, de esta forma, más allá de tu tarea individual, copando todo el proceso productivo.

“Encontré una beta que me da placer, donde disfruto hasta haciendo los moñitos. Yo le agradezco a la pandemia el haberme impulsado a largarme sola. Hace muchos años que lo tendría que haber hecho, pero uno tiene muchos miedos, muchos tabúes. La necesidad me hizo dar el click.”

En este momento de la charla la mamá de Yenny, que vino de compañía y se había mantenido en silencio hasta ahora, interviene y comenta, en tono de alegre afirmación, en parte hablándome a mí y en parte a su hija: “(Está) Agradecida de haber podido soltar y tomar las riendas ella, para ella misma. Vamos, es tu momento.”

Tiempo de anécdotas:

“Cuando trabajaba en las chocolaterías siempre salía a hablar con los clientes. A veces preguntaban quién había hecho los productos y yo, que siempre fui charlatana, salía a verlos y a contarles cosas del trabajo. Darles el chocolate, cara a cara, me encanta. La sensación más linda es la locura que tiene la gente por ellos”, dice, entre risas y complicidad con su mamá, sobre todo cuando agrega: “Yo no como chocolate. Para tener un buen paladar creo que menos, es más. Probando un pedacito ya me doy cuenta la calidad.”

También cuenta que una vez estuvo haciendo chocolate en rama, en el Cerro Chapelco, a la intemperie, bajo la nieve, en una promoción para Alberto Badía. “Eso fue una locura. Habrá sido por el 2005 más o menos. Caía la nieve en la mesada y tenía que calentar el mármol desde abajo”.

Sin embargo, la anécdota más linda de todas es la que narra remontándose a su primera experiencia laboral, en Mamusia. A veces hacían visitas a jardines de infantes y a ella la mandaban siempre, por charlatana y jovencita: “A mí me encantaba. Me acuerdo que en una de esas visitas, yo los levantaba a los nenes para que vieran la mesada y había una olla que era más alta que yo. Les dije: acá no los levanto porque yo una vez me paré en un banquito para ver, me caí adentro y nunca más me pude sacar el chocolate del cuerpo (risas) Tras que no veían gente de color muy seguido, imagínate, después me cruzaban en la calle y les decían a las mamás: esa es la chica de chocolate”.

Hoy por hoy, Jenny puede definirse a sí misma como chocolatera. Cuando se lo pregunto da un sí rotundo, lleno de orgullo y placer: “Sí, totalmente, hoy sí, que aprendí a querer y a valorar lo que hago. Me costó mucho llegar a este punto, muchísimo. Tengo mucho respeto por las personas que me enseñaron y un agradecimiento enorme a la vida por ponerme en este camino.”

1 Comment on Vidas Contadas: El oficio de ser chocolatera

  1. Hola Jenny,soy de Bs As también hago golosinas y chocolatería, la verdad es un placer, lleva su tiempo cuando uno es detallista y le gusta ir creando , este año trabaje muy bien , pero ahora aquí, hace mucho calor así que hice un párate y viendo nuevas creaciones para Pascuas, ojalá tengamos un año mejor para seguir. Felicitaciones!!

Deja un comentario