Una noche en el teatro: percepciones sobre «Summa Ascensis»

La obra “Summa Ascensis o del imposible abandono” se sumó ayer a la lista de presentaciones del teatro San José, con dos funciones que agotaron entradas. Protagonizada y dirigida por Teresa Istillarte y Lucas Verduga Santillán, quienes detuvieron el tiempo y mantuvieron en vilo a los presentes, entre inesperadas risas y lágrimas escondidas tras los barbijos.

Como para empezar por el principio, el teatro estaba a oscuras, con una luz azul misteriosa, que escondía las caras de todos quienes iban entrando y tomando asiento, en filas paralelas y enfrentadas. En el medio, un pasillo. Un hombre entra, aprovechando que estamos distraídos, y empieza el parlamento: “No tengo deseo porque creo poseer (…) Al desear transformarse, se vive”.

El hombre habla, o recita, mientras acomoda una alfombra con tierra. Le habla a esa tierra, que tiene apodo e irá construyendo su imagen de personaje principal sin que nos demos cuenta, hasta que ya sea tarde para ignorar la emoción. Entonces entra la “anciana cartonera”, con una belleza desordenada, de esas que tienen los espíritus libres, emancipados del mundo, que van cruzándose en los caminos de otros a propósito, para darles un par de cachetazos.

“¿Por qué no lo velamos, ya que estamos?”, dice la anciana, repartiendo lavandas en torno a la tierra porque su perfume es persistente, igual que el olor de los muertos. “Velitas”; “sin flores no es lo mismo”; “no somos nada”, dice. Ella habla en serio, pero a la vez se ríe y eso al hombre lo enfurece. No entiende lo que sucede. Nosotros tampoco y sin embargo, una inmensa necesidad de abrazar empieza a crecer en algún rincón de nuestros cuerpos.

Él se enoja porque no comprende. Ella se ríe porque escucha. Se sienta para oír una historia que ya conoce y ese gesto la vuelve más adorable. El relato del hombre y el muerto empieza a caernos encima, como llovizna en aumento, cada vez más agobiante y catastrófica. Alguien entre el público grita: “Ay, yo me muero”, y todos nos reímos. Él dice algo como: “El hecho de que ahora seamos dos hace que la tarea pase de imposible a posible”. Después lo va a repetir, como otras frases neurálgicas de la obra, para que a la fuerza se nos pegue y nos las podamos llevar.

“Lo que está en los libros casi nunca se hace realidad”, dice ella, con su risa malvada de persona que sabe la verdad, mientras la historia avanza, cambia de tiempo y de espacio. Una campanilla suena cada tanto. “Y ahora ¿qué vas a hacer?”. La emoción aflora libre cuando es ella la que empieza a narrar. Más de uno desparrama apurado una lágrima con el dorso de la mano, o la esconde bajo el barbijo reglamentario. 

Cada tanto, todos juntos, explotamos en risas. Y digo explotar porque es eso lo que ocurre: reventamos y nos desarmamos, para poder liberar el aliento contenido hasta el momento. “Nunca me pasó que la gente se riera”, me dirá Teresa, ya fuera de personaje. Y es que a veces nos reímos porque no encontramos otra forma de metabolizar lo que nos pasa con lo que escuchamos. La vida también es eso, reírse para permitirse luego el llanto.  Y sino, mejor dedicarse a comer puchero.

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