Casas Contadas – Capítulo 18: Una abuela, mucho esfuerzo y el cariño de toda la comunidad de San Martín de los Andes
A lo largo de este sinuoso camino, que emprendimos juntos hace ya más de cuatro meses, conocimos muchas historias de vida. Algunas con anécdotas graciosas, otras emocionantes, todas arraigadas a este suelo patagónico. Hoy nos toca andar por el camino de Irma, viuda de Cárdenas, dueña de una casita que fue pensión y bar, abuela de quienes hoy resguardan su memoria.
Esta historia tendrá varios fragmentos, pues une la voz de sus nietos a través de Ruth Ayala, que habla conmigo mientras compartimos un café en el interior de la antigua casita. Además contiene la memoria de Elba Lepe, amiga y compañera de aventuras de Irma, que tuvo la amabilidad, entre emoción y olvidos, de contarnos hermosas anécdotas. Entonces bien, será mejor que empecemos.

Irma Fredesvinda de Cárdenas nació en Costa del Limay, provincia de Rio Negro. En 1939 se trasladó a San Martín de los Andes desde un paraje cercano a Bariloche. En 1950, ya casada con Cárdenas, compran el terreno de la esquina de Villegas y Rivadavia, donde construyen dos casas: la del frente, hecha de madera y material, que conserva el frente original tras su última refacción; y una más justo atrás, hecha de madera. Esa última fue la que Elba alquiló durante casi 20 años, cuando llegó al pueblo con sus seis hijos. Ambas propiedades están ahora habitadas por nietos de Irma.

En aquellos tiempos, tanto la casita de madera como varias habitaciones de la casa principal se alquilaban a viajeros o pobladores. Hacia la derecha, la segunda parte de la casa albergaba el bar “El Porvenir”, que Irma atendió sola y con firmeza hasta 1980, tiempo en el que lo alquiló a Raquel Sepúlveda, conocida en el pueblo como “la negra”. Las habitaciones del piso superior se comunican por medio de puertas, que a su vez dan al bar, hoy convertido en casa particular.


Toda la casa conserva la estructura original: marcos, puertas, techos, ventanas. Inclusive por dentro se puede apreciar la madera de raulí y los recuerdos de una pintura entre turquesa y verde que cubría la escalera, algunos marcos y zócalos. Los nietos recuerdan que en 1985, producto de una ordenanza municipal (57/84) que instaba al uso de materiales autóctonos, se modificó la fachada por su versión actual, de material. Solo la puerta principal se encuentra clausurada: “Tuve que cerrarla porque todavía en 2001, cuando me vine a vivir acá, entraba gente buscando el bar”, explica Ruth.

“Mi abuela falleció hace 25 años, pero enviudó joven y se hizo cargo sola de todo. Tenía mucho carácter, atendía a los paisanos en el bar, que dejaban sus caballos en el baldío de enfrente o en el aserradero de Arriaga, y echaba sola a los borrachos. Hacía comidas y también vendía ropa por los barrios y los parajes. En el patio de la casa tenía armada una huerta enorme, con árboles frutales, girasoles gigantes, papas y acelga. Cuando yo me mudé todavía brotaba”, cuenta Ruth.


“Irma tuvo dos hijas: mi tía Hayde y mi mamá. Al fallecer mi mamá, nosotros nos quedamos un tiempo viviendo con la abuela y después nos fuimos a vivir a Bariloche con Hayde y el tipo Pituco. Cuando volvíamos de visita, la abuela siempre nos esperaba con un gran asado, que preparaba ella sola. Somos 6 hermanos, la volvíamos loca. Me acuerdo que cuando dormía la siesta, para que no hiciéramos ruido nos hacía quedarnos arrodillados al costado de su cama. Claro que cuando se dormía nos íbamos a jugar”, continúa recordando Ruth, a quien sus hermanos pasan datos por whatsapp para aportar a este relato.

Ese espíritu inquieto y emprendedor hizo que a Irma la conociera todo el pueblo, ya sea por ir al bar, donde también había mesa de billar, o por verla ir por todos lados con su Fiat rojo, vendiendo ropa. Tal es así que, cuando falleció, la gente hizo fila en la casa velatoria para poder acercarse a despedirla: “Yo no podía creer la cantidad de gente que venía, se turnaban. Era muy querida por todos”, agrega su nieta, emocionada.
Entre el rosario de anécdotas que rodean la figura de Irma, una que se repite en varias voces es su gusto por el juego de cartas: “Se quedaba jugando hasta la madrugada con amigas. Nosotras nos quedábamos a dormir arriba y espiábamos por las rendijas qué hacían. Se la pasaba haciendo chistes también”, cuenta Ruth sobre un recuerdo de infancia con su hermana.

A está memoria se suma Elba Lepe, que conoció a Irma cuando recién llegaba al pueblo, con sus seis hijos, proveniente de Chile. “Todos los días me acuerdo de ella, era como una madre para mí. La conocí hace más de cincuenta años cuando fui a alquilar la casita de madera del fondo. Enseguida se acostumbró mucho a conversar conmigo y nos hicimos muy compañeras”, relata del otro lado del teléfono, derritiendo recuerdos con su voz entrecortada. Elba tiene 85 años, pero recuerda detalles como si fueran de hoy.
“Cuando iba al campo a vender ropa me pedía que vaya con ella. Nos subíamos al auto e íbamos para todos lados por el ripio. Cuando el Fiat se rompía, lo empujábamos juntas y ella lo arreglaba. Salíamos temprano a la mañana e íbamos para Chachin, Malleo, Hua Hum y a todos los paradores”, recuerda Elba, que además agrega a esta montañita de imágenes las tardes en las que se juntaban a tomar el té.


“En ese momento, alrededor había mucho baldío. Irma tenía una quinta con todo lo que te puedas imaginar: lechugas, manzanas, ciruelos, cilantro. Yo le ayudaba a sacar el pasto y me daba verduras, me decía: “Tomá, para tus hijos”. Nos cuidabamos entre las dos y a mí me salvó mucho. Era muy buena, muy humana. Y también le encantaba jugar a las cartas. A veces me insistía y nos quedábamos hasta las 7 de la mañana jugando. Después íbamos a trabajar sin dormir”, explica entre risas. “Me entusiasmaba porque me apostaba el alquiler y si ganaba no le pagaba el mes”.
Así se van sucediendo los recuerdos, que forman ladrillos, que levantan paredes para proteger la casita y la vigencia de todos los vecinos y vecinas que empezaron a formar el pueblo del que hoy disfrutamos. Esta vez fue Irma de Cárdenas la protagonista y hacedora de tanta emotividad. El camino sigue y se propone amplio para continuar caminándolo juntos.




Que lindas historias, mujer con coraje. Que interesante seria que se armara una guía recorriendo estas casas con historias. Historias que tendrían que conocer los niños, porque son un ejemplo de trabajo, progreso. Personas que sin ayuda de nadie, lograron formar familia, protegerla, trabajaron y dieron trabajo.
Muy buenos los artículos de las historias de las casas y familias pioneras de SMA
Uno de los refugios casi intacto del viejo San Martín. Ojalá le gane la pulseada al progreso.