Vidas contadas: la sanmartinense que combinó su carrera con la danza para crear una nueva perspectiva artística
Natalia Lamberti es Licenciada en Ciencias Políticas, bailarina y directora de un estudio y una compañía de danza. Después de haber estado 14 años estudiando y trabajando en Córdoba, regresó a nuestra ciudad para reencontrarse con un estilo de vida. En diálogo con RSM, cuenta como logró combinar sus estudios con su pasión creativa, sus ideas sobre la actualidad de la danza y la experiencia de volver a su ciudad natal.
“Mis viejos vinieron de luna de miel a San Martín y se quedaron. Yo nací acá y empecé a bailar a los cuatro años. También hacía atletismo y me sentía mucho más cómoda en ese entrenamiento que en la exigencia estética de la danza. Mi cuerpo no iba con los cánones que se pedían en ese tiempo”, empieza a contar Natalia, sentada frente a mí, con una sonrisa relajada y directa. Habla con soltura, segura de la historia que va a contarme. Tiene ese brillo que a veces se ve en las personas que están satisfechas con el camino elegido.

A los 17 años se mudó a Córdoba para estudiar Ciencias Políticas y empezó a tomar clases de Jazz. Tras ver sus aptitudes, la profesora la alentó a entrar a la compañía y a tomar todas las clases posibles. Sus días se dividían entre la cursada de facultad y el estudio de danza, haciendo equilibrio entre dos pasiones que luego terminaron convergiendo: “Hice un posgrado en gestión cultural y un magister en gestión gubernamental. Para la tesis refaccionamos un teatro, desde la gestión, para que se utilizara también para danza. En esas propuestas empecé a relacionar las dos actividades”.
Esa profesora visionaria que la había alentado fue coach en el ciclo “Bailando por un sueño”, por lo que debió viajar a Buenos Aires, dejando a Natalia a cargo de sus clases. Pasado ese período, estuvo un año dando clases en México y bailando en diferentes países del mundo. A la vuelta, abrió su propia academia de danza en Córdoba: Paradise Ballet.


“Incorporar diferentes ritmos de danza abrió mucho el juego. Teníamos clases de entrenamiento para bailarines, por ejemplo. En 2012, cuando ya tenía alumnos que hacía tiempo tomaban clases conmigo, armé la compañía de danza. Mientras, seguía dando clases y estudiando el posgrado”, cuenta esta joven emprendedora que parece haber vivido más de una vida al mismo tiempo.
Córdoba Capital es una ciudad hermosa, dice, pero la vorágine de la vida empuja a tener cada vez más actividades y ningún momento libre. Después de diez años de dirigir el estudio, con dos competencias internacionales por año, con el trabajo en la compañía y las clases, en dos salas distintas, la falta de tiempo libre y el cansancio hizo que se replanteara la calidad de vida a futuro. Entonces decidió volver a su ciudad natal.


“Tomé la decisión con los ojos cerrados, fue muy duro desarmar todo. Pero también vi que la crisis económica en Córdoba se profundizó mucho durante el gobierno de Macri. La persona que dirige un estudio tiene que tener una visión panorámica de la realidad, no se puede abocar únicamente a lucrar cobrando cuotas o con muestras de fin de año”, dice, tras haber anunciado su postura crítica respecto al mundo de la danza. “Lo que ocurre es que el bailarín es muy egocéntrico, es muy difícil lograr consenso en proyectos conjuntos”.
De vuelta en San Martín, Natalia audicionó a bailarines locales para formar la compañía que este último jueves estrenó “Cuatro Estaciones”, una producción propia, escrita en conjunto con Neftalí Villalba y basada en el soneto de Vivaldi. “Lo que se vio es una pieza original y abstracta. Yo no les enseño a mis bailarines a moverse de manera linda, sino que el movimiento sea propio y natural, para que vos lo veas y pienses que podrías hacerlo. Hay mucho trabajo técnico y de improvisación. Yo soy muy exigente y frontal. Los bailarines que audicionaron y aguantaron todo el año tomando clases y ensayando en pandemia, conmigo, son increíbles”.


Esta flamante compañía tiene 18 bailarines locales, formados en diferentes estudios y estilos. A ellos se sumó recientemente el grupo de bailarinas de 10 a 13 años, que dirige junto con Stefanía Mateu y Silvina Barañao. A futuro, cuando la situación epidemiológica lo permita, la idea es integrar a los bailarines de la compañía de Córdoba para dar clases y armar producciones conjuntas.
“Me gustaría resaltar la forma en la que acompañan los padres de estos chicos. Es muy importante el compromiso que muestran y el apoyo a sus hijos. Estuvieron hablando conmigo todo el año, preocupados por el Covid, por los ensayos, por la escuela. Asumen un compromiso que es muy importante.”

Las semanas anteriores al estreno, Natalia les pidió a los bailarines que se aíslen para prevenir posibles contagios y poder llevar adelante la obra en todas sus fechas. El acatamiento indiscutido es un reflejo fiel del vínculo que se estableció con el trabajo realizado.
Además de su trabajo dirigiendo el ballet, Natalia da clases en el Centro Cultural Cotesma y en Jazz Swing Tap. “A mí la Colo (Silvina Barañao) me abrió las puertas de una manera impresionante. Que hayamos podido hacer la obra fue en parte gracias a ella, que nos brindó el espacio para ensayar y que nos ayudó en plena pandemia a gestionar los permisos.”



En sus ratos libres, además se aboca a escribir proyectos para el Fondo Nacional de las Artes, enfocados a conseguir subsidios para obras nuevas o becas para la formación de bailarines en el exterior.
“San Martín siempre me gustó y sabía que en algún momento iba a volver. Lo que más me cuesta de este regreso es la gente: que te permitan entrar y que le den bola al arte, cuando no están directamente involucrados. Hablando de mis proyectos, me han llegado a decir: ese brillo en los ojitos ya se te va a apagar. Por suerte pegué buena onda con gente que me apoyó sin conocerme, Luis y Patricio de Cotesma por ejemplo. Es muy bipolar el pueblo”.


Subidos a la teoría del Eterno Retorno, todos estamos continuamente volviendo, de una forma u otra. Lo más importante es apostar con confianza a cada giro del destino, para seguir creando la vida que soñamos.




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