Vidas literarias: María Cristina Venturini y la voz que viene del rio

Continuando con este ciclo de perfiles a escritores y escritoras locales, RSM estuvo en diálogo con María Cristina Venturini, querida profesora y mujer de dulce voz, para conocer su historia y recorrido literario.

“El jinete avanza/entre nubes despeinadas/contra un cielo rosa/antes del amanecer./ Una sombra al galope/el pelo suelto/y las riendas, igual.” (Poema incluido en La luz en el nogal)

Fotos: Leonardo Casanova

Nacida y criada en Paraná, provincia de Santa Fé, sus primeros recuerdos se ubican junto al rio: “Del lugar de nacimiento te queda la impronta, es el disco que te formatea. A mí me quedó esa cadencia, la forma de vivir en un lugar tan húmedo, caluroso. Caminar despacio porque te pesan las piernas del calor. Sentarse en el verde a ver pasar el río. Así me crié yo.”

De muy chica empezó a estudiar inglés por curiosidad, carrera que siguió posteriormente, estudiando el traductorado en Buenos Aires. Sin embargo, el secundario con orientación a física y matemática le brindó las herramientas para su primer trabajo formal: “Por suerte las matemáticas me encantan. Es como estar volando, cuando te ponés a despejar ecuaciones, flotas en el limbo de la abstracción.” Radicada en Bariloche y con su hija Magdalena recién nacida, empezó a ejercer la docencia en un colegio bilingüe. 

En ese tiempo, casada con un guardaparques, vivió en Puerto Piedras Blancas y Puerto Radal, donde había una estación de recría de Pudú pudú: “Esa fue mi otra universidad, la de la vida en el campo. Yo venía de una situación muy cómoda, donde estudiar era mi única obligación. Ahí aprendí lo que era juntar la leña para calentar agua, salir al monte. Dimensioné la primera necesidad y aprendí lo que era importante.”

“Las cuestiones/domésticas/irrumpen/como un cuchillo/en medio de la sien. /Las cárceles/adoptan/formas/inesperadas. /pero/los hilos de luz de la poesía/se cuelan/para traer aliento.” (Poema incluido en La luz en el nogal)

Empezó a escribir de muy chica, porque aprendió a hacerlo antes de empezar la escuela. Su entorno la acompañó en eso: su abuela era maestra, su abuelo escritor y en la casa siempre se citaban poemas clásicos. “Uno de los primeros libros que recuerdo es Platero y yo, me emocionó mucho. Mi colección de libros eran los de Robin Hood. Hoy por hoy me gusta mucho Arnaldo Calveyra, Marosa Di Giorgio. Siempre vuelvo a Pizarnik, Juan L. Ortiz y Madariaga. Me recuerdan mucho mis orígenes. Hay una frase de Maradiaga que dice: No podré salir nunca del hechizo natal. Esta marca de identidad de la que hablábamos antes. Uso se siente cómodo nadando en esas aguas.”

La luz en el nogal, publicado por primera vez en 2010 y cuya quinta edición se presentó en la última Feria Regional del Libro, es un poemario muy profundo, sincero, que maneja la intensidad de las pocas palabras. Escrito en 2007, transitando la muerte de su padre, Cristina encontró en esa escritura una forma de sanar: “Fue la forma de transitar el dolor de lo inevitable. No podía encontrarle la vuelta, fue el invierno más largo. Y se me venía un poema de Dylan Thomas a la cabeza, su voz me seguía. Entonces empecé a buscar versiones, quería traducirlo y ese proceso está plasmado en el libro. Para traducir poesía es necesario tratar de acercarse a la emoción original”.

Una de las frases que abre La luz en el nogal dice: “(…)captar la realidad en un estado anterior a la palabra.” Eso que no se logra verbalizar, cuando las palabras no alcanzan para traducir un sentimiento, es lo que queda flotando en la lectura de estos poemas. “Este libro fue también un experimento, porque mi hija Male lo diseñó y le agregó ilustraciones.”

“En el mundo/sólo silencio y polvo/silencio para la densidad/polvo/que ayude/a soportarla.” (Poema de La luz en el Nogal)

Su primera publicación, en 1991, fue un poemario ilustrado, hecho a mano y llevado a la forma de presentaciones con instalaciones artísticas, que se llamó La voz del viento. “En ese momento, con Viviana hacíamos poemas ilustrados sobre diferentes temas. Ella los traducía en objetos, a veces telares. Trabajamos mucho sobre la cultura mapuche.”

Tiempo después, en 1995, llegó la primera publicación formal, a través de un concurso en una editorial entrerriana, que se llamó Trinos elementales. Mientras tanto, circulaban sus poemas y cuentos en antologías diversas, recibiendo premios del Fondo Nacional de las Artes, de Poesía Voces Nuevas, de la Fundación Avon y del Concurso Interamericano de Poesía.

Además de la poesía, Cristina escribió cuentos para niños. Orcalumis, uno de ellos, fue un trabajo escrito en el taller de Graciela Cross, al que asistía cuando vivía en Bariloche. Un día en que estaba en familia, en Paraná, leyendo estos cuentos, sus hijos insistieron en que los publicara y ella les delegó la tarea: “Háganlo ustedes», les dije. Entonces Francisco dibujó lo que veía en esas historias y Magdalena lo diseñó. Un día aparecieron con los libritos hechos.

Actualmente, Cristina colabora con la revista La Grieta y trabaja en un proyecto de página web llamado Escrito en Patagonia con su hijo. “También estoy tratando de ordenar muchos textos sueltos que ya tengo escritos y estoy leyendo mucho. Me enviaron trabajos de autores rionegrinos porque seré jurado en el concurso del Fondo Editorial. No sabés qué buenos trabajos, muy fuertes y conmovedores. Los concursos municipales son muy importantes, le dan la oportunidad a muchos escritores de poder mostrar su trabajo y publicar. Ahí se ve realmente la cantera de lo que hay dando vuelta y es maravilloso.”

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