Casas Contadas – Capítulo 2: José Ragusi y una historia que recorre varios hogares
En esta nueva entrega del ciclo que intenta rescatar retratos de casas con vida propia, RSM conversó con José Ragusi, cuya historia familiar atraviesa, y por momentos corre paralela, a la historia de nuestro pueblo.
Estamos en la casa de José, sentados en un living-recibidor amueblado con recuerdos de sus otras moradas. Esta casa la hizo él, me cuenta, en gran parte con sus propias manos, luego de casarse y pasar un año y medio de luna de miel, como dice, acompañando a su esposa en su tarea de maestra en Pucará. Pero hay que empezar por el comienzo de la historia, en los campos de su abuelo, donde hoy se ubica el barrio de oficiales del Regimiento.

“Las instalaciones estaban cruzando el arroyo. Ahí tenías la casa, con un living grande con piano, varias habitaciones y una cocina larga que daba al curso de agua. Tenía dos pisos. En esa casa nací yo, en 1939. Mi abuelo falleció en 1933. Estaba casado con la Nona Josefina. Esa fue la primera casa que conocí. Del otro lado del arroyo estaba el molino harinero. En esa época no llegaba harina, hasta que empezó a entrar desde Chile. Entonces en La Vega y Lolog se sembraba trigo.”
“Del arroyo más chico sacábamos agua para la casa. Después había uno más grande, donde estaba la rueda hidráulica para el molino. Por invención de Renato, mi papá, y Américo, mi tío, esa rueda se transformó en una sierra circular, para cortar la leña para el invierno”, cuenta, explicandome con las manos la forma que tenía el instrumento y su funcionamiento.
José vivió en esa casa poquito tiempo hasta que ocurrió el incendio. El humo se llegaba a ver desde lejos. El living se quemó íntegro. Ellos estaban viajando a Ruca Ñire, donde ya habían construido otra casa de madera para instalarse y trabajar con el aserradero. Su padre, Renato Ragusi, vió la columna de humo y volvió junto a sus hermanos para intentar salvarla, pero no pudieron. No había equipo de bomberos en ese entonces.

“Durante mucho tiempo marcaban la silueta de la casa, la fundación, con un jardín en el terreno, para que se viera. Ahora ya no se nota nada”, dice José, que habla despacio, haciendo pausas entre recuerdos para hilar nombres, caras y momentos. Su memoria es irreprochable.
“En el año 30, el tío Américo hizo una lancha en la costa del lago, que se llamaba “La Trinacria”. Ese era el sello de mi abuelo en Italia, una cabeza de mujer con 3 piernas. Yo lo alcancé a ver, creo que se perdió en Ruca Ñire”, relata, perdiendo la mirada, por momentos, en tantas imágenes que se le deben venir a la mente. En esta parte de la historia vamos a conocer la segunda casa de José y su familia.
“Lo que más me acuerdo de la casa de Ruca Ñire es el sistema de suministro de agua: la canaleta que tenía un caño y una canilla de bronce que todavía tengo. Esa la usaba mamá cuando me agarraban los berrinches. Me metía la cabeza debajo del agua fría y se me pasaba todo (risas). La cocina era grande, igual que el living comedor, con una mesa larguísima. A papá le gustaba recibir a mucha gente importante. La casa era toda de madera y machimbre cepillado, mejor del que se hace actualmente, hecho a mano.”


“El galpón del aserradero estaba a unos veinte metros de la casa y tenía ochenta metros de largo. Primero se hacía todo el transporte de la madera con bueyes y catango, que era un carro para cargar rollizos, con un eje de hierro y dos ruedas de madera, hechas a hacha.”
“Yo viví en Ruca Ñire, que significa “casa de zorro”, desde los 6 meses hasta los 22 años, cuando mi papá vendió su parte sucesoria. Habían quedado algunos animales y yo me encargaba de ir a darles de comer, hasta que un día, un intendente de Parques Nacionales me sacó por intruso, con punitorios. Así que saqué todos los animales y los vendí acá en el pueblo.”
En 1943 se construyó la casa de Villegas y Belgrano, en el centro del pueblo. Allí José vivió varios años con su abuela Rosa, para poder asistir al colegio. Por otro lado está la casa de Antonio Ragusi, otro de sus tíos, quien fue maestro de escuela en La Vega. Esa construcción histórica, en la calle Obeid y Belgrano, es otra que merece la pena resguardar. Ambas fueron vendidas hace tiempo y son locales gastronómicos.

“Vine con mi abuela materna a la casa del centro, a los 6 años, para poder ir al colegio y los fines de semana volvía a Ruca Ñire. Me acuerdo que con Julio Fosbery robabamos cochecitos y camioncitos de juguete. Cuando volvíamos a Ruca Ñire los escondíamos en la lancha para que no los viera papá.”
“La casa del centro era de material, con un living muy grande, donde ahora está el comedor del restaurante. Tenía estas arañas en el techo”, me dice, señalando la que cuelga ahora sobre nosotros. “La pude rescatar y restaurar. Tenía una arcada muy linda en la entrada, toda hecha en piedra, que había hecho un picapedrero muy bueno de acá, Ceferino, no recuerdo el apellido. Hacía estufas de piedra, que teníamos también en el centro del comedor. La cocina era muy larga, desde la puerta de entrada, y ahí se juntaban a escuchar cantar a mi abuela.”

A estos recuerdos le siguen otros, trenzando relaciones familiares, casamientos, hijos y viajes por la región, entre trabajos y estudio. Después de Ruca Ñire, los padres de José se trasladaron a una casita en la esquina de General Roca, en diagonal al supermercado, donde ahora hay una agencia de taxis.
“A los 22 años me enganchó una maestra, que venía desde Córdoba, buscando trabajo. Habló con el director de la escuela 5 y consiguió un puesto en Pucará. Fuimos amigos un par de años y después nos casamos”, dice José, entre risas amorosas. Levanta las manos y me señala las paredes que nos rodean: “Esta casa la hice yo, cuando por fin pudimos establecernos, con mis propias manos.”
Las casas son muchas y la historia es larga. Lo importante es procurarse el ratito, sentarse a escuchar y disfrutar de un viaje a lo largo de tantos años, por recuerdos que valen la pena dejar asentados, para que no se diluyan en la evanescencia del devenir.
Fotos: Federico Soto para RSM.



Que hermosa historia, tendrían que conservar todas las historias en un museo de la memoria de San Martin de los Andes. De todos los primeros habitantes. para que las futuras generaciones puedan consultar, leer y saber de la historia del lugar. Hoy con la digitalización , se hace mas fácil. incluido en el municipio, casa de la cultura, podrían incluir un sector que se ocupe de guardar historias, y escuchar otras.