Casas Contadas – capítulo 13: entre troncos, montaña y recuerdos

Si la curiosidad es uno de los motores de la vida humana, una charla de vereda bien podría ser el prólogo de esta nueva historia. Recortando su imagen a través de la ligustrina de la entrada, Susana Almazabal nos regala sus memorias en la casa que construyó su padre, y en el ahora vive su hijo y sus nietos. 

Aprovechando el sol de la media mañana, Marta barre en la entrada de su casa, al fondo de un terreno grande que linda con la montaña y que hace lugar a otra vivienda, mucho más antigua, en donde justo en este momento no hay nadie. Me acerco a ella, esquivando como puedo a dos perros grandes y juguetones. Pregunto por la casita de troncos y Marta me pide que vuelva más tarde, cuando esté su hija Susana.

Foto: Federico Soto

“Esta casa la hizo mi papá, Carlos, hace más de 50 años. ¡Toda hecha por él está! El terreno era todo nuestro, desde la esquina, y al principio la casa estaba ahí, pero después cuando se fueron vendiendo los lotes la movieron acá, desarmandola y volviéndola a armar”, me explica Susana, cuando finalmente la encuentro, primero señalando la esquina de Rudecindo Roca y Coronel Diaz, y luego el sitio actual, en el que estamos ahora conversando.

Para el traslado ayudaron todos los que andaban cerca, entre familia y vecinos. “Había que hacer primero bien el interior, para que no se desarme. La casita tiene el estilo que se usaba antes, con una cocina, un comedor y un bañito abajo, y un ambiente largo arriba que se usaba de habitación. Ahora está dividido en piezas más chicas, pero todo el resto está igual”, dice, mientras de reojo pasea la mirada por los lugares de los que habla. 

Foto: Federico Soto

Claro que, en ese tiempo, los vecinos eran pocos. Del otro lado del arroyo- abundante, limpio y con peces- los terrenos eran grandes y en su mayoría estaban vacíos. Susana recuerda a Heidel Gotardo, uno de sus primeros vecinos, con cuyos hijos jugaban ella y sus 4 hermanos. Después fueron llegando algunos más, poblando de a poco ese lado del pueblo. 

La casita de troncos, como la podemos llamar de ahora en más, tiene un cerco en el frente, que mantiene las piquetas originales, y sobre el cual Susana plantó una enredadera de hiedra, que cubre el portoncito y sirve de marco perfecto para este lugar de cuento. “Me encantan las plantas. Todas las que ves las puse yo. Ahora pedimos que vengan a podar estos dos árboles porque cuando hay tormenta se mueven mucho y ya es peligroso”, dice, señalando los pinos que se alzan por delante de la entrada, un poco ocultando a sus espaldas la puerta, una ventana, a Susana y a mí. 

Foto: Federico Soto

“Antes teníamos lámparas a kerosén y sol de noche. Ahora tenemos luz pero seguimos calefaccionando a leña. Mi mamá nunca quiso tener gas. Antes, por miedo a que mi papá se accidentara, porque había perdido la visión. Ahora ya es por costumbre”, cuenta. 

“Cuando éramos chicos nos entreteníamos subiendo a la montaña. Desaparecíamos por horas buscando leña, piedras con agua e inventando historias. También, en el campo de enfrente, en la esquina, jugaban al fútbol. Una vez me acuerdo que ahí se pusieron a acampar unos gitanos. Yo tendría 12 años más o menos. Estuvieron más de un mes hasta que la municipalidad les pidió que se fueran. Al principio los chicos les teníamos miedo, nos escondíamos cuando venían a pedir permiso para usar la bomba de agua. Hacían fiestas y casamientos. Un día nos levantamos y ya no estaban más.”

Foto: Federico Soto

Las anécdotas de la infancia aparecen siempre a chorro, como brotando de manantiales subterráneos, limpios y claros. Susana se acuerda también de los veranos que pasaban bañándose en el arroyo: “Mi mamá llevaba el mate y venían los vecinos a charlar. El agua estaba limpia, todo lleno de vegetación. Era hondo pero no peligroso. Se pescaba mucho.” 

Estos dos pinos que quedaron al frente son el resabio de una hilera que fue perdiendo soldados con las grandes nevadas: “se fueron cayendo. Antes nevaba en serio, no como ahora. Las acequias eran de tierra, un canal por el que corría el agua de montaña y en donde también terminaban peces del arroyo.”

Foto: Federico Soto

“No sos la primera que viene a preguntar por la casita. A veces paran los turistas y piden permiso para sacarle fotos. Una vez vino un señor de Córdoba a contarme que le hacía acordar a la casa de sus papás”, me dice Susana, dando por terminada la charla, con orgullo de lo construido por su padre y de una vida que tuvo el privilegio de vivir, plagada de hermosas anécdotas. Las casas son sólo una excusa para abrir el juego a lo importante: nuestros vecinos y sus recuerdos.

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