Vidas Literarias: Marisa Godoy y las marcas que van dejando las palabras

En esta nueva entrega del ciclo de perfiles dedicados a escritores y escritoras sanmartinenses, RSM conversó con Marisa Godoy, poeta y docente, quien pone en juego anécdotas personales para explicar el trazado de un camino que se transformó en estilo de vida.

Sale el sol después de una lluvia tremenda y me encuentra caminando un ripio irregular, cubierto de hojas amarillas, camino a la casa de Marisa. La mañana tan clara y el letargo de una jornada marcada por irregularidades relacionadas al transporte auguran una charla sin límites concretos, un bache de tiempo sin tiempo, un viaje a través de imágenes regaladas. Cuando llego la tetera ya está preprada y la charla empieza, resuelta, antes de encender el grabador.

«Si yo te tengo que decir mi relación con la palabra y la lectura desde que soy niña, aparece mi abuelo. Él no sabía leer ni escribir, pero me enseñó a leer desde otros lugares. Era un hombre de campo, todas sus lecturas estaban en función de la naturaleza: los ciclos de la luna para la siembra, para las pariciones de los corderos. A la vez, el tenía una relación muy linda con la palabra, tenía una forma de contar que era atrapante. Entonces yo siempre digo que él fue mi primer libro, quien nos aproximó a mi hermana y a mí a las historias.»

Fotos: Leonardo Casanova.

Nacida y criada en San Martín de los Andes, Marisa recuerda esos primeros años de iniciación con memorias fuertes, arraigadas a esa naturaleza narrada y a la escuela. El acceso a los bienes culturales venía en forma de encomiendas de familiares desde Buenos Aires, que enviaban libros y revistas, porque en ese entonces la única librería que había era la de la familia Miret, donde se conseguian libros escolares e insumos de papelería. «Para mí eso era un ritual: que mi mamá encargara el libro, que llegara, irlo a buscar, elegir el papel contact y la etiqueta para que durara más. Era un momento sagrado que tenía que ver con la relación cuerpo a cuerpo con el libro», cuenta mientras se ceba un mate y hace gestos con las manos como si pasara hojas imaginarias.

Rememorando el tránsito de la escolaridad primaria y secundaria durante el período de la última dictadura militar, surge el recuerdo del conflicto con Chile y me pregunto si serán esas las primeras memorias de consciencia social que trae consigo. Sí, me dice, porque además sus tías -las mismas que enviaban cajas repletas de objetos que inauguraban el deseo por los bienes culturales- trabajaban en la casa de Jacobo Timerman, director del diario La Opinión. «Estabamos bastante al tanto de un montón de cuentiones, pero siempre en la penumbra. Cosas que se comentaban por lo bajo y que no había que repetir.»

«¡Mirá lo que te estoy contando!», me dice entre risas, a punto de regalarme otro recuerdo, encadenado al anterior: «Una vez fui a la casa de Timerman, en Ayacucho y Libertador. En el estudio de Jacobo había muchos papeles y una biblioteca inmensa, de piso a techo. Recuerdo haber abierto libros escritos en otras lenguas y maravillarme. En ese momento dije que cuando fuera grande iba a tener una biblioteca así. Te lo juro. Eso es la habilitación del deseo.»

Mientras la escucho, paseo la mirada por lo que tengo alrededor: colores alegres y brillantes, muchas plantas, objetos simbólicos que sin duda deben albergar otras miles de historias, y una biblioteca. Desordenada, viva, con aspecto de esconder tesoros. Entonces le pregunto si se acuerda del primer libro que dejó huella en su memoria y la fuerza de la afirmación la hace pararse, perderse por un pasillo y volver con el ejemplar entre manos. «Te lo voy a traer porque me emociona. Sabés que estuvo perdido por años y un día estaba sentada acá, en esta biblioteca y veo el lomo gris. Lo saco y era este.»

De repente, la historia de ese libro recuperado desata una confesión inesperada: «Robé libros en la iglesia», me dice, «fuimos un grupo de niñes que estabamos esperando para la clase de catecismo, allá en la capilla donde ahora es el teatro San José. No sé que pasó con el cura pero nunca llegó. Entonces empezamos a recorrer el espacio y nos encontramos con unas cajas. Abrimos una y fue el botín. Estaba llena de libros para niñes. Eramos 5 o 6, nos repartimos el tesoro y nos fuimos.» Todos los que somos muy lectores incurrimos alguna vez en este tipo de delitos juveniles, le digo. Se rie y asiente con convicción: «Por eso cuando mis estudiantes no me devuelven los libros entiendo el motivo.»

Todos estos recuerdos van marcando un camino, un trayecto delimitado por los efectos de la palabra, que van acompañando a Marisa a través de las elecciones de su vida y desembocan en el ejercicio de la docencia. «Me acuerdo de una profesora de lengua que tuve en primer año, ˋLa loca Sosa´ le decian. Si yo ya venía amando las letras, ella lo terminó de confirmar. Nos leía poesía, nos hacía escribir. Era una dadora del saber y de las lecturas. Me hizo amar a Lorca», me dice, y se pone a recitar unos versos, con los ojos vidriosos. «Una vez nos trajo caleidoscopios. Yo nunca había visto uno. Nos hizo mirarlos, después nos leyó poemas y al final nos puso Vivaldi y nos dijo que escribiéramos. Jamás olvido esa clase.»

Si bien escribió artículos para la revista La Grieta y cuentos que fueron mencionados en el concurso ˋTe cuento un parque´, no fue sino hasta el 2018 que se decidió a publicar su primer libro. «Me demoré mucho», dice, «me cuesta mostrar lo que escribo». El poemario, titulado Anfibia, fue escrito durante un proceso de dos años iniciado en Córdoba. «Había ido a visitar a mis hijes que estudian allá. Yo no sabía nadar, de hecho tuve experiencias un poco traumáticas en las que casi me ahogo. Estaba en un momento personal fuerte y mi hija me sugirió que aprovechara para aprender. Eso hice. Me acuerdo que la primera vez que pude sentir que estaba nadando fue impresionante. Salí de esa clase y escribí el primer poema, que es Anfibia. Después de eso no paré.»

Adentrándonos en el presente, su escritura continúa en el orden poético, con un libro que registra otra voz, marcada por el paso del tiempo. «Anfibia fue un atrevimiento. Si bien hay cosas que me siguen llamando la atención, siento que este nuevo libro viene de una escritura distinta. También me gusta mucho indagar en el ensayo, un discurso que pone en juego el pensamiento y el diálogo con otros autores. Ahora estoy trabajando en un proyecto que tiene que ver con literatura y educación, a partir de esto que te decía recién de concebir a la docencia muy ligada a la escritura desde el registro de las experiencias pedagógicas.»

La charla continúa un rato más, pero la grabación termica acá, en el presente que nos encuentra y con la música que suena en su cabeza durante esos procesos creativos: «Siempre que escribo me gusta escuchar música clásica. Tengo un vínculo muy fuerte con ese género. Pero también acá en casa convivo con mi compañero, que es un melómano del Jazz, entonces suena mucho Bill Evans. Soy muy caótica para escribir, puedo estar haciendo mil cosas y anotando en una libreta. Doy muchas vueltas. Necesito música que ponga orden a ese caos.»

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