Vidas literarias: un recorrido por los recuerdos de Graciela Rendón
Si hay algo que no le falta a San Martín de los Andes es amor por las letras. Son muchas las escritoras y escritores patagónicos que dibujan con sus palabras las experiencias de su vida en el territorio. Por eso, en este nuevo ciclo de Vidas, haremos el camino inverso, y hablaremos con ellos, sobre ellos. Hoy: Graciela Rendón, la narradora popular.
Nos encontramos en la Biblioteca Popular Ruca Trabun, donde Graciela es vicepresidenta, tras más de 20 años de formar parte de la comisión y ejercer diferentes cargos. Hay una ilusión de tiempo detenido en los lugares tapizados de libros, un silencio relleno de secretos y murmullos. Ella sonríe, hace memoria y recuerda anécdotas a medida que se van haciendo presentes.

Nacida en Buenos Aires, estudió magisterio en el Normal N°4 y trabajó como voluntaria en la villa del Bajo Flores, junto al movimiento de curas tercermundistas. A los 24 años se vino con una mochila a la cordillera, siguiendo el deseo de trabajar en escuelas rurales. Primero, en la Pampa del Malleo, se inició trabajando durante 5 años en una escuela de monjas, luego recuperada por la comunidad. Después se fue a Las Coloradas con un grupo de amigos misioneros, para rearmar una escuela abandonada, con apoyo de la pastoral y luego del Estado. Allí vivió durante 12 años y se casó con un estanciero de la zona.
En 1995 vinieron a vivir a San Martín, donde Graciela continuó trabajando como docente y empezó a escribir, presentándose a diferentes concursos literarios. Por su ensayo sobre Rulfo y la escritura patagónica obtuvo un premio en Puerto Madryn. Después se dedicó a escribir narrativa y obtuvo mención de honor por los cuentos de El Militante, una historia contada desde diferentes voces y puntos de vista.

Graciela Cros y María Cristina Ramos fueron sus mentoras, haciendo talleres con ellas durante varios años. En 1996 vino el concurso Identidad: de las huellas a la palabra, organizado por Abuelas de Plaza de Mayo. Graciela recuerda este momento con especial cariño, cuando se cumplía el 30° aniversario de la agrupación. Allí obtuvo una mención por Decires de Augusta, un relato atravesado por la conquista del desierto.
“En esa época yo trabajaba en ATEN y me acuerdo que solía quedarme después de hora escribiendo, porque justo se me ocurrían cosas. Ernesto, mi marido, me llamaba para ver cuando volvía a casa y yo le decía que esperara un ratito, que estaba escribiendo”, cuenta entre risas, y me la imagino rodeada de papelitos llenos de ideas y escenas memorables.

“Está bueno que se entienda que la escritura no viene sola, sino de un camino que uno va recorriendo, con trabajos presentados, concursos y conferencias que inspiran a seguir escribiendo”, me explica, cuando menciona un escrito sobre Antígona que preparó para la Universidad de Cuyo.
Durante un año estuvo becada en una clínica de escritura en General Roca, donde asistía un fin de semana al mes, gracias a un trabajo enviado y la recomendación de Graciela Cros. Allí aprendió de Leopoldo Brizuela y Marcos Mayer. Recordando los apuntes tomados en ese tiempo, sonríe luminosa y divertida.

La marca en la tierra se editó poco después, por la editorial Comunicarte, a través de un concurso organizado por el mercosur. “Ese libro me abrió muchas puertas, tuvo muy buena acogida en el mundo de la literatura juvenil y me permitió conocer a Adela Basch, con quien entablamos una amistad”, dice, y cuenta que junto a ella editó un libro de poesía sobre la lucha de bichitos en los humedales, llamado De agua somos, y Mujeres de la historia, sobre determinados momentos en la vida de 7 mujeres, ambos publicados por Abran Cancha.
Entre parada y parada de este largo recorrido, Graciela también participó en la fundación de la Editorial De la Grieta, junto a Daniel Tórtora y Marisa Godoy: “Fue muy importante para mí porque hicimos muchos eventos culturales juntos.”

El 31 de enero pasado, Graciela presentó el libro de poesía Las presas de los siete colores, junto con la ilustradora Stella Acosta. En él narra la persecución a las trabajadoras de las cooperativas que formó la Agrupación Tupac Amaru, a través de Milagro Sala. “Lo escribí hace dos años, cuando Sala iba a asumir como parlamentaria del Parlasur y la toman presa, sin Habeas Corpus. Yo ahí sentí que la democracia era un papelito desgajado que se iba partiendo en pedacitos. Iba viendo todo lo que se había construido y como quedaba abandonado y roto. Siempre al pobre se le da lo necesario para que quede ahí, no se piensa en los espacios de esparcimiento. Entonces empecé a escribir y Stella lo fue ilustrando.”
En el interior de este libro se combinan dibujos, formas y relieves. “Stella quiso que al tocar las diferentes texturas, se tenga la sensación de tocar la vida de esas mujeres”, dice Graciela. Es una edición de autor con una estética rústica, en formato álbum.

Actualmente Graciela está trabajando en la corrección de otro libro de poesía, para presentar en el Fondo Nacional de las Artes. “Para mí escribir es maravilloso, es mi cable a tierra, cómo yo veo la vida, mis rincones donde vivo. Cuando necesito un sitio para mí, escribo. Cuando quiero decir algo, escribo. Cuando quiero deshacerme de algo, escribo. Es una manera de continuar la historia y la memoria, una forma de vivir.”
Graciela ama leer poesía y política. Tiene autores recurrentes, como Rosario Castellanos y John Berger. En su cabeza suena mucho la música folklórica y algo de cumbia colombiana. “Visualizo la campesinidad y eso me encanta.”




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